Domingo 24−B

Mc 8,27-35

Perder la vida por Cristo y por el Evangelio

En el Evangelio de Marcos un solo viaje hace Jesús a Jerusalén durante su vida pública y éste es para enfrentar allí su Pasión y muerte. Todo el resto de su ministerio se desarrolló en Galilea, excepto por dos breves viajes que hace hacia el norte. Uno de esos viajes lo llevó incluso fuera de Israel, hacia las regiones de Tiro y Sidón que están en Fenicia, en la costa del Mar Mediterráneo, como lo leíamos en el Evangelio del domingo pasado; y el otro es el que leemos este Domingo XXIV del tiempo ordinario: «Salió Jesús con sus discípulos hacia los pueblos de Cesarea de Filipo». Este lugar está al norte de Galilea, a la altura de Tiro, pero en el interior, en territorio todavía de Israel.

Estos datos geográficos, aunque mínimos, son importantes, porque es uno de los elementos que permiten al evangelista dar a su obra una estructura y no dejarla reducida a una serie de episodios, sobre todo, milagros, engarzados como las perlas de un collar. En esto difiere el Evangelio, por ejemplo, de obras como «Las florecillas de San Francisco de Asís».

Y el otro elemento estructurante de la obra de Marcos es el que podríamos llamar «biográfico», aunque no permita trazar una «biografía» propiamente tal de Jesús. Los episodios biográficos de Jesús en este Evangelio se reducen a los siguientes: Bautismo, tentaciones, confesión de Pedro, Transfiguración, entrada en Jerusalén, pasión, muerte y Resurrección. Son episodios únicos que no pueden ponerse en otra secuencia.

Entre estos episodios, la confesión de Pedro, que leemos este domingo, constituye un punto de inflexión en lo que se refiere a la revelación de la identidad de Jesús. En efecto, antes de este momento, al escuchar su enseñanza y ver sus milagros, todos se preguntan acerca de Jesús: ¿Quién es este? En cambio, en ese viaje a Cesarea de Filipo con los Doce es Jesús quien hace a ellos la pregunta sobre su identidad en dos niveles: «¿Quién dicen los hombres que soy Yo? – ¿Quién dicen ustedes que soy Yo?».

La primera, menos comprometida, consistía en citar las opiniones que ellos habían oído a sus parientes y cercanos sobre Jesús: «Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas». Las respuestas se reducen a considerar a Jesús un profeta; entre ellos, los dos nombres citados –Juan el Bautista y Elías– son dos profetas ostensiblemente célibes, sugiriendo así este aspecto de la vida de Jesús por el cual llamaba en ese tiempo poderosamente la atención. No citan, por ejemplo, a Isaías, porque, aunque muchos de sus oráculos son en primera persona singular y Jesús los hace suyos –«El Espíritu del Señor está sobre mi, por cuanto me ha ungido… (Is 61,1)»–, es, en cambio, claramente casado.

Ante esas opiniones de la gente, que son muy positivas, Jesús no reacciona. Su reacción es indagar lo que opinan los Doce. En representación de ellos, Pedro se adelanta a responder: «Tú eres el Cristo (el Ungido)». Identifican a Jesús con el descendiente de David, que Dios había prometido a su pueblo. Son muchos los textos del Antiguo Testamento que mantenían esa esperanza. Citemos sólo uno, que es como una introducción a todo el salterio: «Se alzan los reyes de la tierra, los caudillos conspiran aliados contra el Señor (Yahveh) y contra su Ungido… El Señor se burla de ellos…: “Ya tengo Yo consagrado a mi rey en Sion, mi monte santo”» (Sal 2,2.4.6). En esta imagen ven los Doce a Jesús confesandolo como el Cristo (el Ungido). Lo ven como aquel a quien Dios ha ungido y constituido rey, sobre todos los reyes. Y no desisten de esta idea, sino hasta después de que fueron iluminados por el Espíritu Santo en Pentecostés. En efecto, cuando Jesús, después de su Resurrección, está por ascender al cielo, todavía la preguntan: «¿Es ahora cuando vas a restablecer el reino de Israel?» (Hech 1,6).

Jesús acepta la opinión de los Doce, confesada por Pedro, como verdadera; pero les prohíbe que la trasmitan a otros y se preocupa de dar a su identidad de Ungido por Dios su verdadera interpretación: «Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. Hablaba de esto abiertamente». Jesús estaba destinado a ser constituido por Dios Rey del Universo; pero debía obtener esta condición a través del acto supremo de amor –el más grande jamás visto– de la entrega de su vida en sacrificio. Su trono es la cruz y su corona es una de espinas. Entender esto habría sido tener ya «los pensamientos de Dios».

Movido por esa visión «triunfalista» del Cristo que ellos tenían, que contrastaba con lo que Jesús acababa de enseñarles, «tomandolo aparte, Pedro comenzó a reprenderlo». Marcos no nos dice en qué términos, a pesar de que él nos transmite de primera mano la predicación de Pedro en Roma. Mateo suple ese vacío poniendo en boca de Pedro estas palabras: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!» (Mt 16,22). Ahora es Jesús quien reprende a Pedro: «¡Quítate de mi vista, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres».

El control más seguro que tenemos nosotros para verificar si nuestros pensamientos son los de Dios o son solamente de los hombres es el amor a la cruz de Cristo. Lo dice Él: «Llamando a la gente junto con sus discípulos, les dijo: “Si alguno quiere seguirme, detrás de mí, nieguese a sí mismo, tome su cruz y sigame”». El que anhela esto, está movido por pensamientos concedidos por Dios, que son los mismos que tiene Jesús. Por eso, Él habla de seguirlo a Él.

Jesús agrega una advertencia que va dirigida a todos: «El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida, por mí y por el Evangelio, la salvará». Parece una sentencia enigmática. Pero, en realidad, su sentido es claro: el que quiera pasar por este mundo cuidando afanosamente su vida –procurando comer bien, descansar sin molestias, pasarlo bien, etc.–, perderá esta vida (todos la perderemos); pero, sobre todo, perderá la verdadera Vida, la eterna. En cambio, el que pierda su vida, esta vida, la salvará. Pero no se trata de perder la vida de cualquier manera, porque esta vida es un don de Dios y debemos protegerla –también la vida de los demás–, sino –dice Jesús– perderla «por mí y por el Evangelio». Jesús pone ambas cosas al mismo nivel; identifica el Evangelio con su Persona. Esto es lo que entiende San Pablo, que es quien introdujo el término «Evangelio»: «No me avergüenzo del Evangelio, que es una fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree» (Rom 1,16). «Perder la vida por Jesús y por el Evangelio» es el resumen más conciso de la vida de todos los santos. Para saber de qué se trata basta con citar uno: el Padre Hurtado entregó su vida por amor a Cristo a quien veía en los pobres y necesitados y ahora goza de la Vida eterna, invitado por ese mismo Jesús que le dijo: «Entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21-23).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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