domingo , abril 5 2020

El Evangelio de Hoy Domingo 22 marzo 2020

Jn 9,1-41

«Creo, Señor», y se postró ante Él

El Evangelio de este Domingo IV de Cuaresma nos relata la curación de un ciego de nacimiento por parte de Jesús. El milagro es definido como un «signo» y esto nos ofrece la clave para entender lo que el autor intenta con este relato, como lo declara en la conclusión de su Evangelio: «Jesús realizó en presencia de los discípulos otros muchos signos que no están escritos en este libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su Nombre» (Jn 20,30-31).

Jesús tenía la difícil misión de revelar al mundo su identidad, porque, de la fe en Él como Cristo e Hijo de Dios, depende que los seres humanos tengamos vida, se entiende, Vida eterna. Para este fin usó su Palabra y sus signos. La curación del ciego de nacimiento se presenta en el Evangelio de Juan como continuación de una encendida discusión con los judíos, que comienza con esta declaración de Jesús, precisamente sobre su identidad: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la tiniebla, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12). Y concluye con esta afirmación: «En verdad, en verdad les digo: antes de que Abraham existiera, Yo Soy» (Jn 8,58). Dos sentencias en que Jesús usa la fórmula: «Yo Soy»; una con un atributo, «la luz del mundo», que ningún ser humano se puede atribuir; la otra, absoluta, «Yo Soy», que es el Nombre con que Dios se reveló a Moisés. Cuando Moisés le pregunta, cuál es su Nombre, es decir, de parte de quién tiene que hablar a los israelitas, responde: «Así dirás a los israelitas: “YO SOY me ha enviado a ustedes”» (Ex 3,14). Abraham es muy anterior a Moisés y Jesús es anterior aún: «Antes de que Abraham existiera, Yo Soy». Atribuyendose ese mismo Nombre, Jesús reivindica su unicidad con quien se reveló a Moisés. Por eso, la reacción de los judíos es esta: «Tomaron piedras para tirárselas; pero Jesús se ocultó y salió del Templo» (Jn 8,59).

«Al pasar, Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento». Jesús realizará un signo que consistirá en dar la vista a ese hombre, es decir, ser la luz para él. Antes de hacerlo, dice: «Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo». Ese adverbio de tiempo «mientras», sigue vigente y seguirá hasta el fin, según su promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los siglos» (Mt 28,20).

Sin que el ciego dijera algo o hiciera algo, Jesús «escupió en tierra, hizo barro con la saliva, y untó con el barro los ojos del ciego; y le dijo: “Anda, lavate en la piscina de Siloé (que quiere decir Enviado)”. Él fue, se lavó y volvió viendo». ¿Por qué Jesús no le dio la vista simplemente ordenandolo y, en cambio, tuvo que hacer esas acciones? Porque, como hemos dicho, se trata de un lenguaje simbólico. El episodio servía a los cristianos como una catequesis bautismal, porque, dado que el ciego tiene barro en los ojos, para que pueda ver la luz, necesita lavarse. Y es lo que hizo. Los primeros cristianos llamaban al Bautismo cristiano «iluminación» y en la catequesis era necesario relacionar ese nombre con un baño con agua, signo esencial del Bautismo. Así se explica también la insistencia en que la condición del ciego era «de nacimiento». Jesús relacionó ambas cosas –baño y luz– en este signo. Y se insiste en esta relación, en la respuesta que da el hombre a quienes le preguntan cómo es que, habiendo nacido ciego, ahora ve: «Ese hombre que se llama Jesús, hizo barro, me untó los ojos y me dijo: “Anda a Siloé y lavate”. Yo fui y, habiendome lavado, vi». El hombre lo repite otra vez ante los fariseos: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo».

Los fariseos cambian de tema y centran sobre la identidad de Jesús: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado». Pero había disensión entre ellos, porque otros fariseos decían: «¿Cómo puede un pecador realizar semejantes signos?». Entre todos los presentes el que más sabe sobre Jesús es el que había sido ciego. Le preguntan a él su opinión sobre Jesús y responde: «Es un profeta». Claramente, entonces, viene de Dios. Confirma lo que responden a Jesús los Doce, cuando les pregunta: «¿Quién dice la gente que soy yo?» (Mc 8,27-20).

Llaman a los padres del que había sido ciego y ellos declaran: «Nosotros sabemos que este es nuestro hijo y que nació ciego». Pero no quieren comprometerse a más por temor a ser expulsados de la sinagoga. El ciego, en cambio, confirma su opinión sobre Jesús, considerando que le ha dado la luz: «Si éste no viniera de Dios, no podría hacer nada». Entonces, se cumplió lo decretado por los fariseos: «Lo echaron fuera», fuera de la sinagoga. Acto seguido, va a ser acogido por Jesús: «Jesús se enteró de que le habían echado fuera y, encontrándose con él, le dijo: “¿Crees tú en el Hijo del hombre?”». Resuena aquí otro elemento del rito bautismal: «¿Crees…?». Cuando Jesús se manifiesta a su vista, él responde: «“Creo, Señor”. Y se postró ante Él». Su confesión fue acompañada por el acto de adoración. El abandono de la sinagoga y la acogida entre los que creen en Cristo es otra acentuación del Bautismo cristiano. Ambos términos en griego –sinagoghé y ekklesía– traducen en la versión griega del Antiguo Testamento la misma expresión hebrea: «asamblea del Señor». Los discípulos de Cristo se apropiaron la palabra «ekklesía, Iglesia» y dejaron a los judíos el término «sinagoghé».

El signo del don de la vista al ciego fue una iluminación por medio del baño con agua acompañada por la profesión de fe en Cristo. Debe tener en nosotros el efecto intentado por el evangelista: que nosotros creamos que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y que creyendo tengamos, en Él, vida eterna. Por eso, este Evangelio se ha usado desde los primeros siglos cristianos para la celebración del segundo escrutinio de los catecúmenos, en su camino a los Sacramentos de la iniciación cristiana, que recibirán en la Vigilia Pascual. Cuando se escribieron los Evangelios no se distinguían tres Sacramentos –Bautismo, Confirmación y Eucaristía–, sino que era una sola celebración en que el catecúmeno era acogido en la Iglesia por el Bautismo, recibía el don del Espíritu Santo por la unción con el crisma y participaba en el banquete eucarístico, recibiendo el Cuerpo y la Sangre de Cristo. También ahora debe ser una sola celebración en que el catecúmeno recibe los tres Sacramentos de la iniciación cristiana y queda iluminado por Cristo e incorporado a su Iglesia.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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