Domingo de Pascua II-B

Jn 20,19-31

Creo en Jesucristo, único Hijo de Dios, nuestro Señor

El Evangelio de este Domingo II de Pascua comienza con una circunstancia de tiempo: «Al atardecer de aquel día, el primero de la semana». Esto lleva al lector a recordar lo ocurrido antes, ese mismo día. En efecto, ya se ha referido el evangelista a ese primer día de la semana: «El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía está oscuro, va María Magdalena al sepulcro y ve la piedra quitada del sepulcro» (Jn 20,1). Ella deduce que ya han trasladado el cuerpo de Jesús de ese lugar, que era provisorio, mientras pasaba el sábado, a otro sepulcro permanente; y corre a advertir de ese traslado a los discípulos más cercanos a Jesús: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el discípulo amado no tienen noticia de ese traslado y corren al sepulcro y verifican que, en efecto, está vacío.

Conocemos la reacción del discípulo amado ante esa visión: «Vio y creyó» (Jn 20,8). Vio el sepulcro vacío; pero también vio las vendas en el suelo y el sudario plegado; y ¡creyó!, no que Jesús hubiera sido trasladado, sino que ¡había resucitado!, tal como lo explica: «Hasta entonces no habían comprendido que según la Escritura Jesús debía resucitar de entre los muertos». Lo comprendieron en ese momento, con ocasión de lo que vieron. Podemos deducir que en ese plural –«no habían comprendido»– se incluye también Pedro. Ellos, sin haber visto a Jesús, creyeron que había resucitado de entre los muertos.

Inmediatamente, tuvo que abrirse paso en su mente lo que Jesús les había dicho en los discursos de despedida: «Ahora me voy a Aquel que me ha enviado… Les digo la verdad: les conviene que Yo me vaya… me voy al Padre, y ya no me verán… Dentro de poco ustedes ya no me verán, y dentro de otro poco volverán a verme… Salí del Padre y he venido al mundo; ahora dejo otra vez el mundo y voy al Padre…» (Jn 16,5.7.16). Tuvieron que pensar que Jesús resucitado ya había subido a su Padre. Quedaba la esperanza de ese «poco tiempo» que tendría que transcurrir para volver a verlo.

Ese mismo día ocurrió otro hecho significativo. María Magdalena persevera junto al sepulcro y allí goza de la primera visión de Jesús resucitado, cuando Él la llama por su nombre, dicho en arameo: «Mariam» (Jn 20,16). Jesús la manda con este mensaje a los discípulos, a quienes llama «mis hermanos»: «Aún no he subido al Padre… Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios». Ella les transmite esas palabras y les asegura, además: «He visto al Señor». Este anuncio tuvo que correr entre los discípulos y convocarlos a todos en un mismo lugar, excepto Tomás. Está todo preparado para lo que ocurrirá esa tarde.

«Estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos vino Jesús, se puso en el medio y les dijo: “Paz a ustedes”». Y como prueba de su identidad «les mostró las manos y el costado», se entiende para que verificaran las señas de su crucifixión. Jesús había dicho: «Dentro de otro poco me verán». Es lo que se estaba cumpliendo: «Los discípulos se alegraron de ver al Señor». Ese día todos ellos lo vieron resucitado. La resurrección de Cristo fue para ellos un hecho de comprobación empírica. Pero fue también un acto de fe, porque la resurrección de Cristo trasciende todo hecho de este mundo. En efecto, Jesús se presenta en medio de ellos estando las puertas cerradas y nada de este mundo lo confina, ni la pesada piedra del sepulcro ni la muerte. Ellos vieron a Jesús resucitado y creyeron. Ahora pueden ser testigos de su resurrección, en primer lugar, ante Tomás, pero también ante todos, en su predicación: «Hemos visto al Señor».

Esa tarde Jesús les encomendó su misión: «Como el Padre me ha enviado, así los envío Yo a ustedes». Y hace el signo del don del Espíritu, que les había prometido y que es necesario para esa misión: «Sopló y dijo: “Reciban el Espíritu Santo; a quienes perdonen los pecados les son perdonados, a quienes se los retengan, les son retenidos».

Tomás reaccionó exigiendo, no sólo ver –insinuando así que lo que ellos habían visto era una ilusión–, sino también tocar y, más aún, tocar los signos de su pasión: el lugar de los clavos en sus manos y la herida de su costado.

Otra circunstancia de tiempo nos sitúa en un domingo como hoy, en que celebramos la conclusión de la Octava de Pascua: «Ocho días después, estaban de nuevo sus discípulos dentro y Tomás con ellos». Viene nuevamente Jesús, se para en el medio y les dice: «Paz a ustedes». Luego ofrece a Tomás las pruebas que ha exigido. En un acto de gran misericordia y bondad, le dice: «Trae aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado». Y agrega una advertencia que vale para todos: «No seas incrédulo, sino creyente».

La reacción de Tomás ante le visión de Cristo resucitado y ante su gran misericordia es el acto de fe más explícito que tenemos en el Nuevo Testamento: «Señor mío y Dios mío». ¿En qué sentido es un acto de fe? Está viendo a Jesús resucitado; pero lo confiesa como su Dios. Se dirige a Jesús como se dirigían los judíos ante su Dios, YHWH: «Levantate y despierta para juicio y defensa mía, Dios mío y Señor mío; juzgame, según tu justicia, YHWH, Dios mío, que no se gocen contra mí» (Sal 35,23).

Jesús reacciona ante la confesión de Tomás diciendole: «Porque me has visto, has creído». ¿Es una pregunta, un reproche o una definición del acto de fe? Es una definición del acto de fe. En efecto, la frase principal de Jesús es: «Has creído». Pero para haber creído, tuvo que ver. Y así es todo acto de fe, como lo define, poco antes, el evangelista, refiriendose al discípulo amado: «Vio y creyó». Pero la fe sigue siendo un puro don de Dios y no se basa en lo que se ve, sino en lo que no se ve. Dios concede la fe con ocasión de algo que se ve; pero la fe trasciendo infinitamente lo visto. El discípulo amado y Pedro vieron el sepulcro vacío, las vendas y el sudario y creyeron algo que trasciende lo visto: que Jesús había resucitado. Tomás vio a Jesús resucitado y creyó algo que trasciende esa visión: que Jesús es su Dios y Señor. Dios concede la fe, sobre aquello que no se ve, pero con ocasión de algo que se ve. Por eso, es fundamental el testimonio, sobre todo, el que ofrecen los cristianos en la celebración de la Eucaristía y su efecto de una vida santa.

Jesús todavía agrega: «Bienaventurados los que sin ver han creído». Es un suave reproche a Tomás, porque él debió haber creído el testimonio de sus hermanos, que vieron a Jesús resucitado. La bienaventuranza se refiere a Pedro y al discípulo amado –creyeron en la resurrección sin haber visto a Jesús– y a nosotros, que también creemos en ella sin ver. La fe de la cual habla Jesús es la confesada por Tomás, como lo declara la conclusión del evangelista: «Estos (signos) han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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