Por Roger Sepúlveda Carrasco
Rector Santo Tomás, Región del Biobío
Esta semana la Comisión Nacional de Acreditación otorgó al Instituto Profesional Santo Tomás siete años de acreditación, el máximo que contempla nuestro sistema, incluyendo la dimensión de Investigación, Creación e Innovación. Lo celebramos con orgullo, pero con una convicción: la acreditación no es una medalla para colgar en la pared, es una brújula que obliga a seguir caminando.
Cerca de la mitad de quienes ingresan cada año a la educación superior lo hacen a la formación técnico-profesional. Son quienes mantienen encendidas las faenas, los hospitales, los puertos y las pymes; los que convierten los planos en obras y las ideas en servicios. Si ellos son la columna vertebral del desarrollo, la calidad de su formación no es un lujo académico, es una condición de productividad y de equidad.
Entre 2020 y 2025 la matrícula del IP Santo Tomás pasó de 22.939 a 30.445 estudiantes, un crecimiento de 33%, en 21 sedes de Arica a Punta Arenas. El 59% son mujeres y en el Biobío casi 3.000 jóvenes y adultos se forman en nuestras sedes de Concepción y Los Ángeles. En carreras de áreas como Administración, Construcción Civil, Ciencias Sociales, Educación y Recursos Naturales, y sobre el 95% de los titulados declara estar trabajando.
Que la CNA validara la innovación tiene un significado especial. El Instituto ha ejecutado 17 proyectos de innovación y transferencia tecnológica, con cerca de $2.500 millones de Mineduc, Corfo, ANID y otros fondos. La innovación deja de ser discurso cuando sale del taller y llega al territorio.
Este logro no se entiende en soledad. El IP integra un sistema junto al CFT Santo Tomás, el más grande de Chile, con más de 38 mil estudiantes, y a la Universidad Santo Tomás, presente en 13 ciudades. Funcionan como vasos comunicantes: rutas para entrar como técnico, continuar como profesional y seguir aprendiendo toda la vida. Es una red que no sólo cubre el mapa, lo transforma.
Esa escala multiplica la exigencia. Siete años no son un techo, son un piso. El país y la región nos pedirán más, pero sobre todo nos lo pedimos a nosotros mismos: mejor titulación oportuna, mayor pertinencia territorial e innovación con impacto medible.
El Biobío muestra por qué importa. Según la CPC Biobío, a agosto se aprobaron inversiones por US$ 973 millones, 27% más que el año anterior, y las exportaciones suman US$ 2.736 millones a julio. Pero la desocupación llega a 10,6%, con 83 mil personas sin empleo, casi 11 mil más que hace un año, mientras la manufactura cae 3,6% y la pesca retrocede 31%. Es una región con motores que se encienden y otros que se apagan. Si la inversión no encuentra técnicos preparados, se pierde; si quienes trabajan en sectores en retroceso no encuentran rutas de reconversión, el desempleo se vuelve estructural.
Ahí la educación técnico-profesional de calidad es el puente más corto entre el talento y la oportunidad. Nuestro compromiso es que sea sólido y tenga tránsito en ambas direcciones.
La acreditación certifica lo que hemos construido. Lo que viene dependerá de lo que seamos capaces de imaginar.
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