Por Arturo Barrera

Profesor Escuela Ingeniería en Agronegocios, U. Central

Conforme los países se desarrollan, aumentan sus ingresos per cápita y las clases medias son más amplias, los consumidores demandan de los alimentos no solo que satisfagan el hambre y nutran, sino que también contribuyan a otros propósitos como tener efectos benéficos para la salud (alimentos funcionales). También se espera que ayuden a gestionar los estados de ánimo, un tema de creciente preocupación para una población que quiere estar anímicamente bien; y que su consumo provea cierta identidad, como en el caso de los vegetarianos y más activamente los veganos. Todo ello en el marco de la exigencia base de que los alimentos sean inocuos, saludables y de calidad.

Chile ha acrecentado en las últimas décadas una incuestionable vocación productora y exportadora de alimentos, la que se apuesta profundizar en los años que vienen. Si en 2015 se exportaron 18 mil millones de dólares de estos productos, al año 2025 se espera que la cifra alcance los US$ 32 mil millones. Todo un desafío si se considera, además, el compromiso de que este monto incorpore una mayor diversificación y sofisticación de los alimentos exportados.

Para avanzar en la tarea, se está impulsando un conjunto relevante de iniciativas tales como el Programa Estratégico de Alimentos, presidido por el Ministro de Agricultura y con un rol relevante de la CORFO; el fortalecimiento del Programa de Alimentos del INIA; la apuesta por el desarrollo de la producción de ingredientes y aditivos naturales de alto valor y de materias primas especializadas;  una creciente incorporación de los temas del ámbito de los alimentos a las agendas de los fondos concursables de I + D + i y el fortalecimiento de la Agencia Chilena para la Inocuidad y Calidad de los Alimentos (ACHIPIA).

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Pero no se trata solo de que los mejores alimentos producidos en nuestro país sean consumidos por el mundo, sino que también sean fuente de mayor bienestar para todos los chilenos. Ello requiere que las prácticas de inocuidad en todos los rubros cumplan con los estándares establecidos, que se promuevan y asuman más intensamente patrones de consumo más saludables, que los consumidores desplieguen crecientemente un consumo responsable y que se siga desarrollando nuestra gastronomía como ha sucedido en los últimos años, cuestión impensada hasta hace solo algún tiempo atrás.

Ejercer nuestra vocación productora y exportadora de alimentos requerirá, desde una perspectiva más amplia, adaptar las distintas actividades de la industria alimentaria a los efectos del cambio climático y hacer un uso más eficiente de los distintos recursos, especialmente del agua y la energía, procurando una intensificación sostenible y responsable  de todas estas actividades productivas. Lograr la meta planteada para el año 2025 no será nada de fácil en este contexto de cambio climático y de una evolución  incierta de la globalización, lo que hace imprescindible, por lo tanto, incorporar más conocimiento e innovación a los procesos, productos y organizaciones relacionadas con la producción de alimentos, profundizar sustantivamente el trabajo colaborativo entre los distintos actores e impulsar el desarrollo de alianzas de mediano y largo plazo entre ellos.

El mundo vive una nueva revolución agrícola y alimentaria, nuestro país es solo parcialmente parte de ella. Constituirse en un actor más protagónico de dicho proceso exige hacer aquello que realmente genera valor; pero también darle la envergadura suficiente para  que genere los adecuados puntos de inflexión.

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