Tiempo Ordinario, Domingo 4B

Mc 1,21-28

Eres el Santo de Dios

Después de que Jesús llamó a sus primeros cuatro seguidores, el Evangelio de Marcos continúa: «Y entran en Cafarnaúm». Es la continuación lógica, pues esa ciudad estaba a orillas del Mar de Galilea y fue, «bordeando el Mar de Galilea», cuando Jesús vio a esos primeros cuatro discípulos –«pues eran pescadores»–, los llamó y ellos inmediatamente, dejandolo todo, lo siguieron (cf. Mc 1,16-20). Pero Jesús era originario de Nazaret, donde se había criado, un pueblo que dista de Cafarnaúm 45 km aprox. ¿Qué hacía, entonces, a orillas del Mar de Galilea, cerca de Cafarnaúm? Todo lleva a pensar que la elección de esos pescadores ya estaba hecha y que Jesús fue hasta allá en busca de ellos. La vocación de esos cuatro es el primer episodio narrado por Marcos, cuando Jesús regresó a Galilea, después del Bautismo de Juan y de su permanencia en el desierto cuarenta días «tentado por Satanás» (Mc 1,13).

El verbo en plural ya no se repite. En lo que sigue todo se concentra en Jesús: «Al llegar el sábado entró en la sinagoga y se puso a enseñar». Es el comienzo de la actividad que iba a caracterizar la vida pública de Jesús hasta el punto de que el título que más frecuentemente se le da es el de «Maestro» (Didáscalos). Es el título que Él se da a sí mismo: «Vayan a la ciudad… digan al dueño de la casa: “El Maestro dice: ¿Dónde está mi sala, donde coma la Pascua con mis discípulos?”» (Mc 14,13.14).

En el Evangelio de este domingo se insiste en lo que caracteriza esa enseñanza, lo que hace que sea algo nuevo, algo jamás oído: «Quedaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas… se preguntaban unos a otros: “¿Qué es esto? ¡Una enseñanza nueva, expuesta con autoridad!”». En este episodio el evangelista no nos informa sobre el contenido de esa enseñanza –al menos, no lo hace directamente–, sino sobre su «autoridad». ¿En qué consiste la autoridad de Jesús, que hace de su modo de enseñar algo tan nuevo y distinto de todo lo conocido hasta entonces? Tal vez un ejemplo nos permita comprenderlo. Si un grupo de profesores de literatura se reúnen a discutir sobre la obra clásica de Miguel de Cervantes, «Don Quijote de la Mancha», y sobre las ideas principales que movieron al autor de esa obra, lo podrán hacer con mucha erudición; pero, si aparece el mismo Miguel de Cervantes, toda duda se disipa; él dice con plena autoridad lo que para los otros es motivo de interpretación, pues se trata de su propia obra. Esa es la relación que tiene Jesús con la Palabra de Dios, que se leía en esa sinagoga de Cafarnaúm cada sábado. Él es la Palabra de Dios encarnada; es el autor de toda la Escritura y el contenido de ella. Lo dice Él mismo, cuando en cierta ocasión, le oponen lo dicho por Moisés, supuestamente la máxima autoridad del judaísmo: «Si ustedes creyeran a Moisés, me creerían a mí, porque él escribió sobre mí» (Jn 5,46). Y, obviamente, Jesús sabe más sobre sí mismo que Moisés. En esto consiste la autoridad con que enseñaba Jesús, que esos hombres en la sinagoga de Cafarnaúm experimentaban, pero no sabían aún explicar.

Decíamos que Marcos no nos informa sobre el contenido de lo enseñado por Jesús en esa sinagoga de Cafarnaúm, cuando comenzó a enseñar. Pero lo dice indirectamente, por medio del relato de lo ocurrido allí: «Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un espíritu inmundo, que se puso a gritar». ¿Por qué ese hombre se puso a gritar precisamente en ese momento y no lo había hecho nunca antes? Lo «inmundo» en el lenguaje bíblico es lo que está afectado por una condición que lo hace inepto para la cercanía con Dios. Quien está inmundo no puede participar en el culto, mientras no se purifique. El espíritu que poseía a ese hombre se reveló como inmundo en la cercanía con Jesús, al percibir quién es Él: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres tú: el Santo de Dios».

Dos preguntas hace ese espíritu. A la primera pregunta, responde el mismo espíritu inmundo: ellos –en plural– no tienen nada que ver con Jesús, porque, como ellos bien lo saben y lo dicen, Jesús es «el Santo de Dios». Él es el único que cumple plenamente el precepto de Dios dado al ser humano: «Ustedes sean santos, como Yo soy santo» (Lev 11,45; 19,2). Si Jesús no fuera verdadero Dios, no podría ser santo como es santo Dios; pero, si no fuera verdadero hombre, ese precepto de Dios dado al ser humano no tendría posibilidad de ser cumplido. ¡Ese precepto lo cumple Jesús y su Iglesia! Así lo confesamos: «Creo en la Iglesia una, santa…». No lo puede cumplir otro ser humano sino en Cristo.

A la segunda pregunta del espíritu inmundo: «¿Has venido a destruirnos?», responde Jesús afirmativamente con su orden: «Callate y sal de él» y con su efecto: «El espíritu inmundo… salió de él». Jesús, entonces, es quien ha venido a destruir los espíritus inmundos, los espíritus contrarios a Dios. Jesús ha venido a liberar al mundo de la esclavitud de esos espíritus, según la sentencia dada por Dios a la antigua serpiente, que arruinó la obra más querida por Dios: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya; ésta te pisoteará la cabeza…» (Gen 3,15). Esa descendencia de la mujer, que vence a la serpiente, es Jesús y toda la Iglesia que es su Cuerpo, cuyo máximo exponente es precisamente la Madre de Jesús. Para destacar esa verdad, enseñada por Jesús con autoridad en esa sinagoga de Cafarnaúm, la Iglesia ha establecido recientemente (Decreto de fecha 11 de febrero de 2018) la fiesta de la Virgen María, Madre de la Iglesia, ubicandola el lunes siguiente al Domingo de Pentecostés. La descendencia de la Mujer que vence a la serpiente es la Iglesia, cuya Cabeza es Cristo y cuyos miembros somos su Cuerpo. Para expresar esto algunos Padres de la Iglesia dan a María el título: «Madre del Cristo total».

Ahora comprendemos por qué Marcos en su Evangelio ubica este episodio como el primero en la actividad de Jesús. Es un episodio programático, que será desarrollado en todo el Evangelio.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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