Sandra Leiva Gómez, Investigadora del Centro CIELO e Integrante del Núcleo del Magister en Familia y Sociedad, Universidad Santo Tomás.

Por Sandra Leiva Gómez, Investigadora del Centro CIELO e Integrante del Núcleo del Magister en Familia y Sociedad, Universidad Santo Tomás

¿Quién tuvo el privilegio de contar con el apoyo de una trabajadora de casa particular alguna vez en la vida? O mejor aún, contar con ella como una tercera madre y cuidadora, muy cercana a la familia. Historias infinitas que atesoramos en nuestro corazón y que, de seguro, hemos evocado en las últimas semanas con el proyecto de 40 horas laborales que las contempla de manera especial, pues serán beneficiadas.

El 30 de marzo se conmemora el Día internacional de las Trabajadoras de Casa Particular, conocidas también como trabajadoras domésticas. Se trata de personas cuyo trabajo resulta indispensable para miles de familias en Chile y en el mundo entero. Además de realizar labores del hogar, como limpiar, lavar, cocinar, muchas veces se les confía el cuidado de nuestros familiares: niñas, niños, personas mayores, sean estas autovalentes o no. Aun cuando esta no es su labor principal, normalmente realizan esta tarea de cuidado de manera accesoria, prestando gran utilidad para quien necesita de esos cuidados y en definitiva para toda la sociedad.

Ya sea puertas adentro o puertas afuera, las trabajadoras de casa particular entregan un servicio indispensable para los hogares. No obstante, el reconocimiento legal como un trabajo que tiene el mismo valor que cualquier otro, fue resultado de luchas y de negociones con los gobiernos de turno. Así, gracias a las constantes intervenciones que realizaron principalmente SINTRACAP (Sindicato de Trabajadoras de Casa Particular) y ANECAP (Asociación Nacional de Trabajadoras de Casa Particular), se logró que el Gobierno de Chile ratificara el convenio 189 de la OIT sobre los derechos de trabajadoras y trabajadores domésticos, el que entró en vigor en el año 2016.

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Además, el año 2014 nuestro país aprobó la ley 20.786, que equiparó los derechos de los trabajadores y trabajadoras domésticas con el de los demás trabajadores, ya que antes se permitía pagar un 25% de su sueldo en especies. Este fue un hito muy importante, por cuanto se reconoce así que el trabajo doméstico tiene el mismo valor que cualquier otro trabajo.  Además, esta ley reguló la cantidad de horas semanales en que prestan sus servicios. Si se trata de trabajadora puertas afuera, el máximo es 45 horas semanales. Si en cambio trabaja puertas adentro, el máximo de horas trabajadas no puede superar las 60 horas.

A cambio de este alto número de horas de trabajo, las trabajadoras puertas adentro tienen derecho a tener sábados y domingos libres. Sin embargo, resulta muy difícil verificar lo que sucede en los hogares y fiscalizar si efectivamente se están respetando sus días y horas libres. El Gobierno debería por tanto implementar mecanismos para que se haga valer la ley y que a las trabajadoras domésticas no les sean infringidos sus derechos, que tanto costó adquirir.

Por último, como sociedad debemos estar conscientes del gran valor que representa la labor de las trabajadoras de casa particular. Sin ellas, las familias se verían sobrecargadas con tareas domésticas y de cuidado. Culturalmente, en Chile el peso de este trabajo se lo lleva la mujer, por lo cual esta sobrecarga recae en la práctica en las mujeres. Es hora de que continuemos la senda de cambios culturales que ya ha comenzado a vivirse en nuestro país, los que pasan también por valorar, respetar y reconocer el gran aporte que las trabajadoras de casa particular realizan a la sociedad.

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