Tiempo Ordinario, Domingo 30A

Mt 22,34-40

El amor es de Dios

En el Evangelio de este Domingo XXX del tiempo ordinario leemos otra de las preguntas, supuestamente difíciles, que hacen a Jesús sus opositores con la intención de hacerlo caer en error. En este caso, se trata de la pregunta acerca del mandamiento mayor de la Ley. Al leer este episodio al lector asalta inmediatamente una dificultad. En efecto, si se trata de hacer caer a Jesús en error, el modo no es hacerle una pregunta tan fácil, que hasta un niño habría podido responder bien. Una buena pregunta para obtener el objetivo es la que leíamos el domingo pasado: «¿Es lícito pagar el tributo al César?» (Mt 22,17); o la que hacen a Jesús, a continuación, los saduceos para reducir al absurdo su enseñanza sobre la resurrección de la carne: Una mujer que en esta tierra tuvo siete maridos y con ninguno de ellos tuvo hijos, ¿de cuál de ellos será la esposa, en la resurrección? (cf. Mt 22,23-32)

Después de que Jesús, citando la misma Ley (Ex 3,6), respondió a los saduceos, el evangelista continúa: «Los fariseos, cuando oyeron que había silenciado a los saduceos, se reunieron en grupo, y uno de ellos (legista) le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento mayor de la Ley?”». Como dijimos, esta es una pregunta que hasta un niño habría sabido responder; ¡cuanto más uno a quien reconocen, aunque sea hipócritamente, como «maestro»! Para  entender en qué consiste la prueba, aplicaremos una de las normas que indica la Constitución «Dei Verbum» al intérprete de la Sagrada Escritura: «Puesto que Dios habló en la Sagrada Escritura por medio de hombres con el modo de hablar de los hom¬bres, para que el intérprete de las Sagradas Escritu¬ras comprenda lo que Dios quiso comunicarnos, debe investi-gar atentamente lo que los hagiógrafos inten¬taban significar y lo que Dios quería manifestar con las palabras de ellos» (DV 12,1). Tenemos que preguntar a Mateo (que es el hagiógrafo: escritor sagrado), por qué considera él que esta era una pregunta que podía servir para poner a prueba a Jesús.

El evangelista ha mostrado a Jesús rodeado de gran popularidad en su entrada a Jerusalén: «La gente que iba delante y detrás de Él gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en Nombre del Señor!” … “Este es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”» (Mt 21,9.11). Más adelante, cuando empiezan las dificultades con las autoridades, nos informa: «(Los sumos sacerdotes y los fariseos) trataban de detenerlo, pero temían a la gente, porque lo tenían por un profeta» (Mt 21,46). Está excluida la fuerza; el único modo de detenerlo, entonces, es hacerlo caer en error para que la gente, defraudada, lo abandone. Este es el sentido de las pruebas que le ponen.

Debemos deducir, entonces, que, al hacer a Jesús esa pregunta, los fariseos esperaban que Jesús respondiera algo distinto que lo que todo judío recitaba diariamente, el «Shemah»: «Escucha… Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón…». ¿Qué esperaban que respondiera? Debemos examinar aquello en lo que Él insistía en su enseñanza. Cuando alguien le pregunta qué debe hacer para heredar la vida eterna, Jesús responde según lo esperado: «Cumple los mandamientos». Pero, cuando aquél le pregunta: «¿Cuáles?», Jesús le indica solamente los mandamientos que se refieren al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre». Mateo agrega a esta lista otro, que no está en su fuente, que es Marcos, pero que nos revela lo que «él intenta significar»: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,18-19). Esto es lo que Jesús enseñaba. A esto se agrega lo que leemos en Juan: «Les doy un mandamiento nuevo: que se amen los unos a los otros… Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como Yo los he amado» (Jn 13,34; 15,12). Esto es lo que esperaban que Jesús respondiera y, entonces, lo habrían acusado de «secularizado», ¡al mismo Hijo de Dios!

Jesús responde: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento». ¿Está retractando su enseñanza? No. Ahora la reafirma, dandole a otro mandamiento el mismo nivel: «El segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». Lo que Jesús enseña, entonces, es que estos dos mandamientos son inseparables; no se puede observar uno sin el otro. Pasó la prueba bien. Pero no pierde la ocasión de reafirmar su enseñanza de que el amor es uno solo, que el mismo amor se vuelve a Dios y al prójimo, no pueden separarse.

La pregunta era sobre el más grande mandamiento «de la Ley». Es claro que el Shemah está en la Ley, en Deut 6,4-5. Pero, el segundo, en realidad, está en la Ley; pero, si Jesús no lo rescata, nadie se habría acordado de él. Se encuentra perdido en Lev 19,18. Y no se repite más. Por eso, es sorprendente lo que Jesús agrega: «De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los profetas». Todo el Antiguo Testamento depende también de ese segundo mandamiento. Pero es claro que esto no se había entendido antes de Cristo. Era necesario que viniera Jesús para que se entendiera esa clave de lectura de todo el AT. Así se cumple al aforismo: «Vetus Testamentum in Novo patet» (El Antiguo Testamento se abre en el Nuevo). Con mayor fuerza lo expresa San Pablo: «Hasta hoy, cuando se lee a Moisés (la Ley), un velo está puesto sobre sus corazones; pero cuando uno se convierte al Señor, se quita el velo» (2Cor 3,15-16). Así se entiende también la sentencia de Jesús: «No he venido a abolir la Ley y los profetas; he venido a darles cumplimiento» (Mt 5,17). Antes de Cristo no se conocía el amor al prójimo: «En esto hemos conocido el amor: en que Él dio su vida por nosotros» (1Jn 3,16).

Es importante detenernos a analizar un aspecto del contenido del primer mandamiento. En Deut 6,5 decía: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza». Tres medios: corazón, alma y fuerza. En la formulación de Jesús se indican también tres medios, pero Él modifica uno: corazón, alma y mente. En los otros dos Sinópticos –Marcos y Lucas– se agrega un cuarto medio: «Con toda tu mente». ¿Por qué es necesario este medio? Para un judío el corazón es la sede de la voluntad y de la inteligencia; un judío del AT amaba y conocía con el corazón. Cuando el Evangelio enfrentó el mundo griego, fue necesario desdoblar ambas facultades en corazón y mente. Hay que amar a Dios con toda nuestra inteligencia. Pero, ¿por qué no conservó Mateo: «Con toda tu fuerza», aunque tuviera que agregar un cuarto medio? Ciertamente, lo hizo para enseñar que el amor, del cual se trata aquí, es un don de Dios y no resultado del esfuerzo humano. Por mucho que se esfuerce el ser humano no puede amar a Dios y al prójimo, si Dios no infunde en su corazón el amor. Son unánimes en esto San Pablo y San Juan y todos los santos: «El amor de Dios ha sido infundido en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5); «Queridos, amemonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios» (1Jn 4,7); «Que Cristo habite por la fe en los corazones de ustedes… para que puedan conocer con todos los santos… el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento» (cf. Ef 3,17-19).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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