Bautismo de Jesús B

Mc 1,7-11

En ti me complazco

La Solemnidad del Bautismo del Señor, que celebra la Iglesia este domingo, es la conclusión del tiempo litúrgico de Navidad. Pero todos consideran ese hecho de la vida de Jesús como el comienzo de su ministerio público, después de treinta años de vida oculta en Nazaret. Por eso, esta Solemnidad es también el comienzo del tiempo litúrgico Ordinario. Aunque no recibe este nombre, corresponde al «Domingo I del tiempo ordinario». En los años múltiplos de tres + dos, que es el caso de este año 2021 (2019 + 2), se leen las lecturas del ciclo B, que se caracteriza por la lectura del Evangelio según San Marcos.

El evangelista abre su Evangelio con la presentación de Juan el Bautista, precisamente porque quiere comenzar con el Bautismo de Jesús. Lo presenta como el precursor del Señor anunciado por el profeta Isaías: «Como está escrito en el profeta Isaías (“Mando mi mensajero delante de ti que abrirá tu camino, voz del que clama en el desierto: ‘Preparen el camino del Señor, hagan rectas sus sendas’”), aconteció Juan el Bautista en el desierto, predicando un bautismo de conversión para perdón de los pecados». El vasto movimiento producido por Juan –«acudía a él gente de toda la región de Judea y todos los de Jerusalén, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados»– responde a ese anuncio profético y era señal de que la venida de «el que tenía que venir» (cf. Lc 7,20) estaba próxima. La misión de Juan consistió en preparar a los que debían ser sus discípulos.

Lo que más caracteriza a Juan es la fidelidad a su misión de preparar el camino y, luego, eclipsarse ante el que tenía que transitar por él. Ante sus propios seguidores y discípulos Juan aclaraba: «Detrás de mí viene el que es más fuerte que yo, ante quien no soy digno, inclinándome, de desatar la correa de sus sandalias». El núcleo de su predicación lo expresaba así: «Yo los bautizo a ustedes con agua; pero Él los bautizará con Espíritu Santo». Juan enseñaba que Aquel cuya venida él preparaba poseía el Espíritu Santo –el Espíritu del Señor– y lo comunicaría a quienes Él bautizara. Lo que Juan no sabe es que Aquel vendría a él en la fila de los que recibían su bautismo.

«Aconteció que en aquellos días vino Jesús de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán». Si hubiera sabido Juan quién era el que recibía su bautismo en ese momento se habría negado a bautizarlo. El que bautiza con pura agua, como mero signo de una purificación, no puede bautizar al que bautiza con Espíritu Santo, y concede la gracia de ser hijo de Dios. En efecto, el evangelista Mateo, cuando reporta el hecho, pone en boca del Bautista esa objeción: «¡Soy yo el que necesita ser bautizado por ti!, ¿y vienes tú a mí?» (Mt 3,14).

Tanto Lucas como Mateo ponen al comienzo de sus respectivos Evangelios un episodio de «epifanía» (manifestación) de Jesús. En Lucas es un ángel que lo manifiesta a los pastores de la comarca y en Mateo es una estrella que lo manifiesta a los magos de Oriente. El Bautismo de Jesús en el Jordán es la «epifanía» de Jesús en el Evangelio de Marcos. Hasta aquí Jesús era desconocido; pero ahora es manifestado al mismo Juan, que lo había recibido a su bautismo, como a uno de tantos: «Subiendo del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu como una paloma bajaba sobre Él. Y vino de los cielos una voz: “Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco”».

Es la revelación de la Trinidad. La voz de los cielos es la voz de Dios. Él declara a Jesús su Hijo amado, en el momento en que baja sobre Él el Espíritu Santo. Están presentes el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Una de estas tres Personas divinas es también verdadero hombre, Jesús. Juan tiene razón: el Bautismo inaugurado por Jesús, al cual da eficacia su muerte en la cruz, es verdadero bautismo, es decir, baño con agua, pero se hace «en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» y concede el Espíritu Santo, que lo configura con Jesús, de manera que Dios declara sobre quien recibe ese baño: «Tú eres mi hijo». ¡Y queda hecho!

La revelación de que Dios es nuestro Padre y que nosotros somos verdaderamente hijos de Dios es el centro de la predicación de Jesús. Esto no sólo lo enseñó continuamente, sino que lo obtuvo para nosotros, como lo expresa San Pablo: «Dios envió a su Hijo… para que recibiéramos la filiación adoptiva… y envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: “¡Abbá, Padre!”. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios» (Gal 4,4.5.6-7).

Toda nuestra vida cristiana consiste en vivir nuestra condición de hijos de Dios, y esto se hace contemplando a Jesús e imitando sus virtudes, con la fuerza que se recibe de la unión estrecha con Él en la Eucaristía: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él» (Jn 6,56). Es la radiante perspectiva que se nos ofrece domingo a domingo y que nunca debemos desaprovechar. Se tiene que cumplir en nosotros también eso otro que declara la voz del Padre: «En ti me complazco».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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