Domingo 17−B

Jn 6,1-15

Tomó Jesús los panes y, dando gracias, los repartió

Terminábamos el domingo pasado –Domingo XVI del tiempo ordinario ciclo B– la lectura del Evangelio de Marcos en el momento en que Jesús, acompañado de sus Doce apóstoles, desembarca, después de atravesar el Mar de Galilea, y encuentra allí una multitud que, corriendo a pie por la orilla del lago, se les ha adelantado. Entonces, Él «sintió compasión de ellos, porque estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a enseñarles muchas cosas» (Mc 6,34). Con su ejemplo, Jesús nos enseña que la primera misión del pastor –del cual esa multitud carecía– es la enseñanza y ésta la ejerció Él con tal dedicación que el título que se le da con más frecuencia es el de «Maestro». Acto seguido, Jesús nos enseña que misión del pastor es también proveer de alimento al rebaño y lo hace multiplicando los cinco panes y dos peces, que se encontró entre la multitud: «Comieron todos y se saciaron. Y recogieron las sobras, doce canastos llenos» (Mc 6,42-43). La Liturgia de la Palabra en este Domingo XVII del ciclo B toma este episodio –la multiplicación de los panes– del Evangelio de Juan y sigue la lectura del capítulo VI de este Evangelio durante cinco domingos, incluido el presente.

«Se fue Jesús a la otra orilla del mar de Galilea, el de Tiberíades, y mucha gente lo seguía, porque veían los signos que realizaba en los enfermos». Una característica propia del Evangelio de Juan es dar a los milagros obrados por Jesús el nombre de «signos». Son verdaderos milagros; pero, según este evangelista, tienen la finalidad de inducir el conocimiento de una verdad sobre Jesús que va más allá del hecho material. Se trata de un conocimiento de fe, que se concede con ocasión del milagro, pero que lo supera. A eso se refiere Jesús, cuando reprocha a los judíos por no creer en Él: «Aunque a mí no me crean, crean por las obras, y así sabrán y conocerán que el Padre está en mí y Yo en el Padre» (Jn 10,38; cf. 5,36). Una de esas obras es la multiplicación de los panes.

El evangelista hace notar un detalle: «Estaba próxima la Pascua, la fiesta de los judíos». De esta manera, quiere insinuar una primera relación de este episodio, en el que Jesús da de comer a la multitud pan material, con el momento en que Él, precisamente comiendo la Pascua, da como alimento su propio Cuerpo bajo el signo del pan, diciéndoles: «Tomen y coman; este es mi Cuerpo» (Mt 26,26).

«Al levantar Jesús los ojos y ver que venía hacia Él mucha gente, dice a Felipe: “¿Dónde vamos a comprar panes para que coman éstos?”». La pregunta de Jesús apunta a lo alejado del lugar. Pero Felipe responde apuntando a la falta de dinero: «Doscientos denarios de pan no bastan para que cada uno tome un poco». Esa cantidad de dinero, que de todas maneras sería insuficiente, equivale al salario de un obrero en 200 días (ver Mt 20,2). Si se considera que el salario mínimo en Chile es de $ 337.000, estamos hablando de $ 2.247.000. ¡No tenían ese dinero! En el apuro interviene Andrés para aportar otra solución que él mismo se adelanta a descartar: «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; pero ¿qué es eso para tantos?». Esos dos discípulos estaban con Jesús en las bodas de Caná, cuando Él convirtió el agua de seis grandes tinajas en vino, y a ellos se refiere el evangelista cuando concluye: «Tal principio de los signos hizo Jesús en Caná de Galilea; manifestó su gloria y creyeron en Él sus discípulos» (Jn 2,11). La respuesta de esos dos apóstoles debió haber sido: «Señor, tú puedes darles de comer».

Es lo que el evangelista quiere poner en evidencia, cuando aclara la finalidad de la pregunta de Jesús a Felipe: «Esto lo decía poniéndolo a prueba (tentándolo), porque Él sabía lo que iba a hacer». El verbo griego traducido aquí por «poner a prueba» se traduce también por «tentar» y suele tener como sujeto a Dios. Tal vez, la instancia más emblemática es la que se refiere a Abraham, quien, precisamente por su reacción, es llamado el «padre en la fe». Leemos en el Génesis: «Dios tentó a Abraham… y le dijo: “Toma a tu hijo, el amado, al que amas, a Isaac, vete a la tierra elevada y ofrécelo allí en holocausto en uno de los montes, el que yo te diga”» (cf. Gen 22,1-2). En la versión griega –la LXX– el verbo «tentar» es idéntico al que usa el Evangelio de Juan con respecto a Jesús. Debemos entonces leer: «Dios puso a prueba a Abraham». Conocemos la reacción de Abraham a quien Dios le dice: «No alargues tu mano contra el niño, ni le hagas nada, que ahora ya sé que tú temes a Dios, ya que no me has negado tu hijo, tu amado» (Gen 22,12). Nosotros no podemos presumir de reaccionar como Abraham; más bien, nuestra reacción será como la de Felipe y Andrés. Por eso, Jesús nos enseña a orar: «No nos pongas a prueba, sino líbranos del mal» («Ne nos inducas in tentationem»). Sí, no obstante, esa petición, nos sobrevienen diversas pruebas –como es, por ejemplo, la pandemia que nos azota–, entonces, nuestra reacción debe ser como la que Jesús esperaba de Felipe y Andrés, que es la que expresa San Pablo: «Dios hace contribuir todas las cosas para bien de quienes lo aman» (Rom 8,28). Esta fue la reacción de nuestro «padre en la fe».

Jesús comienza a dar órdenes, como preparándose para un banquete: «Hagan que los hombres se recuesten». ¡Es la actitud que se asumía para comer! (En ese tiempo no se usaban mesa y sillas, sino divanes para recostarse). Entonces Jesús hace gestos inconfundibles, que apuntan también al momento en que Él da el pan de vida eterna: «Tomó Jesús los panes y, después de dar gracias (eucharistesas), los distribuyó entre los que estaban recostados». Luego ordena que nada se pierda: «Recojan los trozos sobrantes para que nada se pierda». Queda clara la abundancia –como el buen vino en las bodas de Caná–: «Recogieron doce canastos».

«Al ver la gente el signo que había realizado decía: “Este es verdaderamente el profeta que iba a venir al mundo”». Cuando fueron donde Juan y le preguntaron: « ¿Eres tú el profeta?», él respondió: «No» (cf. Jn 1,21). Ahora, respecto de Jesús, dicen: «Este es el profeta». Se refieren al cumplimiento de un anuncio hecho por Moisés al pueblo: «El Señor tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien ustedes escucharán (Deut 18,15). Seguiremos leyendo este capítulo VI del Evangelio de Juan y veremos que los judíos siguen pidiendo a Jesús un signo que lo iguale a Moisés. ¡No han entendido! ¡No han comprendido el signo! ¡No han superado la prueba! Jesús es infinitamente más que Moisés. Es la prueba a que somos sometidos nosotros en cada momento.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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