El Evangelio del Domingo 6−B

 

Jesús, extendiendo la mano, lo tocó

En este Domingo VI del tiempo ordinario todavía estamos en el primer capítulo del Evangelio de Marcos. Además de episodios particulares, el evangelista nos ha presentado ya algunos sumarios de la actividad de Jesús: «Después que Juan fue entregado, Jesús se fue a Galilea; y proclamaba el Evangelio de Dios… Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios… Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y expulsando los demonios» (Mc 1,14.34.39). Predicaba, curaba a los enfermos y expulsaba los demonios. Lo hemos visto predicar en la sinagoga de Cafarnaúm, allí mismo expulsar un demonio –un espíritu inmundo– y curar a la suegra de Pedro. ¿En qué categoría entra un leproso y cómo se comporta ante él Jesús? A esto responde el Evangelio de hoy.

Sin más introducción, comienza así: «Y viene a Él un leproso suplicandole y, arrodillandose, le dice: “Si quieres, puedes purificarme”». Según la Ley de Moisés, un leproso, aunque tiene llagas en su cuerpo, no es simplemente un enfermo, como la suegra de Pedro o como los otros enfermos que Jesús curaba. Su tratamiento no es de competencia de un médico, sino de un sacerdote: «El sacerdote examinará la llaga en la piel de su carne… y lo declarará impuro» (Lev 13,3ss). Tiene en común con la enfermedad su afección física evidente; pero difiere de ella en cuanto que ese mal lo hace impuro: «El leproso… irá gritando: “¡Impuro, impuro!”… Es impuro y habitará solo; fuera del campamento tendrá su morada» (Lev 13,45). La suegra de Pedro, en cambio, estaba en su propia casa y así los demás enfermos eran llevados a Jesús por sus familiares. El leproso tiene en común con un endemoniado la condición de impuro, que lo hace inhábil para el contacto con Dios; pero difiere del endemoniado, en cuanto que no rechaza a Dios y todo lo sagrado. En efecto, el leproso se acerca a Jesús por propia iniciativa y no siente ninguna repulsa respecto de Él. Su impureza no consiste en estar poseído por un demonio. ¿Cómo lo tratará Jesús, considerando que la Ley advertía: «En caso de lepra, cuida bien de observar y ejecutar todo lo que les enseñen los sacerdotes levitas, procurarán poner en práctica lo que yo les he mandado» (Deut 24,8)»?

Jesús se encuentra ante un dilema. Por un lado, lo mueve la compasión por ese hombre, que además profesa tal confianza en Él: «Tú puedes purificarme»; pero, por otro lado, es evidente que está en flagrante violación de la Ley, cosa que Jesús no puede aprobar, como si nada. Este dilema se refleja precisamente en la dificultad que encuentra el evangelista para expresar la reacción de Jesús, una dificultad que perdura hasta nuestros días. En efecto, en algunos buenos manuscritos antiguos se lee: «Encolerizado, Jesús extendió la mano y lo tocó…», y en otros, igualmente buenos y antiguos se lee: «Compadecido, Jesús extendió la mano…». Según la crítica textual, la lectura que debe adoptarse como auténtica es la más difícil, es decir, la que tiene más posibilidades de haber sido «mejorada» por un copista sucesivo. En este caso, es muy posible que un copista, habiendo leído «encolerizado», lo haya cambiado por «compadecido», por considerarlo más apropiado a Jesús. Esta supuesta corrección la vemos ya en Mateo y Lucas. Ambos evangelistas, siguiendo a Marcos palabra por palabra en este episodio, sin ponerse de acuerdo, omiten, sin embargo, la reacción de Jesús y escriben: «Extendiendo la mano, lo tocó…» (Mt 8,3; Lc 5,13). Es porque allí leyeron: «Encolerizado».

Podemos afirmar que Jesús manifestó ambas reacciones. No puede dejar de conmoverlo el hecho de que ese leproso, a pesar del mal muy doloroso que sufre –físico y moral, por el alejamiento de su familia y del culto– se somete completamente a la voluntad de Jesús. No le pide que lo purifique, sino que hace una confesión de fe en su poder: «Tú has liberado a endemoniados, has sanado a enfermos; tú puedes purificar de la lepra, si es tu voluntad». Jesús nunca queda indiferente ante una confesión de fe como esa. Su respuesta da la razón al leproso: «Quiero, queda purificado». El efecto demostró que Jesús también tiene poder de sanar de la lepra: «Inmediatamente, lo dejó la lepra y quedó purificado».

Jesús no dejó de manifestar el respeto debido a la Ley, como lo demuestra la severa advertencia que hace al que había sido sanado y purificado de la lepra: «Amonestandolo severamente, lo despidió diciendole: “Mira a nadie digas nada, sino que anda y muestrate al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés como testimonio para ellos”». Deja al sacerdote que declare la purificación, como lo ordenaba la Ley.

«A nadie digas nada». Se refiere a las circunstancias en que fue purificado. El leproso violó la Ley acercandose a Jesús y poniendose al alcance de la mano. Pero, al mismo Jesús, «extendió la mano y lo tocó», demostrando que Él no queda impuro, sino que Él es la fuente de toda pureza. Con su intervención, Jesús lo purifica de la lepra y de la violación de la Ley. Hay, sin embargo, una excepción a esa Ley: no están sujetos a ella, precisamente, los sacerdotes. A ellos corresponde examinar la llaga para decidir si es lepra o no y verificar si ha desaparecido ya. Aunque el Evangelio no suele dar a Jesús el título de «sacerdote», en este caso, Él asume el rol de sacerdote y no sólo acoge al leproso, sino que lo sana de la lepra. Jesús es verdadero sacerdote, pero su sacerdocio no es el sacerdocio judío; Él es, por decreto divino, sacerdote eterno, según el orden de Melquisedec (cf. Sal 110,4; Heb 5,5-6.10). En esta condición puede acoger al leproso y certificar su purificación.

A pesar de la severidad con que Jesús lo amonestó, el hombre, creyendo hacerlo mejor, por exceso de malentendido celo, no le obedeció: «Apenas se fue, se puso a pregonar con entusiasmo y a divulgar la noticia». Creyó hacerlo bien, pero significó un problema para Jesús. A causa de esa conducta, «Jesús ya no podía entrar públicamente en una ciudad, sino que se quedaba afuera, en lugares desiertos». La obediencia es siempre lo mejor; y tiene más mérito ante Dios, cuando de momento no se entiende. Ese hombre, que fue purificado por Jesús, ciertamente estará ahora en el cielo y estará lamentando no haber hecho caso a la advertencia de Jesús y haberlo así complicado en su misión.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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