Por Juan Antonio Montes Varas

Director Acción Familia

Si Ud. oye habitualmente los comentarios semanales que realizamos para este programa orientado a la familia, debe haber oído, en más de una ocasión, que la característica propia y más excelente de la mujer es su capacidad de amar.

Hoy que tanto se intenta promover a la mujer y ponerla en pie de igualdad con el hombre, se desprecia aquello que es el principal y el más noble de sus atributos: Amar.

Tan noble es esta cualidad, que Dios mismo se define como Caridad; y la caridad no es otra cosa que la capacidad de amar.

Por eso es que cuando vemos mujeres con el pañuelo verde en sus puños, símbolo del homicidio a niños no nacidos no podemos dejar de sentir dos puñaladas.

La primera, la más evidente, es la que la mujer practica con un ser indefenso, inocente y desvalidos en su propio seno. Crimen horrible y que desfigura de modo imborrable esa capacidad de amar.

El segundo crimen, es el que la mujer, quizá sin darse cuenta, se practica contra ella misma. Pues, si está en su propia esencia e identidad esa capacidad de amar ilimitadamente, al practicar un acto tan opuesto al amor, como es el homicidio de su propio fruto, ella se mata a si misma.

No sé si Ud. que nos oye habrá prestado atención a las mujeres que enarbolan esos pañuelos verdes abortistas. Si no lo ha hecho, le aconsejo que lo haga. Las expresiones de esas mujeres son duras, vengativas, odiosas, desafiantes, rabiosas, rencorosas. Se diría que ellas son como una tierra árida y seca donde ningún fruto puede nacer y que sufre el castigo de su propia esterilidad culpable.

Sin embargo, la capacidad de amar de una mujer es tan grande, que ella no se limita al propio fruto de su seno, su hijo bien amado. La mujer tiene entrañas para amar a mil hijos, para amar a toda una sociedad, en especial cuando esa sociedad pasa por dificultades o apremios injustos.

Todo esto nos vino a la memoria oyendo una carta abierta que envió una madre católica cubana a SS Francisco solicitando una urgente ayuda del San Padre a todos esos jóvenes que están saliendo a las calles para pedir que acabe la dictadura que hace siete décadas tiene sumida en la miseria a esa desgraciada nación.

Basta ver las fotografías de los jóvenes manifestantes y el ambiente donde ellas se desarrollan para percibir los frutos de miseria que en 70 años se han obtenido. Cuerpos esqueléticos, ropa en andrajos, miradas sin felicidad, calles sin pavimento, edificios donde nunca hubo quien pasara una mano de pintura, vehículos que en cualquier país serían chatarra. Si eso es el exterior, Ud. se puede imaginar lo que será el interior de donde ellos viven, la cocina donde preparan su miserable rancho, la obscuridad forzada por falta de luz y la muerte al acecho por fatal por falta de medicina.

Esta trágica situación se puede ver desde el punto de vista político, económico o cultural. Pero lo propio de la mujer es abarcarlo todo desde el punto de vista del cariño y de la compasión.

Es lo que hizo esta mujer cubana, María Victoria Olavarrieta, enviando una carta abierta al Papa para pedir una intervención proporcionada al sufrimiento de los cubanos.

La transmitimos tal cual ella la difundió por las redes sociales, pues nada más auténtico que oír su propia voz de madre, de católica y de cubana, dirigiéndose al Padre de todos los católicos.

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