Mc 11,1-11; 14,1–15,47

Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra de Dios

La Eucaristía de este Domingo de Ramos está precedida por la lectura del Evangelio que relata la entrada de Jesús en Jerusalén montado en un asno y aclamado por la multitud que extiende a su paso sus mantos y ramos, mientras grita: «¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en Nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que viene, de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!». La gente lo aclama como aquel que debía venir, enviado por Dios, a restaurar el Reino de David.

Pero un brusco cambio de ambiente se percibe, cuando comienza la Liturgia de la Palabra y se escucha proclamar la lectura del profeta Isaías: «Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban, mis mejillas a los que arrancaban mi barba. Mi rostro no aparté de los insultos y salivazos» (Is 50,6). A esto se agrega el Himno Cristológico de la carta de San Pablo a los filipenses: «Cristo se humilló, haciendose obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8). El lugar del Evangelio lo tiene la lectura de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos, que comienza con esta introducción: «Faltaban dos días para la Pascua y los Ázimos. Los sumos sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderlo con engaño y matarlo. Pues decían: “Durante la fiesta no, no sea que haya alboroto del pueblo”». ¿Cómo sería posible hacerlo tan rápido –para la fiesta faltaban dos días– sin que se alborotara ese mismo pueblo que lo aclamaba como «el que viene en el Nombre del Señor»?

No les fue posible evitar la muerte de Jesús precisamente en la misma fiesta de la Pascua y de la forma más ostensible, «muerte de cruz». En efecto, Jesús tenía que morir en la cruz en esos días en que se inmolaba el cordero pascual para que se entendiera que su muerte era un sacrificio, que Él es «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Así lo significó Jesús la noche anterior, después de celebrar la Pascua con sus discípulos, tal como Él lo había mandado preparar: «¿Dónde está mi sala, donde pueda comer la Pascua con mis discípulos?».

Nos preguntamos: ¿Por qué los sumos sacerdotes y los escribas buscan matarlo y por qué no se produjo en el pueblo el alboroto temido, sino, al contrario, el pueblo gritó: “Crucificalo”? Al día siguiente de su entrada en Jerusalén Jesús fue al templo a enseñar y encontró la Casa de Dios convertida en un mercado, expulsó a todos y, luego, ciertamente hizo ese día una hermosa enseñanza sobre el templo: «Les enseñaba, diciendoles: “¿No está escrito: Mi Casa será llamada Casa de oración para todas las gentes?”». El evangelista anota la reacción de las autoridades religiosas: «Se enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo matarlo; porque lo temían, pues toda la multitud estaba asombrada de su enseñanza» (Mc 11,18). Pilato, que no es judío, pero que sabe de ambición de poder y de favor popular, tiene razón: «Se daba cuenta de que los sumos sacerdotes lo habían entregado por envidia».

Dos fueron las instancias en que Jesús fue juzgado, una ante el tribunal judío, el sanhedrín, y otra ante Pilato, la autoridad de Roma, la única que podía sentenciarlo a muerte. Cuando fue entregado a Pilato, ya había sido decidida su muerte, en el tribunal judío. Fue por envidia, como observa Pilato. En ese juicio, se había hecho difícil condenar a Jesús, como observa el evangelista: «Los sumos sacerdotes y el Sanedrín entero andaban buscando contra Jesús un testimonio para darle muerte; pero no lo encontraban. Muchos daban falso testimonio contra Él, pero los testimonios no coincidían». La verdad es una; la falsedad, múltiple, como eran esos testimonios. La intención de sentenciar la muerte de Jesús estaba, por tanto, fracasando, sin que Él tuviera necesidad de defenderse: «Jesús callaba y no respondía nada». Hasta que el Sumo Sacerdote le preguntó directamente: «¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?».

Con esa pregunta directa, el Sumo Sacerdote se lo jugó todo. En efecto, ante esa pregunta, Jesús tenía tres posibilidades. Si respondía: «No», el juicio habría fracasado, pues no habrían podido condenarlo. Pero esta posibilidad queda excluida, porque Él es la Verdad y no puede declarar algo falso. Si permanecía en silencio, el juicio también habría fracasado, porque –ya se ha dicho– los testimonios contra Él no coincidían. Pero Él no podía permanecer en silencio, cuando la pregunta se refiere directamente a lo que Él ha venido a anunciar al mundo. ¡Él es el Cristo, el Hijo del Bendito (de Dios)! Respondió: «Yo soy, y verán al Hijo del hombre sentado a la diestra del Poder y venir entre las nubes del cielo». La reacción fue inmediata: «El Sumo Sacerdote rasgó sus vestiduras y dijo: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Ustedes han oído la blasfemia. ¿Qué les parece?”. Todos juzgaron que era reo de muerte».

Para entender esa reacción unánime hay que entender el sentido de esa respuesta. En primer lugar, Jesús declara solemnemente: «Yo soy». Está dicho en doble sentido. Un primer sentido es la respuesta afirmativa, pero ésta pudo expresarla diciendo sencillamente: «Sí». No deja, por tanto, de insinuar también el Nombre con el cual Dios se reveló a Moisés: «YO SOY me ha enviado a ustedes» (Ex 3,14). Pero, además, en su respuesta, Jesús se atribuye el Salmo 110, que dice: «Oráculo del Señor (Yahweh) a mi Señor: sientate a mi derecha» (Sal 110,1). Todos los judíos entendían ese Salmo como dicho del Ungido de Dios que tenía que venir, a quien Dios mismo lo invitaría a sentarse a su mismo nivel: «A mi derecha». Pero, sobre todo, insinúa que Él es aquel de quien Dios jura en ese Salmo: «Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec» (Sal 110,4). Jesús declara así, que Él posee un sacerdocio eterno, dado por Dios con juramento, y que, por tanto, es muy superior al sacerdocio de esos sacerdotes, que lo estaban juzgando. La envidia y el temor de perder el poder fue lo que provocó la reacción: «Es reo de muerte».

¿Cómo cambió tanto la multitud, de aclamarlo a pedir su crucifixión? Por la misma razón que cambió Judas, uno de los Doce, que lo traicionó. Esperaban un Cristo revestido de poder de este mundo que los liberara del poder de Roma y les diera bienestar material y lo ven enfrentar su muerte «como cordero llevado al matadero» (Is 53,7). Se observa esa actitud en el desafío que formulan sus autoridades ante Jesús crucificado: «Los sumos sacerdotes se burlaban junto con los escribas diciendo… “¡El Cristo, el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz, para que lo veamos y creamos”».

Al contemplar nosotros ahora estos hechos, y durante toda esta Semana Santa, debemos encendernos en amor a Jesús, porque no bajó de la cruz y con su sangre derramada nos obtuvo el perdón de los pecados, tal como lo había dejado claro la noche anterior: «Esta es mi sangre de la Alianza que será derramada por muchos» (Mc 14,24).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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