Mt 5,38-48

El amor es de Dios

En este Domingo VII del tiempo ordinario seguimos leyendo el Sermón de la Montaña. Jesús comenzó esta parte del Sermón declarando que Él había venido no para abolir la Ley, sino para llevarla a plenitud. Hasta ahora lo ha hecho con tres de los mandamientos del Decálogo: «No matarás»; «No cometerás adulterio» y «No perjurarás», que corresponden a los mandamientos 5º, 6º y 8º. En lo que sigue del Sermón tomará normas que se refieren, más bien, a procedimientos judiciales.

«Ustedes han oído que se dijo: “Ojo por ojo y diente por diente”». En su formulación más completa el precepto decía: «Si alguno causa una lesión a su prójimo, como él hizo así se le hará: fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; se le hará la misma lesión que él haya causado a otro» (Lev 24,19-20). Es la llamada «ley del talión». La palabra latina «talio» proviene del término «talis» (tal): «Tal hizo, tal se le hará». Esa norma, que a nosotros nos parece la máxima expresión de la barbarie, está, sin embargo, dirigida a limitar la excesiva venganza: el castigo impuesto al agresor no puede superar el daño causado por él. La Biblia no nos transmite ningún caso en que esa norma se aplique, excepto cuando el daño causado es la muerte de un inocente. Al agresor se le aplicaba la pena de muerte (cf. Ex 21,12.14).

Ante ese precepto del talión, que Jesús cita en forma reducida y como se conoce hoy habitualmente, Él declara: «Yo les digo: “No resistan al malo; antes bien, al que te abofetee en la mejilla derecha ofrecele también la otra…”». En el precepto de Jesús, el texto original está indeterminado (y también su traducción latina, adoptada por la Iglesia en la Neo Vulgata). Por eso, las versiones difieren: «No resistan al mal» – «No resistan al malo». Hemos adoptado como auténtica esta última, porque, en realidad, al mal hay que resistirlo y, dado que el mal es la ausencia del bien, se resiste precisamente haciendo el bien. Lo dice San Pablo: «No te dejes vencer por el mal; al contrario, vence al mal con el bien» (Rom 12,21) El Padre Hurtado solía decir: «Está muy bien no hacer el mal; pero está muy mal no hacer el bien». En los ejemplos que Jesús ofrece es al violento a quien manda no resistir: «Al que te abofetee en la mejilla derecha ofrécele también la otra; al que quiera pleitear contigo para quitarte la túnica dejale también el manto; y al que te obligue a andar una milla anda con él dos».

Decíamos que el mal hay que resistirlo, sobre todo, cuando se comete contra Dios; pero también cuando se comete contra el prójimo. En el Evangelio vemos a Jesús resistir e impedir la profanación del templo, diciendo a los mercaderes: «Quiten esto de aquí; no hagan de la Casa de mi Padre una casa de mercado» (cf. Jn 2,14-16). Lo vemos también defender a sus discípulos y velar por el bienestar de ellos, diciendo a quienes venían a detenerlo: «” Si me buscan a mí, dejen ir a éstos”. Así se cumpliría lo que había dicho: “De los que me has dado, no he perdido a ninguno”» (Jn 18,7-9).

Jesús llama a no resistir al malo, cuando el mal cometido es contra uno mismo: «Al que te abofetee a ti…». En la reacción contra la agresión hay, al menos, cuatro niveles. El primero es el que rige habitualmente en el mundo, marcado por la violencia: «Al que te golpee en la mejilla derecha, devuelvele una andanada de golpes». Es la ley de la violencia que vemos a diario. Si somos honestos, debemos reconocer que éste es el nivel que rige en nuestras calles y plazas. El segundo nivel, que tiene ya un grado de moderación, es el de la  Ley de Moisés, la ley del talión: «Devolver golpe por golpe y no más». El tercer nivel es: «Al que te golpee en la mejilla derecha impidele que te golpee en la izquierda», es decir, resiste. El cuarto nivel es el que Jesús manda a sus discípulos: «Ofrecele también la otra mejilla». Este es el nivel de reacción que deberían exhibir los cristianos; este es el nivel del amor, que debe incluir también a nuestro enemigo y a quien nos agrede y comete contra nosotros injusticia. Es lo que Jesús dice a continuación.

«Ustedes han oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo”. Pues Yo les digo: “Amen a sus enemigos y rueguen por quienes los persigan…”». Jesús amó a quienes lo condenaron injustamente y oró por sus verdugos diciendo en la cruz: «Padre, perdonalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). Esta es la conducta del Hijo de Dios hecho hombre. Por eso, el centurión, que fue testigo de su muerte en la cruz, sacó esta única conclusión: «Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios» (Mc 15,39). ¿Cómo puede concluir eso, cuando la muerte de cruz parece lo más alejado imaginable de un Hijo de Dios? Lo dice, porque percibió el testimonio máximo de amor que ha ocurrido en la historia y revela que «el amor es de Dios y el que ama ha nacido de Dios» (1Jn 4,7). Lo más impactante es que también nosotros podemos hacer eso, como lo afirma Jesús: «Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de vuestro Padre que está en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos». Jesús nos mandó orar a Dios diciendo: «Padre nuestro que estás en el cielo» (Mt 6,9). Ahora sabemos a qué nos compromete decir esa oración. Jesús lo dice en el precepto supremo: «Ustedes sean perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial».

Nosotros somos seres humanos y no podemos ser como Dios en su inmensidad, en su poder creador, en su sabiduría, etc. Él es perfecto en todo eso y nosotros nunca lo igualaremos en esto. El pecado de Adán consistió en querer ser como Dios en eso. Es el pecado de nuestro tiempo, que prescinde de Dios, porque se siente poderoso. En lo único que nosotros podemos ser como Dios es en el amor. Jesús nos exhorta entonces a la perfección en el amor: «Sean perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial». En esto consiste la santidad a la cual está llamado todo ser humano: «Hermanos, sobre todo, revistanse del amor, que es el vínculo de la perfección» (Col 3,14).

En la medida en que el mundo se aleje de Dios y de Jesucristo, que es su enviado, en esa medida se aleja del amor y así se pierde toda esperanza de vencer la violencia. El amor del cual Jesús habla es de Dios y «ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). El amor es un don y consiste en procurar el bien del otro, incluso con el sacrificio propio. Esta es la única fuerza que puede vencer la violencia. Por eso, Jesús resume toda su ley en un solo precepto: «Este es mi mandamiento: que ustedes se amen los unos a los otros, como Yo los he amado» (Jn 13,34). Nada más imposible para el ser humano, si no está unido a Cristo. En esto es verdad su declaración absoluta: «Separados de mí, ustedes no pueden hacer nada» (Jn 5,5).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here