Adviento 2-C Domingo

Lc 3,1-6

Todos verán la Salvación de Dios

En el primer domingo del Adviento, la liturgia nos proponía la contemplación de la Venida final de Jesucristo en gloria y majestad. Este evento, que pondrá fin a la historia, es un aspecto esencial del misterio de Cristo que confesamos como verdad de fe: «Creo en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios… de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos». En este Domingo II de Adviento retrocedemos hasta el tiempo inmediatamente anterior al ministerio público de Jesús, cuando entra en escena su Precursor, Juan el Bautista, tal como estaba anunciado: «He aquí que yo envío mi mensajero a preparar el camino delante de mí» (Mal 3,1). Un dato esencial del misterio de Cristo es que Juan Bautista lo precedió y que preparó su camino formando discípulos que luego siguieron a Jesús. Los tres evangelistas Sinópticos coinciden en que esa profecía de Malaquías se cumple en Juan (Mc 1,2; Mt 11,10; Lc 7,27).

El evangelista Lucas quiere situar esa misión de Juan, que precede a la de Cristo, dentro de la historia general de la humanidad y, más precisamente dentro de la historia de Israel, que fue el punto de la tierra donde el Hijo de Dios vino al mundo. Y para esto nos ofrece siete datos cronológicos. Hasta ahora ha sido imposible hacer coincidir esos datos dentro de la cronología moderna, porque no disponemos de la información histórica suficiente. Un dato podemos considerarlo firme: «En el año decimoquinto del Imperio de Tiberio César» (César era su nombre propio, que luego adoptó el significado de «emperador» y se aplicó a todos). Este emperador gobernó entre los años 14 y 37 d.C. El año decimoquinto de su imperio es el año 29 d.C. Jesús habría comenzado su ministerio poco después, precisamente, presentandose al bautismo de Juan: «Tenía Jesús al comenzar unos treinta años» (Lc 3,23).

Por otro lado, en el año 29 d.C. Poncio Pilato, efectivamente, ocupaba el cargo de gobernador romano de Judea, porque él ocupó ese cargo entre los años 26 y 36 d.C. Dejó su huella en la historia por la más triste y detestable decisión que puede tomar un gobernante, a saber, entregar a la muerte a un inocente –a Jesucristo– para complacer al pueblo. Y por esa acción entró también en la profesión de fe, y suena su nombre como una advertencia para todos los gobernantes: «Padeció bajo el poder de Poncio Pilato».

¿Cuál es el sujeto cuya acción se quiere ubicar en el tiempo con esa séptuple cronología, que para los contemporáneos de Lucas era clara? Leamos: «En el año quince del imperio de Tiberio César, siendo Poncio Pilato procurador… aconteció la Palabra de Dios sobre Juan». Esa forma verbal se usa a menudo en el Evangelio en la expresión: «Sucedió que…». La usa Lucas más adelante en este mismo capítulo para describir la presentación de Jesús: «Sucedió que, siendo bautizado todo el pueblo, habiendo sido bautizado también Jesús y estando en oración, fue abierto el cielo y el Espíritu Santo bajó sobre Él en forma corporal como una paloma» (Lc 3,21). En el caso que nos ocupa, entonces, el sujeto es la Palabra de Dios (rhema Theou). La Palabra de Dios ya ha sido el sujeto de la encarnación del Hijo de Dios, que ocurrió cuando la Virgen María dijo: «Hagase en mí, según tu Palabra (rhema sou)» (Lc 1,38). Bien conocía Lucas el Salmo que declara: «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos y por el Espíritu de su boca todo su ejército» (Sal 33,6). La Palabra de Dios es también el sujeto de la evangelización, según la expresión repetida por Lucas: «La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba» (Hech 12,24; 6,7). Esa Palabra comenzó a operar la salvación dirigiendose primero a María y ahora a Juan en el desierto.

Después del relato del anuncio de Juan a su padre Zacarías y de su nacimiento, Lucas deja a Juan esperando: «El niño crecía y su espíritu se fortalecía; vivió en el desierto hasta el día de su manifestación a Israel» (Lc 1,80). Esa manifestación ocurrió cuando vino sobre él la Palabra de Dios: «Fue por toda la región del Jordán proclamando un bautismo de conversión para perdón de los pecados». Esta es la preparación que él provee a Jesús. Fue una excelente preparación. Lo demuestra el hecho de que la condición para ser elegido como uno de los Doce, sobre los cuales Jesús fundó su Iglesia, es haber sido discípulo de Juan. En efecto, entre todos los que siguieron a Jesús hasta su Ascensión al cielo se encuentran solamente catorce, los Doce y otros dos, uno de los cuales fue elegido por el Espíritu Santo –echado a suertes– para ocupar el puesto dejado por Judas. Pedro lo decide así: «“Conviene que, de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su resurrección”. Presentaron a dos: José, llamado Barsabás, por sobrenombre Justo, y Matías… Echaron suertes y la suerte cayó sobre Matías, que fue agregado al número de los once apóstoles» (Hech 1,21-23.26).

Lucas termina su presentación de Juan aplicando a él una profecía de Isaías: «Como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas…». El Evangelio introduce un pequeño cambio en la cita. En efecto, el profeta se refería al regreso de los exilados y entonces la anónima voz decía: «Una voz clama: “En el desierto preparen un camino al Señor…”» (Is 40,3-5). El evangelista ubica en el desierto al que clama, porque así ocurrió con Juan y el mensaje consiste en allanar el camino al Señor que viene. La cita de Isaías (según la versión griega de los LXX) concluía: «Toda carne verá la Salvación de Dios» (Is 40,5). Ya sabemos a qué se refiere, porque ya uno vio esa Salvación. En efecto, cuando el anciano Simeón tomó en sus brazos al Niño Jesús que era presentado en el templo, exclamó: «Ahora, Señor, según tu Palabra, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto tu Salvación» (Lc 2,29-30).

La Salvación de Dios es Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Él es quien vino, quien ahora viene a nosotros y quien vendrá al fin de los tiempos. Que nos encuentre según la preparación de Juan: convertidos y velando.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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