Del Cuerpo y la Sangre de Cristo C

Lc 9,11-17

Yo estoy con ustedes todos los días

La Iglesia celebra este domingo la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que se entregan a nosotros como alimento, bajo las especies –apariencia, gusto y sabor– del pan y el vino, en la Eucaristía. Es el misterio de la presencia de Jesucristo entre nosotros y de su unión con nosotros. Dado que la Última Cena de Jesús con sus discípulos y la institución de la Eucaristía se celebran el Jueves Santo, el día propio de esta Solemnidad, desde su origen a mediados del siglo XIII, ha sido el jueves sucesivo a la Solemnidad de la Santísima Trinidad. Pero en nuestro país y en la mayoría de los países se traslada al domingo siguiente, como ocurre hoy.

Hace tres semanas celebrabamos la Solemnidad de la Ascensión de Jesús y de su entronización a la derecha del Padre, cumpliendo así lo declarado por Él ante el sanedrín, cuando le preguntaron derechamente si Él era el Cristo: «De ahora en adelante, el Hijo del hombre estará sentado a la diestra del poder de Dios» (Lc 22,69). «Hijo del hombre» es la denominación que Jesús se da a sí mismo, subrayando su condición de verdadero hombre. Entendieron en ese tribunal que Jesús declaraba ser Él aquel a quien David en el Salmo 110 llama «mi Señor» y que es, por tanto, infinitamente superior a David; que es de nivel divino: «Oráculo del Señor (Yahveh) a mi Señor: “Sientate a mi derecha”» (Sal 110,1). Por eso, en el sanedrín la pregunta siguiente fue la esperada: «Entonces, ¿eres Tú el Hijo de Dios?», a lo que Jesús respondió abiertamente: «Ustedes lo dicen: “Yo soy”» (Lc 22,70). Jesús, que es verdadero hombre e hijo de David y verdadero Dios e Hijo de Dios, está sentado a la derecha de Dios. Resume esto la Carta a los Hebreos en su introducción, presentando a Jesús, así: «En estos últimos tiempos Dios nos ha hablado por medio del Hijo a quien instituyó heredero de todo, por quien también hizo los mundos; el cual, siendo resplandor de su gloria e impronta de su sustancia, y el que sostiene todo con su palabra poderosa, después de llevar a cabo la purificación de los pecados, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas» (Heb 1,2-3).

Pero este mismo Jesús, cuando se apareció resucitado ante sus apóstoles en Galilea, antes de ascender a la diestra del Padre, les dijo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra», presentación que es una declaración de su divinidad. Y agrega: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,18.20).

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Él está en el cielo sentado a la derecha del Padre y nosotros estamos en la tierra. ¿Cómo puede ser que Él esté con nosotros todos los días? Responde a esta pregunta el admirable misterio de la Eucaristía: Jesús está verdaderamente presente en este Sacramento. Y no sólo está junto a nosotros, como estaba con los apóstoles en esos caminos de la Palestina, sino en una unión que Él describe así: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Jn 6,56). Es la expresión de la unión total. En efecto, con esas palabras describe la coextensión de dos, la comunión, que es el efecto de gracia último de la Eucaristía. Quien mejor nos transmite la experiencia de esa unión es San Pablo: «Ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí» (Gal 2,20).

Según el mismo apóstol en la comunión con Cristo, no sólo Él viene a nosotros que estamos en la tierra, sino también nos lleva consigo al cielo: «Si ustedes han resucitado con Cristo, busquen las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios… Porque ustedes han muerto, y la vida de ustedes está oculta con Cristo en Dios» (Col 3,1.3). Más aun, en la carta de su madurez, el apóstol escribe: «Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amó, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo –por gracia han sido salvados– y con Él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús» (Ef 2,4-6).

No tenemos que esperar hasta la venida de Cristo para estar con Él, como lo asegura a sus apóstoles, cuando les anuncia su partida: «Voy a prepararles un lugar. Y, cuando haya ido y les haya preparado un lugar, volveré y los tomaré conmigo, para que donde estoy Yo estén también ustedes» (Jn 14,2b-3). Ese «tomarnos consigo» de Jesús ocurre verdaderamente en la Eucaristía, cuyo efecto último es estar Él en nosotros y nosotros en Él.

Hablamos de «efecto último», porque en la Eucaristía hay un doble nivel sacramental; dos veces se realiza la definición de un Sacramento: «Signo visible –gestos y palabras– de un efecto invisible de gracia». El Sacramento es un signo que realiza lo que significa. Un primer efecto sacramental se realiza, entonces, cuando el sacerdote, actuando en la Persona de Cristo y «en memoria» suya, pronuncia sobre el pan las palabras: «Esto es mi Cuerpo» y sobre el cáliz con vino: «Este es el cáliz de mi Sangre». El efecto se produce, es decir, la sustancia –lo que una cosa es– en adelante, es lo declarado por la palabra del Sacramento: el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Sobre el altar está Cristo entero, vivo y tal como está en el cielo sentado a la derecha del Padre. Por eso, el sacerdote, dichas esas palabras, adora por medio de una genuflexión y toda la asamblea adora de rodillas. Este es el misterio que celebramos en esta Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo y que se honra llevandolo en procesión con cantos y alabanzas y en todos los lugares donde los fieles adoran el Santísimo Sacramento.

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El segundo y último efecto sacramental se produce cuando, siguiendo la orden de Cristo: «Tomen y coman… Tomen y beban», el sacerdote y los fieles reciben el Cuerpo y la Sangre de Cristo como alimento de vida eterna. El efecto último, como hemos dicho es la comunión.

En la última cena, cuando Jesús dio a sus discípulos a comer su Cuerpo y a beber su Sangre y, luego, después de la venida del Espíritu Santo, cuando ellos comenzaron a hacer lo que Jesús les mandó hacer en memoria suya, ellos tuvieron que recordar y entender el episodio de la vida de Jesús, que leemos en el Evangelio de hoy y que se conserva en los cuatro Evangelios, la multiplicación de los panes. Entendieron, sobre todo, la orden que Él les dio en ese momento, cuando les dijo, ante la multitud de cinco mil hombres: «Denles ustedes de comer». Esa orden, que ellos objetaron como imposible, resultó, sin embargo, cumplida por los gestos y palabras de Jesús: «Tomó los cinco panes y los dos peces, y levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición y los partió, y los dio a los discípulos para que los sirvieran a la gente». La palabra de Jesús resultó cumplida, no solo en esa ocasión –comieron todos y se saciaron– sino, sobre todo, en cada celebración eucarística, respecto del pan convertido en su Cuerpo: «El pan que Yo daré es mi carne, por la vida del mundo» (Jn 6,51), es decir, entregada en sacrificio para que el mundo tenga vida eterna, que es la vida divina.

Jesús cumple su promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días». Pero nosotros no siempre estamos con Él. Para un cristiano la participación en la Eucaristía dominical es un deber de amor y de gratitud por don tan inmenso.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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