Mc 4,26-34

El Reino de Dios crece, sin que el hombre sepa cómo

Después de los tiempos litúrgicos de Cuaresma y Pascua y de las grandes solemnidades de Pentecostés, Santísima Trinidad y Cuerpo y Sangre de Cristo, retomamos este domingo el tiempo litúrgico ordinario. Lo hacemos celebrando el Domingo XI, con sus lecturas del ciclo B, que se caracteriza por el Evangelio de San Marcos. El último domingo del tiempo ordinario que celebramos, antes del miércoles de ceniza, fue el Domingo VI con su Evangelio Mc 1,40-45. Retomamos ahora este Evangelio en el capítulo IV, que comienza con la afirmación general: «Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas» (Mc 4,2); y sigue la importante parábola del sembrador, que es la única que se encuentra en los tres Evangelios sinópticos.

La parábola del sembrador es la primera que pronuncia Jesús en el Evangelio de Marcos, aunque antes ha usado ya algunas comparaciones con la vida real para exponer su doctrina. Por ejemplo, cuando lo critican porque sus discípulos no ayunan, como hacen los discípulos de Juan, Jesús pregunta: «¿Pueden acaso ayunar los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Mientras tengan consigo al esposo no pueden ayunar. Días vendrán en que les será arrebatado el esposo; entonces ayunarán, en aquel día» (Mc 2,19-20). Para enseñar que la novedad absoluta introducida en el mundo con su venida exige ser acogida con una actitud nueva coherente, dice: «Nadie echa vino nuevo en odres viejos; si lo hace, el vino reventaría los odres y se echaría a perder tanto el vino como los odres: el vino nuevo, en odres nuevos» (Mc 2,22). Cuando, viendolo expulsar los demonios, los escribas afirman: «Por el príncipe de los demonios expulsa los demonios», el evangelista califica la respuesta de Jesús como una parábola: «Llamandolos junto a sí, Jesús les decía en parábolas: “¿Cómo puede Satanás expulsar a Satanás? Si un reino está dividido contra sí mismo, ese reino no puede subsistir…» (Mc 3,23-26).

La importante parábola del sembrador no se lee en la Eucaristía dominical en el ciclo B, sino sólo cada tres años en el ciclo A, tomada del Evangelio de Mateo, el Domingo XXXIII del tiempo ordinario.

El Evangelio de este domingo comienza terminada la parábola del sembrador. Después de esta parábola, en el Capítulo IV de Marcos, siguen las dos parábolas que leemos en el Evangelio de hoy. Por eso, comienza la primera con esta introducción: «Decía también…». Al comienzo del capítulo se anunciaba una serie de parábolas: «Les enseñaba muchas cosas por medio de parábolas» (Mc 4,2). Las dos que se leen hoy son las primeras parábolas sobre el Reino de Dios: «El Reino de Dios es como…». Antes de esto el evangelista pone en boca de Jesús esa expresión como resumen de toda su enseñanza: «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviertanse y crean en el Evangelio» (Mc 1,15). Más adelante, declara que el Reino de Dios es un misterio y que se revela abiertamente sólo a sus discípulos, reservando las parábolas para los demás: «A ustedes se les ha dado el misterio del Reino de Dios, pero a los que están fuera todo se les presenta en parábolas» (Mc 4,11). Nadie que tenga algún conocimiento del Evangelio ignora que la parábola fue un medio de enseñanza usado por Jesús, más aun, un medio de enseñanza en el cual Él sobresale. Hay muchas parábolas en la literatura de su tiempo; pero no se comparan con las de Jesús. Jesús define las parábolas como un medio de enseñanza clara para unos y oscura para otros.

Jesús usó la expresión «Reino de Dios» para significar la presencia en el mundo del Hijo de Dios hecho hombre, es decir, su propia Persona. Lo expresa Juan en el Prólogo de su Evangelio: «La Palabra (que “es Dios”) se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Esto es claro para unos y oscuro para otros, claro para quienes lo acogen y oscuro para quienes se cierran y lo rechazan: «A quienes lo acogieron les dio el poder llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

En la primera de las parábolas del Reino de Dios, Jesús quiere enseñar que su crecimiento y difusión se produce por su propio dinamismo interior: «El Reino de Dios es como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece, sin que él sepa cómo». Si observamos con detención, veremos que Jesús no compara el Reino de Dios con algo concreto: no se parece a un hombre, sino a un hombre que echa el grano en la tierra; pero tampoco se compara con eso, sino con que ese grano brote y crezca, por su propia virtud, sea que el hombre que lo sembró duerma o se levante. Con lo que el Reino de Dios no se compara en absoluto es con lo que entendemos nosotros por un reino, a saber, un territorio gobernado por un rey. Por eso, no es acertada la traducción «Reinado de Dios». No se trata de esto.

Antes de la segunda de las parábolas del Reino de Dios, el Evangelio nos muestra a Jesús preguntandose a sí mismo: «¿Con qué compararemos el Reino de Dios o con qué parábola lo expondremos?». Depende de qué aspecto de ese misterio –Dios hecho uno de nosotros como verdadero hombre– quiera destacar. Encuentra una comparación: «Es como un grano de mostaza que, cuando se siembra en la tierra, es más pequeña que cualquier semilla que se siembra en la tierra; pero una vez sembrada, crece y se hace mayor que todas las hortalizas y echa ramas tan grandes que las aves del cielo anidan a su sombra». De nuevo, debemos observar que el Reino de los Cielos no se parece a una semilla de mostaza sin más; en realidad, no tiene nada parecido a ella. La comparación es con la situación completa, es decir, con la semilla sembrada y crecida hasta llegar a ser un árbol que sirve de cobijo a las aves del cielo. Pero esto es lo más distinto que se puede imaginar de un reino. En cambio, la presencia del Hijo de Dios hecho hombre –lo que Jesús llama «Reino de Dios»–, que comenzó en un oscuro lugar de la tierra, estaba destinada a difundirse, a través de su Iglesia a todo el orbe. La Iglesia de Cristo es «el Cristo total», del cual todos los bautizados somos miembros y, por tanto, somos acogidos en ella. Lo que Jesús dijo sobre el Reino de Dios por medio de esa parábola del grano de mostaza ¡es una magnífica profecía!, cuyo cumplimiento nosotros estamos verificando.

La Iglesia de Cristo es el medio por el cual el Reino de Dios está presente en el mundo. Es consolador saber que ningún poder humano puede acabar con ella, porque el Reino de Dios crece «sin que el hombre sepa cómo» y su crecimiento es admirable. Esto lo enseñó también Jesús en forma directa, sin el uso de parábolas, cuando dijo a Simón, hijo de Jonás: «Tú eres Pedro (piedra) y sobre esta piedra, edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (Mt 16,18).

 

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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