Domingo de Resurrección B

Mc 16,1-8

Irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán

Toda la Iglesia se une hoy en la celebración de la resurrección de Cristo de entre los muertos, el evento fundamental de nuestra fe, como lo declara el Catecismo de la Iglesia Católica: «La Resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en Cristo, creída y vivida por la primera comunidad cristiana como verdad central» (N. 638). Si Cristo no hubiera resucitado, el cristianismo no existiría, como escribe San Pablo a los corintios: «Si Cristo no resucitó, vana es la fe de ustedes y ustedes están todavía en sus pecados» (1Cor 15,17). Más aún, si Cristo no resucitó, no podríamos decir que estamos en el año 2021, porque el tiempo no se contaría a partir de Cristo y ni siquiera sabríamos que en el tiempo que llamamos ahora siglo I, existió un personaje de nombre Jesús. Todo habría quedado relegado en el pasado y olvidado.

Según los Evangelios Sinópticos –Marcos, Mateo y Lucas–, Jesús había preanunciado repetidas veces a sus discípulos su pasión y muerte y también su resurrección: «Comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días» (Mc 8,31). Cuando se cumplió la primera parte de esta predicción –su pasión y muerte en la cruz– ninguno de sus discípulos esperaba su resurrección. ¡Ya se les había olvidado que lo había dicho! Imaginemos cómo habría sido el olvido, si de hecho no hubiera resucitado. La historia de Jesús habría sido como las de otros, con las cuales fue comparada: «Se levantó Teudas, que pretendía ser alguien y que reunió a su alrededor unos cuatrocientos hombres; fue muerto y todos los que lo seguían se disgregaron y quedaron en nada» (Hech 5,36). El hecho de que el cristianismo no haya «quedado en nada» es prueba de que Jesús, aunque ciertamente murió, está vivo y presente: «Estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos» (Apoc 1,18).

Según los relatos de este evento, como lo leemos en el Evangelio de hoy, las mujeres fueron las primeras en escuchar el asombroso anuncio de la resurrección de Jesús: «Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarlo y muy de madrugada, el primer día de la semana, a la salida del sol, van al sepulcro». Encontraron la gran piedra que cerraba la entrada al sepulcro removida y al entrar «vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se alarmaron. Pero él les dijo: «No se alarmen. Ustedes buscan a Jesús, el nazareno, el Crucificado. ¡Ha resucitado! No está aquí. Vean el lugar donde lo pusieron». Con precisión el joven dice: «Lo pusieron» y no: «Lo sepultaron», porque esa posición era sólo transitoria, mientras pasaba el sábado, aquel solemne sábado de la Pascua. Luego, debía ser trasladado al lugar de su sepultura definitiva. Era el sepulcro de un hombre rico y no el que correspondería a Jesús, que no tenía dónde reclinar la cabeza. Pero así se cumplió la profecía: «Se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba» (Is 53,9).

El joven vestido de blanco les encomendó una misión: «Vayan a decir a sus discípulos y a Pedro: “Irá delante de ustedes a Galilea; allí lo verán, como les dijo”» (Hemos optado por poner el mensaje como cita textual, porque ese pronombre «ustedes» no se refiere a las mujeres, sino a los discípulos). El mensaje va dirigido a los discípulos, pero, en modo particular, a Pedro, porque, en modo particular, Pedro lo había negado tres veces. Era necesario que ellos «vieran» a Jesús resucitado, pues la última imagen que tenían de Él –azotado, escupido, coronado de espinas, cubierto de sangre, crucificado– los había movido a desilusionarse de Él, incluso a negar haberlo siquiera conocido, tanto menos ser sus discípulos, y la aventura de Jesús estaba «quedando rápidamente en nada».

El Evangelio anota una reacción desconcertante de las mujeres ante esa misión: «Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie. En efecto, tenían temor…». Así termina el Evangelio de Marcos. La ciencia bíblica no sabe responder si la intención de Marcos fue concluir su obra de esa manera o si su Evangelio tenía un relato, que se habría perdido, del encuentro de Jesús resucitado con sus apóstoles. Lo que es cierto es que las generaciones sucesivas de cristianos se vieron en la obligación de darle a ese Evangelio un relato del encuentro de Jesús resucitado con sus discípulos, porque lo consideraron necesario.

Ante ese brusco final, al lector surge la pregunta: ¿Superaron las mujeres el temor y transmitieron el mensaje, de manera que los discípulos fueran a Galilea y «vieran» a Jesús resucitado? Es probable que el evangelista no considerara necesario responder, porque lo da por evidente al considerar la veloz difusión del cristianismo en el momento en que escribió su Evangelio. Marcos escribió su Evangelio en Roma, antes del año 70 d.C., pero en un momento en que ya había comunidades cristianas en Palestina, en Asia Menor y en Roma y los apóstoles habían dado su vida por Cristo. Esto es prueba, no sólo de la resurrección de Cristo, sino también de que los apóstoles lo vieron resucitado y fueron testigos de su resurrección. La resurrección de Cristo es un hecho histórico y como tal ha tenido una repercusión en los eventos del mundo, a través de su Iglesia. Pero es también un hecho sobrenatural, que trasciende la historia y, por tanto, para ser creído, exige la fe. Lo decimos con el Catecismo: «La Resurrección de Cristo es objeto de fe en cuanto es una intervención trascendente de Dios mismo en la creación y en la historia» (N. 648).

La prueba más evidente de la resurrección de Cristo es la que indica San Pablo: «Si Cristo no resucitó… ustedes están en sus pecados». Esto lo considera San Pablo una demostración evidente. Es que él escribe a una comunidad de cristianos de Corinto en la cual era evidente que habían pasado de una vida de pecado a una vida santa, libre de pecado. Y esto es imposible sin la gracia de Cristo, que Él obtuvo para nosotros con su muerte en la cruz y que se revela eficaz en su resurrección. El testimonio de la resurrección de Cristo es la santidad de los cristianos.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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