Mt 10,37–42

El que los recibe a ustedes, me recibe a mí

Leemos en el Evangelio de este Domingo XIII del tiempo ordinario la conclusión del Discurso Apostólico en el cual Jesús da instrucciones a sus discípulos para la misión a la que los envía. Por ser la conclusión, esta es ciertamente la parte más importante del discurso, la instrucción esencial de la cual todo lo demás depende. En efecto, se trata de la condición que hace posible la misión.

Comenzaremos por una afirmación de Jesús que se refiere a la aceptación de sus enviados por parte de los destinatarios, quienes, en esta primera misión son «las ovejas perdidas de la casa de Israel», pero que en la misión definitiva serán todas las naciones, incluidos, por tanto, cada uno de nosotros: «Quien a ustedes recibe, a mí me recibe, y quien me recibe a mí, recibe a Aquel que me ha enviado». Es un silogismo perfecto cuya conclusión es tan evidente, que Jesús la deja a nosotros: ¡Quien a ustedes recibe, recibe a Aquel que me ha enviado, a Dios mismo! Para recibir a Jesús y a Dios, a ellos dos, que son el mismo y único Dios, es necesario recibir a sus enviados, a sus apóstoles. Esas palabras de Jesús no tienen otra interpretación posible. La pregunta obvia es, entonces, cuál tiene que ser el perfil de un apóstol para que, acogiendolo a él, se produzca ese asombroso efecto, que supera todo lo imaginable.

¿Qué condición tiene que cumplir un apóstol? La tomamos de las palabras de Jesús: el apóstol tiene que ser «digno de Jesús». Esto significa que, no sólo transmite un mensaje de Jesús, como es el caso de todo enviado, sino que es un Sacramento de Jesús, es decir, hace presente a Jesús, hasta tal punto, que, recibiendolo a él, es a Jesús mismo a quien se recibe. ¿Cómo puede Jesús confiarse hasta ese punto en un ser humano? Afortunadamente, tenemos la respuesta a esa pregunta, porque la da Jesús mismo.

«El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y sigue tras de mí, no es digno de mí». El padre y la madre, el hijo y la hija –Lucas agrega también la esposa y los hermanos y hermanas (Lc 14,26)– son los seres más queridos de cada uno de nosotros en este mundo. Y así lo entiende Jesús, porque Él es uno de nosotros, «el Primogénito entre muchos hermanos» (Rom 8,29). Jesús no quiere desvalorizar el amor a nuestros seres queridos; al contrario, reconoce que es el más grande que cada uno tiene en este mundo y ¡debe seguir siendo así! Lo que Jesús afirma es que el amor hacia Él debe ser superior, de modo que nada se anteponga. Esta es la condición esencial de su enviado.

Queda por explicar qué entiende Jesús por la condición: «Tomar la propia cruz y seguir tras de mí». La cruz, en el tiempo de Jesús, era un instrumento de tortura y, además, de ignominia, usado con los condenados a muerte de condición despreciable. Si un ciudadano romano era condenado a la pena de muerte, no podía ser crucificado. Este suplicio se reservaba a los esclavos y a los pueblos sometidos por Roma. Era el caso de Jesús. Debe ser el caso de su enviado. «Seguir tras Jesús con la cruz» significa seguirlo hasta morir en ella por causa suya. El evangelista Lucas interpreta bien esta condición: «El que no odia hasta su propia vida, no puede ser discípulo mío» (Lc 14,26).

Empezando por los Doce, excepto uno, la Iglesia ha tenido en su historia muchos apóstoles que han cumplido esa condición indicada por Jesús. Muchos hay también en nuestro tiempo. Uno de ellos ha sido el Papa San Juan Pablo II. Todos los que hemos tenido la alegría de conocerlo podemos dar testimonio de que su presencia era la presencia de Jesucristo.

La condición indicada por Jesús se cumplió, sobre todo, en los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo. En el caso de Pedro, Jesús mismo examina su amor, repitiendole tres veces la pregunta: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estas cosas?» (Jn 21,15.16.17). El pronombre personal que es objeto de la comparación está en griego en el caso genitivo plural, que en esa lengua tiene la misma forma en masculino, femenino y neutro. Puede, por tanto, significar «éstos», entendidos los demás apóstoles, y también «estas cosas», entendido todo: el padre, la madre, la pesca, a la cual Pedro había retornado, todo en este mundo, incluso la propia vida. Sobre la base de su respuesta afirmativa, Jesús le encomienda la misión de ser el pastor, el mismo Pastor que es Jesús: «Apacienta mis ovejas». Cumplió Pedro la condición de tomar su cruz y morir en ella. Según la tradición, murió crucificado, pero con la cabeza para abajo.

Por su parte, Pablo afirma que, por seguir a Jesús, dejó todo: «Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo» (Fil 3,8). Y tomó su cruz hasta el extremo de afirmar: «Estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo; vive en mí Cristo» (Gal 2,19-20).

En vida de Jesús llegaron algunos judíos de la diáspora a decir al apóstol Felipe: «Queremos ver a Jesús» (Jn 12,21). Es lo que el mundo anhela, aunque no lo sepa; anhela no sólo «ver a Jesús», sino tenerlo con nosotros. Debemos orar siempre para que también en nuestro tiempo surjan esos apóstoles que cumplen la condición indicada por Jesús y lo hagan presente a Él y a su Padre en medio de nosotros.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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