Domingo Pascua 3-A
Lc 24,13-35
El Espíritu de la verdad los guiará a la verdad completa
El episodio de los discípulos de Emaús, que leemos en el Evangelio de este Domingo III de Pascua, es un caso concreto de lo que habría ocurrido, si Jesús no hubiera resucitado: dos de sus discípulos, desilusionados por todo lo ocurrido, cerrando el paréntesis de Jesús, estaban regresando a su pueblo y a sus ocupaciones anteriores.
Ese primer día de la semana, después de la muerte de Jesús, los «once y todos los demás que estaban con ellos», entre los cuales esos dos discípulos de Emaús, escucharon a las mujeres decir que el sepulcro de Jesús estaba vacío y que dos hombres con vestiduras resplandecientes les habían asegurado: «No está aquí. Ha resucitado» (Lc 24,6). Pero este testimonio de las mujeres no les bastó para creer: «Todas estas palabras les parecían como desatinos y no les creían» (Lc 24,11). El Evangelio nos informa sobre la reacción de Pedro: «Pedro se levantó y corrió al sepulcro; se inclinó, pero sólo vio las vendas y se volvió a su casa, asombrado por lo sucedido». Lo que vio en el sepulcro logró sólo asombrarlo.
«Aquel mismo día iban dos de ellos a un pueblo llamado Emaús, que distaba sesenta estadios de Jerusalén, y conversaban entre sí sobre todo lo que había ocurrido». La ubicación de Emaús es discutida, pero un dato es firme: dista sesenta estadios de Jerusalén, 11 km aprox. «Conversando y discutiendo» por el camino, esa distancia se recorre en unas dos horas (11 minutos/km). Si el día termina a las 18 horas (hora duodécima) y llegaron a destino cuando ese primer día de la semana estaba terminando, debieron partir de Jerusalén poco después de las 15 horas (hora nona), la misma hora en que Jesús murió en la cruz exactamente dos días antes. ¡Ni siquiera esperaron que terminara el tercer día! Poco crédito daban a los repetidos anuncios de Jesús: «El Hijo del hombre… lo matarán… al tercer día resucitará» (cf. Lc 9,22; 18,33; 24,7).
«Mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no lo conocieran». El mero conocimiento físico no habría sido suficiente para que ellos comprendieran el misterio de la resurrección de Jesús. Este hecho, aunque es un hecho histórico y, además, el más importante de la historia, es, sin embargo, objeto de fe y ésta es un don de Dios. Así es todo en Jesucristo: Él es verdaderamente hombre y parte de nuestra historia, «nacido de mujer,… cuando se cumplió la plenitud del tiempo» (cf. Gal 4,4), y es verdaderamente Dios: «Yo y el Padre somos Uno… El que me ha visto a mí ha visto al Padre» (Jn 10,30; 14,9).
A la pregunta de Jesús sobre lo que discutían en el camino, esos dos discípulos responden: Sobre «Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de todo el pueblo… Nosotros esperabamos que sería Él quien iba a redimir a Israel; pero, con todas estas cosas, llevamos ya tres días desde que esto pasó». Reconocen que Jesús fue «poderoso en obras y palabras» y que ellos esperaban que Él reinara sobre todo Israel, como lo había hecho David. Pero, después de la muerte ignominiosa a la que fue sometido, pasando los días, esta esperanza quedó defraudada. Por eso, regresan a su vida anterior.
La monarquía comenzó en Israel a instancias del pueblo, que pidió a Dios un rey, en el siglo XI a.C. Después de que el primer intento con Saúl fracasó, Dios les dio a David y éste reinó sobre todo el pueblo en toda la tierra que Dios les había dado entre los años 1000 y 970 a.C. Dios prometió a David que uno de su descendencia heredaría su trono para siempre: «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente» (2Sam 7,16). Después de David reinó su hijo Salomón, que de rey sabio decayó a necio e idólatra, y después de Salomón, reinó su hijo Roboam cuya dureza fue causa de la división de Israel en Reino del Norte (Israel) y Reino del Sur (Judá) en el año 931 a.C. Se perdió así la unidad. El Reino del Norte cayó bajo la dominación asiria en el año 722 a.C. y el Reino del Sur cayó bajo la dominación de Babilonia en el año 587 a.C., el templo fue destruido y los principales del pueblo fueron llevados al exilio. En el año 528 a.C., en cumplimiento del Edicto de Ciro, el persa, que entretanto había sometido bajo su poder a toda la región, los judíos pudieron regresar del exilio y comenzar la reconstrucción de las murallas de Jerusalén y el templo. Pero la monarquía nunca más se restauró y comenzó a regir en Israel una teocracia en que el Sumo Sacerdote ejercía el poder religioso y civil. Con Alejandro Magno, en el año 333 a.C., comenzó sobre Israel la dominación helenística hasta el año 63 a.C. año en que Pompeyo toma Jerusalén y comienza la dominación de Roma. Esta es la situación de Israel en el tiempo de Jesús. La monarquía había cesado, pero nunca cesó la nostalgia por el Reino de Israel y la esperanza en su restauración, en cumplimiento de la promesa hecha a David.
Esta esperanza no sólo la tenían los discípulos de Emaús, sino también los Once, sobre todo, después de la resurrección de Jesús, incluso hasta el instante mismo en que Jesús ascendería al cielo y una nube lo ocultaría a sus ojos: «Señor, ¿es en este momento cuando vas a restablecer el Reino de Israel?» (Hech 1,6).
Volvamos a los discípulos de Emaús, que habían visto frustrada esa esperanza. Jesús los reprende, ciertamente con infinita caridad y comprensión de su debilidad: « ¡Oh insensatos y tardos de corazón para creer todo lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso y entrara así en su gloria?». Aunque Jesús empleó todo el camino para explicarles «lo que había sobre Él en todas las Escrituras, empezando por Moisés y continuando por todos los profetas», era imposible que le entendieran y perseveraron hasta la Ascensión de Jesús en esa esperanza de un Reino de Israel en este mundo, como hemos visto. La comprensión de que el Cristo es el Hijo de Dios y que hecho hombre tenía que padecer todo eso, es una de esas verdades a las que se refiere Jesús cuando dice a los Once: «Mucho tengo todavía que decirles, pero ustedes no pueden ahora con ello. Cuando venga Él, el Espíritu de la verdad, Él los guiará hasta la verdad completa» (Jn 16,12-13). Y así fue. La predicación de Jesús resucitado y su condición de Rey, no sólo de Israel, sino de todo el universo, no pudo comenzar sino después de que vino sobre los apóstoles el Espíritu Santo el día de Pentecostés, como les había dicho Jesús antes de su Ascensión: «Cuando venga sobre ustedes el Espíritu Santo recibirán fuerza para ser mis testigos» (Hech 1,8).
Cuando se acercaron el pueblo donde se dirigían, los discípulos de Emaús dicen a Jesús: «Quedate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado». Como decíamos, estamos hablando de las 18 horas. Jesús accedió y se puso a la mesa con ellos. Dada la autorizada explicación por el camino −Jesús no sólo explica la Palabra de Dios; lo que Él dice es nueva instancia de Palabra de Dios−, correspondió a Jesús presidir esa cena: «Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero Él desapareció de su lado». No fue con ocasión de la explicación por el camino, aunque sentían arder el corazón, sino con ocasión de este gesto de la fracción del pan que les fue concedido reconocer a Jesús resucitado. Era imposible que conservaran solamente para ellos esta revelación y regresaron inmediatamente a Jerusalén, donde «encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos». Todos ellos ya creían en la resurrección de Jesús, pero no porque lo hubieran visto resucitado, sino por el testimonio de Pedro y, antes de que los discípulos de Emaús pudieran hablar, ellos dijeron: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Nos atrevemos a afirmar que el testimonio de los discípulos de Emaús no habría bastado para que la comunidad de los discípulos creyera en la resurrección de Jesús sin haberlo visto; sólo el testimonio de Pedro bastó. Ellos están en el caso de la bienaventuranza de Jesús, como estamos también todos nosotros hoy: «Bienaventurados los que no han visto y han creído» (Jn 20,29). El testimonio de los discípulos de Emaús fue importante, sin embargo, para confirmar más aún esa fe y para poner de relieve el signo que fue ocasión para que Dios les abriera los ojos y reconocieran a Jesús, que, como hemos dicho, es siempre un acto de fe y un don de Dios: «Lo conocieron en la fracción del pan».
+ Felipe Bacarreza Rodríguez
Obispo emérito de Santa María de L.A.
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