Por Daniel Sánchez Brkic

Psicólogo y académico Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Central

Daniel Sánchez Brkic Psicólogo y académico Facultad de Ciencias Sociales, Universidad Central

El actual sistema de pensiones chileno es uno de los pocos que va quedando aún que opera bajo un sistema de capitalización individual, es decir que cada cual ahorra para su futuro. Chile comparte dicha condición con unos pocos países más, pues muchos de ellos han vuelto al tradicional sistema de reparto (ahorrar para los adultos mayores).

La particularidad del sistema de reparto reside en que se establece desde su origen como un sistema solidario, donde las generaciones jóvenes colaboran con las pensiones de los mayores, a diferencia del actual sistema chileno donde cada cual es dueño de sus propias cotizaciones; algo que nace inspirado en el Chile de los años 80 y que se enmarca en las imposiciones que se gestaron desde las lógicas neoliberales. Allí mismo se redactó la Constitución de 1980 y para el mundo educacional el duro momento en que se modificó su sentido, forma y operación.

¿Por qué marchamos entonces? Para pedir un cambio. El sistema al parecer resulta desigual, injusto y poco efectivo, la investigación al respecto es muy rica en cuanto a tasas de reemplazo, años de jubilación, multifondos, gestión de las AFP en los mercados internacionales, etc. Sin embargo, aún no se debate respecto de las injusticias, dignidades y vida post laboral que requiere este debate.

Mención aparte merecen los profesores universitarios. Conocer las razones que los llevan o no a jubilar resulta una tarea titánica. Al parecer, nuestros docentes universitarios no se jubilan, pero en ocasiones se pensionan. Existe en la decisión de jubilación de los académicos un componente que pocas veces observamos y que dice relación con al menos dos cosas: de un lado, los ciclos de carrera docente (al respecto los estudios de Huberman,  2000; Marcelo, 1999 y Sikes, 1985 son extensos y muy ricos). Visto así las edades del profesorado influyen también en su decisión, cosa diferente del abandono de carrera. De otra parte, el profundo compromiso de los educadores con la educación y la pedagogía, a decir verdad la jubilación resulta siempre algo muy lejano para quienes han optado por un camino cuyo objetivo dice relación con la transformación del otro en la convivencia pues de ella no se jubila.

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Entonces ¿por qué marchamos? Para declamar con libertad aquellas cosas que nos han sido privadas, al igual que nuestros estudiantes que marchan pidiendo y exigiendo cambios para un sistema educativo más democrático, igualitario y posible. Marchamos los docentes para vivir en un país más hermanable, mas horizontal y de justicia social, marchamos por la indignación que produce la pensión de  Myriam Olate, porque las fuerzas armadas siguen aún con un sistema diferente al nuestro (al igual que un código legal), marchamos por nuestros adultos mayores, porque tengan una mejor calidad de vida, marchamos porque nos aburrimos de vivir en un país que olvida.

Los académicos podríamos marchar para que nos observen, nos sientan y podamos dialogar sin disfraces ni capuchas que nos cubran, tal como el trabajo diario, silencioso, honesto y amoroso que realizamos con nuestros estudiantes, esperando esta vez la sociedad no olvide que también tenemos derechos.

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