El Evangelio del Domingo 5−B

Mc 1,29-39

Todos te buscan

Después de lo ocurrido un sábado en la sinagoga de Cafarnaúm, donde Jesús comenzó a enseñar, dejando a todos impactados por la autoridad con que hablaba, y donde liberó a un hombre de la posesión de un espíritu inmundo, el evangelista agrega un breve sumario: «Bien pronto su fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea» (Mc 1,28).

El Evangelio de este Domingo V del tiempo ordinario comienza con una frase que conecta la sinagoga de Cafarnaúm con la casa de Simón y Andrés, y sirve de introducción al episodio siguiente: «Cuando salió Jesús de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés». Hasta aquí, Jesús ha llamado a sus primeros cuatro discípulos, ha comenzado a enseñar y ha liberado a un hombre de la posesión de un demonio. Ahora va a hacer su primera curación.

«La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan sobre ella». No sabemos qué le dicen, pero seguramente fueron palabras para disculparla por no poder servirlos. Como la mayoría de las mujeres, la suegra de Simón era ciertamente una mujer abnegada, que no se dejaba abatir por cualquier malestar. ¡Su fiebre debió ser muy alta! Esperan que Jesús le diga alguna palabra de aliento y de consuelo, como se hace cuando se visita un enfermo. Lo que Jesús hace, en cambio, es inesperado: «Se acercó y, tomandola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirlos». Se relata de la manera más escueta posible, sin anotar reacción alguna de los presentes. Es porque el evangelista escribe para lectores que saben que Jesús se destacó como un taumaturgo, que hizo muchos milagros de curación. Debemos observar, sin embargo, que Jesús no sanó a la suegra de Simón para tener quien los sirva en esa casa, sino exclusivamente por amor, como todo lo que Él hace, es decir, por el bien de ella. La enfermedad es un mal, que, limitando al ser humano, es como un tentáculo de la muerte. Sanando a los enfermos, Jesús revela que Él ha venido a salvar al ser humano del desenlace de la muerte, más aún, de su causa última, que es el pecado, pues, «por el pecado entró la muerte en el mundo» (cf. Rom 5,12).

Si tiene suegra, es claro que Simón es un hombre casado. Pero, nada se dice sobre su esposa, que debería haber actuado como dueña de casa, más aun habiendo recibido tal Visita. La única conclusión posible de ese silencio es que Simón es ya viudo en el momento de su primer encuentro con Jesús. El evangelista no lo dice, porque lo da por sabido. Es una prueba más de que el Evangelio de Marcos recoge la predicación de Pedro –ese mismo Simón– en Roma. Un hombre no puede desarrollar un ministerio público, sin que se deba aclarar de inmediato su relación con la mujer. En este caso, todos sabían que Pedro era viudo. No era necesario repetirlo.

El Evangelio de este domingo tiene una segunda parte que comienza cuando termina el sábado y cesa el estricto precepto del reposo sabático. El Evangelio lo dice de manera redundante: «Al atardecer, a la puesta del sol». En el Israel de ese tiempo, el día termina al ponerse el sol y, entonces, comienza el día siguiente, en este caso, «el primer día de la semana». Para un cristiano este es el «Día del Señor». Es, por tanto, un llamado de atención sobre lo que ocurre en ese día: «Le trajeron todos los enfermos y endemoniados. La ciudad entera estaba agolpada a la puerta». Se insiste en la plenitud: «Todos… la ciudad entera». Es interesante observar que la palabra griega que se traduce por «ciudad» es «polis», de donde procede el término «política», que designa la prosecución del bien de la ciudad y de todos sus habitantes. La esencia de la política es la búsqueda de Jesús, porque en Él se da al ser humano el Bien supremo y total. La antipolítica es excluir a Jesús, peor aún, la aprobación de leyes contrarias a su enseñanza.

Y Jesús se revela como el Bien de esa ciudad: «Jesús curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y expulsó muchos demonios». Antes, el evangelista ha dicho que le trajeron a «todos (pantes) los enfermos y endemoniados»; y ahora dice que Jesús «curó a muchos (polloi) y expulsó a muchos demonios». ¿Quiere decir que no los curó a todos? No. Lo que quiere decir es que los curó a «todos»; y que eran «muchos». En el lenguaje de la Biblia, «muchos» no se opone a «todos»; «muchos» de opone a «pocos». Es lo que ocurre en las importantes palabras de Jesús cuando convirtió el vino en su Sangre en la última cena: «Beban todos de él… mi Sangre, que será derramada por muchos». Ese «todos» eran «pocos» (todos los discípulos presentes en la última cena); en cambio, el «muchos» abraza a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. ¡Son muchos!

El Evangelio de este domingo tiene una última parte, que también tiene relación con «el primer día de la semana» y que contiene una enseñanza de Jesús, no de palabra, sino con su ejemplo: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto y allí oraba». De nuevo el evangelista es redundante en la indicación del momento, de lo que deducimos la importancia que le concede: «De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro». La oración caracteriza toda la vida de Jesús; en efecto, está descrita como algo habitual: «Oraba». Es importante también comprender que la oración es un encuentro «vivo y personal» con Dios (cf. Catecismo N. 2558) y, por tanto, es necesaria la soledad: «Fue e un lugar desierto».

Lo logró sólo en parte: «Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarlo, le dicen: “Todos te buscan”». Este debería ser el objetivo principal de todo ser humano: buscar a Jesús. Esta es la finalidad de la creación del ser humano, como trata de explicar San Pablo en su predicación en el Areópago de Atenas: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él… creó, de un solo principio, todo el linaje humano… con el fin de que buscasen la divinidad, para ver si, a tientas, la buscaban y la hallaban» (Hech 17,24.26.27). Durante toda la historia, en esa búsqueda, el ser humano ha ido «a tientas» y ¡cuánto ha errado! Nosotros ya no vamos «a tientas», porque Dios mismo se nos da en Jesucristo. Tenemos que buscarlo a Él y Él se hace tan cercano a nosotros que se nos da como alimento, de manera que, según su promesa: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Jn 6,56).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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