Domingo 13–C

Lc 9,51-62

Tengo todas las cosas por basura para ganar a Cristo

Después de las grandes Solemnidades de Nuestro Señor Jesucristo, este domingo retomamos el tiempo litúrgico ordinario y la lectura continuada del Evangelio de Lucas (Ciclo C). Y retomamos esta lectura en un punto en que el evangelista comienza una nueva sección de su Evangelio, que él introduce así: «Sucedió que como se iban cumpliendo los días de su asunción, él (Jesús) se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén». En adelante, nos presentará a Jesús continuamente en camino hacia esa meta.

Es importante destacar la expresión literal usada por el evangelista para expresar esa firme voluntad de Jesús: «Endureció el rostro para ir a Jerusalén». Indica una resolución firme que nadie puede resistir ni disuadir. Nosotros solemos decir: «Tener una idea entre ceja y ceja». Jesús sabe bien a lo que va allá. En efecto, cuando tratan de hacerle cambiar de idea, responde: «Conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un profeta perezca fuera de Jerusalén» (Lc 13,33). Y, ya cerca de la meta, advierte a sus discípulos: «Miren que subimos a Jerusalén, y todo lo escrito por los profetas se cumplirá en el Hijo del hombre; será entregado a los gentiles, y se burlarán de Él, lo insultarán y escupirán; y después de azotarlo lo matarán, y al tercer día resucitará» (Lc 18,31-33). Jesús sabe a qué va a Jerusalén y, puesta la mano en el arado, ya no mira hacia atrás.

Dos episodios nos presenta el evangelista en el comienzo de ese camino. El primero se refiere a la negativa de los samaritanos de darle alojamiento y el segundo al seguimiento de Jesús en ese camino que Él recorre.

Jesús hizo el camino de Galilea a Jerusalén atravesando Samaría: «Envió delante de sí (de su rostro) mensajeros a un pueblo de samaritanos, para que hicieran preparativos para Él». Pero no les abrieron las puertas: «No lo recibieron porque su rostro estaba dirigiendose a Jerusalén». Ese pueblo de Samaría faltó al deber sagrado de la hospitalidad y esto suscitó la reacción de los hermanos Santiago y Juan que sugieren un castigo ejemplar: «Señor, ¿quieres que digamos que baje fuego del cielo y los consuma?». En esto se revelan aún como discípulos de Juan Bautista que anunciaba la venida de «Uno más fuerte que él», que separaría el trigo de la paja y ésta «la quemará con fuego que no se apaga» (Lc 3,17). Jesús reprende a los hermanos dándoles una lección de paciencia y mansedumbre. Pero el evangelista dice de paso lo que es peor que todo otro castigo: «Se fueron a otro pueblo». Conocemos la acogida que dieron a Jesús en otro pueblo de samaritanos, entre los cuales se detuvo dos días y, al partir Jesús de allí, ellos decían: «Nosotros mismos hemos oído y sabemos que Éste es verdaderamente el Salvador del mundo» (Jn 4,42). Jesús pagó ese hospedaje con el don más grande que es el conocimiento de su propia Persona. La carta a los Hebreos recomienda la hospitalidad dando ente motivo: «No se olviden de la hospitalidad; gracias a ella, hospedaron algunos, sin saberlo, a ángeles» (Heb 13,1). ¡Esos samaritanos que rechazaron a Jesús se privaron de hospedar, no a ángeles, sino al Hijo de Dios hecho hombre!

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Es significativo que Lucas introduzca aquí, cuando Jesús comienza su camino a Jerusalén, tres breves casos de vocación. Más que un conocimiento de quienes fueron llamados −no conocemos su nombre, ni siquiera si respondieron a la llamada− la finalidad de esos episodios es revelar quién es Jesús. En los tres casos resuena el verbo «seguir». El objeto de este verbo es siempre Jesús. Tiene un antecedente en el Antiguo Testamento, cuando Elías, cuyo nombre significa: «Mi Dios es el Señor (Yahweh)», desafía, él solo, a los cuatrocientos profetas de Baal, diciendoles: «Si el Señor (Yahveh) es Dios, siganlo; si es Baal, sigan a él» (1Reg 18,21). El Señor hizo venir fuego del cielo que consumió el sacrificio ofrecido a Él por Elías y el pueblo terminó aclamando: «¡El Señor (Yahweh) es Dios, el Señor es Dios!» (1Reg 18,39). Entendieron que debían seguir sólo al Señor.

«Mientras iban caminando, uno le dijo: “Te seguiré adondequiera que vayas”». Jesús acepta esta buena intención; pero quiere cerciorarse de su firmeza y lo pone ante las exigencias que significa seguirlo a Él, que va dirigido a Jerusalén, porque no cabe que un profeta muera fuera de Jerusalén: «Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza». Jesús es el Hijo de Dios hecho hombre; pero en el cumplimiento de su misión se ubicó en un nivel infrahumano, más despojado que las zorras y que las aves del cielo. De hecho, el Evangelio no nos informa que Jesús reclinara la cabeza, excepto en un lugar, la cruz: «Dijo: “Está cumplido”. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu» (Jn 19,30). A esto se refiere Jesús, cuando repite: «El que quiera ser mi discípulo tome su cruz y sígame».

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En el segundo caso es Jesús quien tiene la iniciativa: «Dijo a otro: “Sígueme”. Él respondió: “Déjame ir primero a enterrar a mi padre”». Pidió una dilación para su respuesta indicando como motivo el deber más sagrado, al cual lo obliga un mandamiento de la Ley de Dios: «Honrar padre y madre». Nadie puede derogar ese deber, excepto el mismo que lo promulgó, Dios. Eso significa la respuesta de Jesús: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el Reino de Dios». Jesús enseña así que nada debe interponerse ante esa palabra pronunciada por Él: «Sígueme».

En el tercer caso tenemos la respuesta de otro, que habiendo recibido ese llamado de Jesús, le dice: «Te seguiré, Señor; pero dejame antes despedirme de los de mi casa». Aquí la dilación no es esperar hasta que mueran los padres, sino sólo el tiempo de ir a despedirse y volver. Hemos visto que Jesús, una vez vuelto su rostro a Jerusalén va allá resuelto, sin mirar más hacia atrás. Por eso, ve en esa dilación una falta de aptitud para la misión y le dice: «Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás es apto para el Reino de Dios». Sabemos que el «Reino de Dios» es una expresión que usó Jesús para revelar su propia Persona. Está entonces diciendo que no es apto para anunciarlo a Él quien antepone cualquier otra cosa, aunque mínima. Comparando con la primera lectura de este domingo, en que vemos que Elías, cuando llamó a Eliseo, le concedió esa dilación (1Reg 19,19-21), comprendemos quién es Jesús. Digamoslo con las palabras de San Pablo, que nunca habría pedido alguna dilación: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,8).

Decíamos que estos episodios de seguimiento revelan la Persona de Jesús. El único que merece un seguimiento como el que pide Jesús respecto de sí mismo es Dios. Jesús se revela como verdadero Dios. Él es el Absoluto. Toda consideración que obstaculice su llamada a seguirlo a Él debe ceder.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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