Mc 9,2-10

En este último tiempo Dios nos ha hablado por el Hijo

En los tres ciclos de lecturas, el Domingo II de Cuaresma se caracteriza por el Evangelio de la Transfiguración del Señor. Este año B, lo leemos en la versión de Marcos, que sirve de fuente a las versiones de Mateo y Lucas.

Este episodio produce un profundo gozo en todos los discípulos de Cristo, al contemplar a su Señor en su forma glorificada. Si el Himno cristológico de la carta a los filipenses expresa la Encarnación de Jesús, diciendo que Él, «teniendo la forma de Dios», se vació de ella y «tomó la forma de esclavo», apareciendo en todo como un hombre (cf. Fil 2,6.7), en ese monte alto al cual Jesús llevó a sus tres discípulos más cercanos, se «transfiguró», es decir, recuperó su forma de Dios. En la lengua original griega es imposible no hacer esa relación. En efecto, en el Himno de la carta a los filipenses se traduce por «forma» el término griego «morphé» y en el Evangelio el verbo «transfigurarse» traduce el verbo griego «meta-morpheo» (cambio de forma). En su Encarnación Jesús, teniendo «forma» de Dios, tomó la «forma» de hombre; en la transfiguración, teniendo la «forma» de hombre, retomó, por un instante, su «forma» de Dios.

El Evangelio no nos dice cuánto duró ese «instante». Lo que nos dice es que esos tres discípulos –Pedro, Santiago y Juan– hubieran deseado que no tuviera fin. Es lo que atina a decir Pedro: «Rabbí, bueno es que nosotros estemos aquí. Haremos tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Aunque se dirige a Jesús, en ese pronombre personal «nosotros», no se incluye Jesús, porque es el mismo sujeto del verbo «haremos», que se refiere sólo a los tres discípulos que estaban allí. Por eso, la exclamación de Pedro debe traducirse así: «Rabbí, bueno es para nosotros estar aquí contigo». El Evangelio no nos dice cuánto duró esa experiencia, porque no tiene sentido; está fuera de nuestra experiencia de tiempo; es una experiencia de la eternidad.

«Se les aparecieron Elías y Moisés, que conversaban con Jesús». Es la única instancia en que Elías precede a Moisés. ¿Por qué nombra Marcos primero a Elías? Tal vez la respuesta la tengamos en la consideración del fin de cada uno. En ambos casos fue misterioso. En efecto, Moisés murió mirando desde lejos la tierra prometida, sin poder entrar en ella, y su sepulcro no se encontró nunca más (cf. Deut 34,4-6). Por su parte, Elías no murió, sino que fue arrebatado al cielo en un carro de fuego (2Reg 2,10-12) y, en el tiempo de Jesús, se tenía la convicción de que ese profeta debía venir a la tierra antes de que viniera el Cristo, el Ungido prometido por Dios como Salvador. Es lo que discuten los tres discípulos, apenas terminada la experiencia en el monte alto: «¿Por qué dicen los escribas que Elías debe venir primero?» (Mc 9,11).

No nos dice Marcos, de qué conversaban Elías y Moisés con Jesús transfigurado. Lucas lo suple agregando: «Hablaban de su éxodo que Él iba a cumplir en Jerusalén» (Lc 9,31). Pero es probable que hablaran de otra cosa. Ciertamente, estaban diciendo a Jesús que eso que estaban viendo –Jesús en su gloria– era lo ellos anhelaron ver durante toda su vida. Moisés pidió a Dios: «Dejame ver tu gloria» y Dios le respondió que eso era imposible para el ser humano; pero que le permitiría ver su espalda: «Te pondré en una hendidura de la roca y te cubriré con mi mano hasta que yo haya pasado. Luego, apartaré mi mano, para que veas mis espaldas; pero mi rostro no se puede ver» (Ex 33,18.22-23). Por su parte, a Elías le dice Dios: «“Sal y ponte en el monte ante el Señor”. Y he aquí que el Señor pasaba… Al oír Elías el susurro de una brisa suave cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva» (1Reg 19,11.13). Ahora, ante Jesús transfigurado, pudieron ver realizado su anhelo y cumplido todo lo que ellos anunciaron. A esto se refiere Jesús cuando asegura: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Jn 14,9). Es lo que estaban viendo.

El episodio de la Transfiguración está esencialmente vinculado con el episodio anterior de la Confesión de Pedro, cuando él respondió a la pregunta de Jesús sobre su identidad, confesando: «Tú eres el Cristo» (Mc 8,29). «Seis días después…». La verdadera identidad de Jesús la completará el Padre desde esa nube que se formó y los cubrió con su sombra diciendo, a la vista de Jesús en su gloria: «Este es mi Hijo, el Amado. Escúchenlo».

Esa voz es la de Dios. Él declara que tiene un Hijo, que califica como «el Amado». Es claro que Dios no quiere contradecir su primer mandamiento: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es el único Señor» (Deut 6,4). Lo que quiere decir es que Él, el Padre, y su Hijo son el mismo y único Dios. La voz de Dios está declarando la divinidad de Jesús. Pero Él se hizo hombre y tenemos entonces un hombre que es el Hijo de Dios. De esta manera, incorporados a Él, los seres humanos somos adoptados por gracia, por acción de Espíritu de Dios, como hijos de Dios. Con la voz del Padre, la identidad de Jesús está completa: es el Cristo, el Hijo de Dios.

El Hijo de Dios hecho hombre es la Palabra que Dios dirige al mundo. Por eso, la segunda frase de la voz que viene de la nube es una orden: «Escuchenlo». Están presentes Moisés y Elías, que representan a la Ley y los profetas; pero es claro que la orden se refiere sólo a Jesús. Esta orden es una expresión de la plenitud del tiempo, como lo afirma la introducción de la carta a los Hebreos: «Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros Padres por medio de los Profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo» (Heb 1,1-2). Esos discípulos podían escuchar a Jesús, porque convivió con ellos, desde su Bautismo hasta su Ascensión al cielo. Pero ¿cómo podemos escuchar a Jesús nosotros hoy? La voz de Jesús sigue resonando en su Iglesia, sobre todo, cuando es proclamada en la liturgia, tal como Él dijo a sus discípulos: «El que a ustedes escucha, a mí me escucha» (Lc 10,16). Tenemos la garantía de la verdad en la Iglesia, porque ella no puede enseñar más que lo que Dios quiere: «En verdad les digo: todo lo que ustedes aten en la tierra será atado en el cielo (se entiende por Dios) y todo lo que ustedes desaten en la tierra será desatado en el cielo» (Mt 18,18), siempre con el Sucesor de Pedro y bajo él, porque a él se le dijo lo mismo personalmente (cf. Mt 16,19). El tiempo de Cuaresma se nos concede para silenciar otras voces –¡son tantas y tan efímeras en nuestro tiempo!– y escuchar la voz de Cristo.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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