Por Juan Antonio Montes Varas

Director Acción Familia.

Imagínese que Ud. y su Sra. trabajasen toda la vida para al final poder comprarse dos pasajes en un trasatlántico de lujo que los llevase a tierras lejanas, donde pudiera conocer otras realidades, gozar de la vida a bordo, visitar puertos pintorescos del Mar de la China, por ejemplo, sacar fotografías para mostrar a sus hijos y nietos.

¿No sería esto para Ud. un verdadero sueño?

Es lo que pensaba el matrimonio chileno formado por Luis Muñoz y Ximena Paredes quienes se encontraban a bordo del barco Diamond Princess.

La empresa naviera de lujo anunciaba a sus pasajeros que tendrían a su disposición “un total de 11 bares y salones. El Lobby Bar, ubicado en Puente Plaza, es una sala de té-café que, abierta todo el día, espera a los pasajeros con una selección de bebidas calientes y diversos aperitivos gratuitos, por ejemplo, pasteles. Continuando en la cubierta 5, la biblioteca del barco alberga unos 2.000 libros. Además de la zona destinada al relax y a la lectura, también dispone de un rincón para juegos de mesa. En el Puente Fiesta de la cubierta n°6 se encuentra el Churchill Lounge, el único espacio del barco en el que se puede fumar. En este local, los pasajeros pueden disfrutar de sus cigarros y vasos de whisky mientras ven emisiones deportivas a través de las pantallas gigantes situadas detrás del mostrador. Este salón también cuenta con algunas mesas de billar. Los que deseen escuchar música en directo o bailar la vez que toman una copa de vino o una cerveza, pueden acudir al Bar Wheelhouse, situado en el Puente Promenade”.

De repente, de modo completamente inesperado, el sueño se transforma en una pesadilla: el crucero pasa a ser una prisión flotante.

¿Por qué?

Porque las autoridades de la embarcación detentan a 10 pasajeros que están contaminados por el coronavirus. Y a partir de ahí, el sueño pasa a ser una verdadera pesadilla.

Así lo cuenta Luis Muñoz: “En la mañana te dejan el desayuno en la puerta con gente que viene con guantes, con máscaras, totalmente aislados. Y te pasan en la puerta el desayuno, uno la cierra, y cuando termina se deja en el pasillo las tazas vacías”

Verdaderamente es como demasiada mala suerte, ¿no le parece?

Sin embargo, esta “mala suerte” suele acompañar a los optimistas que viven soñando viajes y placeres a la Diamond Princess. No es que darse un viaje sea malo, el problema es vivir pensando en que la vida es para pasarla bien.

Lo ocurrido en este crucero nos parece una parábola para meditar. La vida es un valle de lágrimas, y no adelanta soñar con situaciones sin sufrimientos, pues esos sueños nos hacen despertar sin ninguna preparación a la realidad de la cruz.

Sin embargo, hay otro aspecto que trasciende el tema particular de los turistas a bordo del crucero. Es el tema del virus y del modo de enfrentarlo por parte de las autoridades comunistas chinas.

Aquí hay otra parábola para meditar, son los medios empleados por el comunismo para ocultar sus propias falencias y como los gigantes a veces tienen pies de barro.

Pasemos a los hechos, tal cual lo entregan las informaciones de prensa

Wuhan, la ciudad china donde se originó el nuevo brote de coronavirus y aislada por las autoridades.

La Comisión de Salud de Wuhan reveló que se había registrado una “neumonía desconocida” a finales de diciembre. Pero hasta que Xi Jinping no emitió sus directrices sobre cómo abordar el problema el 20 de enero, ni el gobierno central de Pekín ni los gobiernos locales de la provincia de Hubei y la ciudad de Wuhan, en el centro de la epidemia, habían hecho mucho en cuanto a transparencia y respuesta a la crisis.

Wang Guangfa, uno de los prominentes expertos en enfermedades respiratorias enviados por el gobierno a Wuhan, había resaltado en una entrevista con los medios que la epidemia era “prevenible y controlable”, palabras que a partir de entonces se convirtieron en la tónica entre la opinión pública.

Aunque la epidemia presentó enormes desafíos a la estabilidad y legitimidad del Partido Comunista de China, los expertos creen que es difícil saber si la cúpula del partido aprenderá algo de lo ocurrido y si aplicará cambios en el sistema antes de la próxima crisis de salud pública.

“Todo depende de cómo el pueblo evalúe la estrategia del gobierno al final de la epidemia”, indica Thomas de la BBC. “La transparencia y la buena comunicación son la clave”.

Guo Yuhua, por su parte, opina que esta crisis podría hacer que algunos chinos vean las desventajas de la “maquinaria estatal”, pero ante la falta de controles y equilibrios, el poder real de la opinión pública es muy débil, así que será difícil que provoque cambios en el sistema actual”.

Pasemos a limpio lo que está insinuado en esta información.

El régimen comunista de China no permite la libre expresión. Por este motivo todas las noticias deben pasar por una censura previa organizada por el Partido único a fin de que ellas favorezcan la adhesión pública a esa ideología e impidan cualquier protesta o indignación contra las autoridades.

De este modo, sólo se puede informar los logros alcanzados por la organización ideológica comunista. La mínima noticia en sentido opuesto es considerada y sancionada como atentado a la seguridad del Estado comunista Chino.

Por este motivo el médico Li Wenliang que previó la plaga de coronavirus La muerte del médico chino que intentó advertir sobre el brote de coronavirus ha provocado un nivel de indignación pública y dolor sin precedentes en China.

Li Wenliang murió después de contraer el virus mientras trataba a pacientes en Wuhan.

En diciembre pasado, intentó alertar a sus colegas médicos advirtiendo sobre un virus que creía que se parecía al SARS, otro coronavirus mortal.

Pero la policía le dijo que “dejara de hacer comentarios falsos” y fue investigado por “propagar rumores”.

“No creo que haya estado difundiendo rumores. ¿No se ha convertido esto en realidad ahora?”, le dijo a la BBC su padre, Li Shuying. “Mi hijo era maravilloso”.

¿Ud. le creería a un País cuyas autoridades procedieron así con el médico que alertó a tiempo el virus?

¿A Ud. le puede parecer confiable la información que sale de autoridades empeñadas en un sistemático sistema de propaganda nacional y mundial para auto prestigiarse?

¿Ud. cree que merece ser considerada una superpotencia un país que procede así con sus propios habitantes y juega con el riesgo mundial de la contaminación del virus?

Es curioso que estas preguntas tal elementales, que son las interrogantes evidentes que se presentan a cualquier persona lúcida, no sean plateadas por la prensa internacional ni por los expertos comentaristas de los principales diarios del mundo.

Lo único que se destaca es la eficiencia de construir un hospital en 10 días. Como si hubiera mérito en dejar pasar el virus, pero consolarse con un número de camas ridículamente insuficiente para atender la epidemia mundial.

Este silencio delante de las causas de la expansión del virus por parte de las autoridades comunistas chinas, nos hace recordar el mismo silencio de los dictadores de la URSS cuando explotaron la usinas atómicas en Chernobyl, sucedido el 26 de abril de 1986 en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, ubicada en el norte de Ucrania, que en ese momento pertenecía a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

El hecho es considerado, como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7) y suele ser incluido entre los grandes desastres medioambientales de la historia.

Sin embargo las autoridades de la URSS fueron lentas, obscuras, e ineptas para evitar el desastre y reparar los daños.

La misma situación estamos viviendo hoy con relación al mundo comunista de China. Los dictadores de turno han sido imprevidentes para detectar el virus, solapados para no damnificar su reputación y ahora completamente sobrepasados para impedir su difusión.

¿Cuántos serán los contaminados? ¿Serán los que informan esas autoridades? ¿Muchos más? ¿Cuántos más?

Todo esto queda y se mantiene en la opacidad de un régimen que nace y se desarrolla en la obscuridad, en la trama, en el ocultamiento.

Hoy, en que todos alegan la necesidad de la trasparencia, en que las soberanías son relativizadas, llama la atención que la ONU a través de la OMS no organice una investigación a fondo en el territorio chino para obtener una información fidedigna.

¿Cuántos serán los muertos necesarios para que tal investigación se pueda realizar?

Son todas, interrogantes hasta ahora sin respuesta.

Por último una consideración respecto a la imponente economía China.

¿Cómo puede ser que un país que ha crecido en los índices que se dice que lo ha hecho China, que expande su poderío económico por todo el mundo, que compra todo lo que no tiene en donde sea y que quiere competir con los Estados Unidos, se desarme por un mero virus?

Hay aquí una última interrogante que es necesario formular pues tal derrumbe nos permite ver que la China parece no pasar de un inmenso gigante que se apoya en pies de barros.

Y ¿en qué consiste ese barro?

Precisamente el no antinatural de su régimen marxista. Allí sólo hay un gran patrón, dueño de una inmensa fábrica, que paga sueldos de miseria e impide cualquier huelga y controla a las familias para que ninguna pueda tener más de dos hijos. En una palabra, un régimen de esclavitud.

Un tema de importancia vital para todos los que podemos ser contaminados por el virus llamado de “corona” y por el virus, mucho más mortal, llamado comunismo.

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