Por Juan Antonio Montes Varas

Director Acción Familia

Últimamente han salido muchos comentarios y artículos sobre el gusto por pensar. En realidad, en un mundo cada vez más automatizado y mecánico, donde todas nuestras acciones son programadas por un celular o por un computador, cada vez el pensamiento tiene menos espacio en la vida de todos los días.

Sin embargo, lo que nos distingue de todos los otros seres creados es nuestra facultad de pensar. Por ella podemos entender las cosas, conocer sus atributos, establecer una escala de jerarquías, juzgar a propósito de ellas, aceptar unas y rechazar otras.

Sólo los seres pensantes -valga la redundancia- son capaces de pensar. Pero para gustar de pensar se necesitan algunas condiciones previas.

Veamos por ejemplo cómo y cuándo el niño es capaz de pensar. Se dice que el niño comienza a tener “uso de razón”, o sea comienza a pensar, más o menos desde los 4 años.

¿Pero, qué ocurre en el niño a partir de esa edad para que se diga que él comienza a tener uso de razón?

Es que el niño a partir de esa edad comienza a observar el mundo que lo rodea y hacerse preguntas: “mamá ¿Por qué llueve? ¿Por qué la vecina no sale nunca? ¿De dónde cae la nieve? ¿Por qué el cielo es azul? ¿Cómo vuelan los pájaros? ¿Por qué el sol no se moja cuando se pone en el mar? Y mil otras preguntas que son fruto de la observación y de la curiosidad por saber.

Junto con observar, el niño va seleccionando las cosas. Habrá unas que le gustan más; otras que no le gustan nada y otras con las cuales él es indiferente. Esta selección obedece a una matriz que Dios pone en el interior de todas las almas, el gusto por la belleza.

Recientemente, una universidad norteamericana realizó un experimento con niños aún sin uso de razón, de menos de un año. Se puso delante de ellas escenas donde un monito le pegaba a otro con fuerza y otra escena en que otro monito ayudaba al golpeado. Después se les pasaba a los niños los monitos para ver cuál era el que más les gustaba. La casi totalidad de ellos escogía al monito que había ayudado al golpeado.

La investigación científica demostró que, incluso antes del uso de la razón, ya existe germinativamente en todos los seres humanos un gusto por lo bueno y por lo bello y ese gusto debe ir creciendo en la medida que se va desarrollando nuestro intelecto y nuestro sentido moral de bien y belleza.

El Profesor Plinio Corrêa de Oliveira explicó magistralmente esta relación entre el niño aún inocente y la búsqueda de la belleza a lo largo de toda la vida, respondiendo a la siguiente objeción:

« ¡Espíritu inocente!». Esta expresión a menudo produce un movimiento de censura: «¡Eres ingenuo!». «¡Un espíritu infantil!». « ¡Un hombre fuera de la realidad!».

El Profesor Plinio respondía a esta objeción diciendo que

“- No necesariamente. El verdadero espíritu inocente no es así.

“La inocencia no es un privilegio de la infancia y puede durar hasta el final de la vida. Pues todos los hombres tienen, en las profundidades del espíritu, el patrón, los modelos ideales de todas las cosas. Y, si no cometieron infidelidades revolucionarias, contra el orden establecido por Dios en la Creación, pueden encontrar estos modelos ideales en sí mismos. Hecho esto, no es tan difícil lograr la armonía interna del alma que caracteriza la inocencia.

“A medida que el hombre se convierte en adulto, ‘comienza a pensar en su biografía, lo que quiere, lo que sucederá, lo que será. Este nuevo horizonte le da una idea arquitectónica de sí mismo y del tiempo que pasará delante de sí. Este hecho tiende a disociarlo de las aves y mariposas con las que soñaba en su infancia.

“La inocencia, en el sentido específico adoptado aquí, no consiste solo en no fallar, como ya se ha dicho, sino en un orden interno del espíritu: armonioso, tranquilo, lleno de idealismo.

“Entonces surge una pregunta: ¿qué relación hay entre este orden interno de una persona que mantiene su inocencia y la visión externa de las cosas? ¿Qué relación hay entre esta visión y la felicidad? Porque está claro que el orden interno influye necesariamente en la visión externa, y viceversa.

“A través de un juego de afinidades, el inocente busca fuera de sí mismo lo que coincide con su estado interno. Por lo tanto, buscará lo bueno, lo verdadero y lo bello.

“Y tiene, en relación con lo malo y lo feo, un rechazo instintivo, simétrico a la atracción que siente por lo bueno, por la verdad y por la belleza. Y, por ese lado, puede ser un crítico severo, mostrando signos de ingenio.

“Por lo tanto, el espíritu verdaderamente inocente no es ingenuo y no se deja llevar por las apariencias. Las sirenas de alarma de su alma son sensibles y se disparan con facilidad. Si alguien tiene verdadera inocencia, no será fácil engañarlo.

“Vale la pena presentar una comparación: el hombre sano, dentro de su salud, comprende el estado de la enfermedad mejor que el enfermo; y así como no es necesario enfermarse para aprender a evitar la enfermedad, tampoco es necesario perder la inocencia para no ser ingenuo. “Del mismo modo, un hombre muy recto entiende la deshonestidad mejor que uno que es semi deshonesto; y el inocente entiende el mal mejor que el que no es inocente.

“El espíritu admirativo puede tener una gran perspicacia, pero para eso es necesario “ser absolutamente claro, dorado y recto”.

Hasta aquí el elogio y la relación que el Profesor Plinio Corrêa de Oliveira daba entre la inocencia y el amor a la belleza.

Pero volvamos a nuestra consideración anterior y muy relacionada con el amor a la belleza. El gusto de pensar.

Quizá mucho del abandono por el gusto de pensar tiene su raíz precisamente aquí. Las personas que abandonaron el gusto desinteresado por el bien, por la belleza y por lo bondad, prefieren dejar de pensar sobre esas cosas.

Ellos no perciben que dejando de pensar, el hombre se va haciendo cada vez más similar a los seres no pensantes, es decir a los animales que se mueven sólo por sus instintos, y así, se van pareciendo cada vez menos al Dios que nos creó “a Su imagen y semejanza”.

¿No habría aquí una razón por la cual cada vez más se valoriza a los animales, al punto que crece el número de los veganos por todos lados, y se considera enteramente banal matar a un niño no nacido?

Quizá sea un buen tema para pensar…

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