Domingo de la Sagrada Familia C

Lc 2,41-52

¿No sabían ustedes que Yo debía estar en lo de mi Padre?

Ayer celebraba la Iglesia el nacimiento del Niño Jesús, que había sido anunciado a su madre la Virgen María, como el «Hijo del Altísimo» y a quien Dios daría «el trono de David, su padre» (cf. Lc 1,32).  Ese Niño era, por tanto, el Hijo de Dios, que se encarnó por obra del Espíritu Santo en el seno virginal de María, su madre, e hijo de David, porque ella era esposa de «un hombre de la casa de David llamado José» (cf. Lc 1,27). Esta circunstancia, unida al edicto del emperador César Augusto, que ordenó un censo de todos sus dominios –«que se empadronase todo el mundo» (Lc 2,1)–, determinó que ese Niño naciera en Belén de Judá. En efecto, «subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse…» (Lc 2,4-5). Lo acompaña en este viaje María, su esposa, que estaba encinta. ¿Por qué lo acompaña ella, siendo que quien procedía de Belén y debía empadronarse allí era José, su esposo? Podemos suponer que, dado que esos eran los días en que ella debía dar a luz a su Hijo, también a su Hijo obligaba la ley del empadronamiento, por ser también Él de la casa de David, su padre. Si fue así, en algún archivo del Imperio, ahora perdido, existió un registro de ese Niño. Él aparecería como miembro de una familia, hijo de José y María.

Hoy, en el domingo siguiente a la Navidad, celebra la Iglesia la Solemnidad de la Sagrada Familia. La vida familiar de Jesús se prolongó hasta que Él comenzó su vida pública. Según la información de Lucas, «tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años» (Lc 3,23). Pero no tenemos de ese largo tiempo más que algunos episodios. Después de su nacimiento en Belén de Judá, que dista 9 km de Jerusalén, la familia no regresó a Nazaret hasta que cumplieron todo lo que ordenaba la Ley. A los ocho días de su nacimiento cumplieron el rito de la circuncisión y «se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno» (Lc 2,21). Cuando se cumplieron los días de la purificación, que son cuarenta, cuando se trata de un hijo varón, «llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarlo al Señor» (Lc 2,22). Después de esto la familia regresó a Nazaret: «Cuando hubieron cumplido todo lo que ordenaba la Ley del Señor, regresaron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Lc 2,39). Entre este momento –cuando el Niño tiene cuarenta días– y el comienzo del ministerio público de Jesús, a los 30 años, nada conocemos sobre su vida familiar, excepto el episodio que leemos en el Evangelio de este Domingo, que ocurrió cuando Él tenía doce años. El episodio está, en cierto modo, insinuado por el resumen que anota Lucas sobre el Niño: «El Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre Él» (Lc 2,40).

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«Sus padres iban todos los años a Jerusalén a la fiesta de la Pascua. Cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el Niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres». Después de que notan su falta, lo buscan entre los parientes y conocidos y luego vuelven a Jerusalén en su busca. Finalmente, a los tres días, «lo encontraron en el Templo sentado en medio de los maestros, escuchándolos y preguntándoles». Él les hace preguntas a los maestros, como es de esperar de parte de un niño de doce años. Son preguntas, ciertamente, sobre Dios y sobre el sentido de las profecías, que ellos no saben responder. Por eso, es Él quien da las respuestas a esas dudas: «Todos los que lo oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas». Como había anticipado el evangelista, en esos doce años, «el Niño se llenaba de sabiduría».

Hay una pregunta que nos viene espontáneamente a nosotros. Es la misma que hace al Niño su madre María: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te buscábamos». En su respuesta, que entonces fue misteriosa y sus padres no la entendieron, el Niño revela su autoconciencia de Hijo de Dios y espera que sus padres –María y José– la compartan con Él: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debía estar en la casa de mi Padre?». Difieren los intérpretes en la traducción de la expresión griega que usa el evangelista. Unos traducen: «En la casa de mi Padre», refiriéndolo al Templo, y otros: «En lo de mi Padre (los asuntos de mi Padre)». En cualquiera de los dos casos, lo importante es que Jesús se refiere a Dios, llamándolo «mi Padre». Tal vez, hay que preferir la traducción: «En los asuntos de mi Padre», porque esto le corresponde a Él en todo tiempo y lugar y no sólo cuando está en el Templo. Su madre y San José, su padre en esta tierra, saben que Él es el Hijo del Altísimo y, por tanto, que su deber de Hijo respecto de Dios prevalece sobre todo lo demás. Él vino al mundo enviado por su Padre para cumplir en todo su voluntad, que consiste en la salvación del mundo, tal como Él mismo lo dice: «Tanto amó Dios el mundo que le dio a su Hijo único… para que el mundo se salve por Él» (Jn 3,16.17). Su padre y su madre no tienen, por tanto, que buscarlo, porque saben dónde tiene que estar Él.

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«Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio». Es cierto que no comprendieron el misterio de su Persona divina en ese momento. Pero no tuvieron ninguna reacción contraria ni siguieron pidiendo más explicaciones. Aceptaron plenamente lo que Jesús les dijo como la Verdad, en la certeza de que Dios les concedería comprenderla en su momento. Ambos saben que ese Niño es la Salvación de Dios. Doce años antes ambos escucharon al anciano Simeón decir, tomando al Niño en sus brazos: «Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz…, porque mis ojos han visto tu Salvación» (Lc 2,29.30). A esta actitud de plena aceptación del misterio se refiere el evangelista cuando agrega: «Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón».

Jesús retoma luego su vida oculta: «Bajó con ellos y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos». Todo, en el Hijo de Dios hecho hombre, es Palabra de Dios. También su vida familiar que ocupó la mayor parte de su vida en esta tierra. La familia es una comunidad de vida y amor, fundada en el matrimonio de un hombre y una mujer. Esta es la familia en que vivió el Hijo de Dios en este mundo; esta es la familia en cuyo seno quiere Dios que venga a este mundo toda persona y crezca como parte de una comunidad de vida y de amor.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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