Por Juan Antonio Montes Varas Director Acción Familia

El último informe del Servicio Nacional del Mayor arroja importantes evidencias sobre un tema que se hace cada vez más patenten en la sociedad chilena: el envejecimiento.

De acuerdo a la “SEXTA ENCUESTA NACIONAL INCLUSIÓN Y EXCLUSIÓN SOCIAL DE LAS PERSONAS MAYORES: Cómo observa la población el envejecimiento en Chile”, las conclusiones son preocupantes.

Oigamos que nos dicen:

“El envejecimiento de la población en Chile es una realidad indudable y cada vez una mayor proporción de personas se encontrará en esta etapa. Sin embargo, este proceso no ha sido asumido por la sociedad en su conjunto, persistiendo, y en algunos casos potenciándose, espacios y discursos estigmatizantes y excluyentes de la vejez. (…) Este imaginario social (negativo) de la vejez subyace en los diversos tipos de maltrato que se han identificado hacia las personas mayores en los ámbitos familiares, socio-comunitarios e institucionales. Todo esto en ocasiones tiene como consecuencia una negación y menosprecio de la vejez, tanto como fenómeno demográfico a nivel de política pública, como etapa del ciclo vital a nivel de individuo. De ahí que según la encuesta el 76% perciba que el país no está preparado para enfrentar el envejecimiento poblacional y que sólo el 25% de las personas asocie la vejez con conceptos positivos como felicidad y tranquilidad”.

Como Ud. puede ver, estimado radioyente, las conclusiones no son buenas y ellas no sólo afectan a las personas mayores sino al conjunto de la sociedad, comenzando por la familia, que es la primera institución llamada a atender, en primer lugar, a sus abuelos y progenitores.

Por lo anterior, nos pareció de interés transmitirle una interesante reflexión del Profesor Plinio Corrêa de Oliveira, publicada en la revista “Catolicismo” del Brasil en el año de 1951 sobre el tema de la vejez.

De ahí para acá el fenómeno descrito por el autor no ha hecho sino agravarse, por ello sus consideraciones son cada vez más actuales.

Le pasamos la palabra al Profesor Corrêa de Oliveira.

“Nuestra época se avergüenza de la vejez. Este sentimiento está tan radicado que, incluso lo que se relaciona de lejos con ella, desagrada.

“Así, en la medida de lo posible, se evita hasta parecer tener edad madura. Todo el mundo quiere parecer joven. Y no son raros los que buscan parecer ‘jovencitos’.

“En estas afirmaciones no hay ninguna exageración. Basta que cada uno mire en torno de sí, y quizá hacia sí mismo.

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“Todo el maquillaje femenino representa un esfuerzo no sólo en el sentido de disminuir la edad, sino de aparentar – tanto cuanto el implacable rigor de la naturaleza lo permita – una juventud casi próxima de la adolescencia.

“Los colores y las formas de los trajes, las actitudes, los gestos, el lenguaje, los temas de conversación, la risa, todo en definitiva es explotado en el sentido de acentuar esa impresión.

“Los hombres no usan maquillaje, sino a veces en los bigotes y en las sienes.

“Pero cada vez más los trajes típicos de la edad madura van siendo por ellos abandonados: las líneas severas, los colores discretos, el estilo sobrio va cediendo lugar a los modos deportivos, a los colores claros, a las líneas juveniles.

“Esto se nota sobre todo en la playas de baño, donde no es raro ver a graves profesores, políticos de renombre, banqueros maduros, vestidos precisamente como los nietos: pies semi-descalzos, cabello al viento, blusa de color amarillo canario, pantalón azul celeste que no llega ni de lejos a la rodilla, mostrando los pelos de los brazos y de las piernas, risa burlona en la boca vieja, una luz falsa mantenida a la fuerza en los ojos cansados, y en todo un tremendo esfuerzo para ocultar una edad que pertinazmente se muestra, se afirma, se proclama a sí misma por todos los poros.

“¿Ypor qué todo esto?

“Antes de nada, porque el hombre pagano de nuestros días vive para el placer, y la edad del placer es por excelencia la juventud; por lo menos para los que no comprenden que la juventud, como escribió un cierto autor, no fue hecha para el placer sino para el heroísmo.

“Pero hay otra razón. Es que la vejez, si puede representar la plenitud del alma, es ciertamente una decadencia del cuerpo.

“Y como el hombre contemporáneo es materialista y tiene los ojos cerrados para todo lo que es del espíritu, claro está que la vejez ha de causarle horror.

“Pero la realidad es que, si un hombre supo durante toda su vida crecer no sólo en experiencia, sino en penetración de espíritu, en sentido común, en fuerza de alma, en sabiduría, su mente adquirirá en la vejez un esplendor y una nobleza que se translucirá en su rostro y será la verdadera belleza de sus últimos años. Su cuerpo podrá sugerir el recuerdo de la muerte que se aproxima.

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“Pero en compensación su alma tendrá brillos de inmortalidad.

“Ejemplo memorable de lo que afirmamos es Sir Winston Churchill, a cuya inteligencia rutilante de lucidez, a cuya voluntad de hierro un gran pueblo confió la más difícil de las tareas que es reerguir un Imperio decadente.

(Churchill a los 34 años era) indiscutiblemente un joven bien presentado, inteligente, de futuro. Pero ni su mirada tenía la profundidad, ni el porte, ni la seguridad, ni la fisonomía y la fuerza hercúlea del Churchill en su vejez.  La juventud sin duda se fue (de su cuerpo), y con ella la lozanía. Pero el alma creció mientras el tiempo marcaba implacablemente el cuerpo.

“Y esta alma es por sí sola la columna sobre la cual reposó todo un Imperio y que es recordada por todas las generaciones británicas, y del mundo entero, como un símbolo de aquello que el hombre debe alcanzar en su vejez.

“Esta es – incluso en el orden meramente natural – la gloria y la belleza de envejecer”.

Hasta aquí las consideraciones del Profesor Plinio. Ellas nos evocan otra figura del mismo país a la cual todos conocemos: la reina Isabel.

De ella no queda casi nada del frescor primaveral y encantador de la joven princesa que subió al trono en 1953. No obstante, ella, en su ancianidad, encarna mucho más lo que es la gloria del imperio británico y continúa, más por su presencia y su espíritu, siendo la Jefa de Estado de los inmensos territorios de ese prestigioso imperio.

Ud. me dirá que Ud., a sus más de 60 años vividos, no se puede comparar ni con el ex Ministro Churchill ni con la dignísima reina de Inglaterra.

A esta objeción, le respondemos que son muy pocos quienes pueden compararse con estos dos ejemplos citados. Sin embargo, no hay quien no esté llamado a mantener su dignidad y la nobleza de su alma, por más modestos y escondidos que sean los límites de su entorno.

La dignidad es intrínseca a todas las personas humanas en razón de lo que es específico de nuestra naturaleza: su ser espiritual -y para reflejarla-no se necesita ni riqueza ni fama, la única condición necesaria es estar vivo.

Esta dignidad es más que moral, más que ética, más que psicológica: es constitutiva del ser humano y ella es un reflejo de la similitud, que estamos todos llamados a reflejar, con el Autor de nuestros días: Dios Nuestro Señor.

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