Evangelio del Domingo 26 mayo 2024

Domingo de la Santísima Trinidad B

Mt 28,16-20

Ustedes creen en Dios; crean también en mí

En todas las Iglesias del universo debe repetirse hoy lo que confiesa el Catecismo sobre el Dios único y verdadero: «El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana. Es el misterio de Dios en sí mismo. Es, pues, la fuente de todos los otros misterios de la fe; es la luz que los ilumina. Es la enseñanza más fundamental y esencial en la “jerarquía de las verdades de fe”» (Catecismo N. 234). Pero es también el misterio que fue revelado «en la plenitud de los tiempos», y que, como lo afirma San Pablo: «En generaciones pasadas no fue dado a conocer a los hombres, como ha sido revelado ahora a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu» (Ef 3,5).

Israel ya tenía la revelación del Dios único, que creó de la nada todo lo que existe, y la profesaba como su fe fundamental, hasta el punto de formularla en la primera línea de la Sagrada Escritura: «En el principio creó Dios el cielo y la tierra» (Gen 1,1). Israel era el único pueblo de la tierra que poseía, por revelación, la fe en un Dios único y eterno, que existe desde siempre y para siempre. Todos los demás pueblos de la tierra eran politeístas, es decir, daban culto a varios dioses que interactuaban entre sí, dando origen a relatos que llamamos mitos. En medio de todos los demás pueblos, no fue fácil para Israel expresar su fe monoteísta y mantenerse fiel a ella.

La revelación de Dios se concedió a Moisés, cuando le habló desde la zarza ardiente y lo mandó a liberar a Israel de la esclavitud de Egipto (cf Ex 3,3-15). La empresa era imposible y Moisés era el menos indicado para llevarla a cabo, porque en ese momento era prófugo de Egipto. Por eso objeta: « ¿Quién soy yo para ir a Faraón y sacar de Egipto a los israelitas?». Dios responde: «Yo soy (estoy) contigo…» (Ex 3,12). Enseguida Moisés quiere individuar cuál es este Dios que lo envía y le da esa garantía, para poder decirlo a los israelitas y le puedan creer: Si me preguntan «“¿Cuál es su nombre”?, ¿qué les responderé?». La respuesta de Dios es uno de los puntos culminantes del Antiguo Testamento: «“Yo soy el que soy”. Y añadió: Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a ustedes» (Ex 3,14). Esta respuesta significa que este Dios no se deja definir (poner límite) por algún nombre particular, ni manejar. Pero el pueblo de Israel daba a Dios un nombre, cuya revelación se dio a Moisés en ese mismo episodio: «Así dirás a los israelitas: “YHWH, el Dios de vuestros padres… me ha enviado a ustedes. Este es mi Nombre para siempre, por él seré invocado de generación en generación”» (Ex 3,15). ¿Qué significa ese nombre que Dios se da a sí mismo? Los estudiosos de la Biblia han concluido que este Nombre de pronuncia Yahweh y que esta palabra es una forma arcaica del verbo hebreo «ser». Pero, en realidad su sentido completo es el que el mismo Dios acaba de decir a Moisés: «Yo soy el que estoy contigo para salvarte».

Andando el tiempo, por medio de los profetas, Israel formuló su fe monoteísta de modo explícito: «Conoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor (Yahweh) es Dios, arriba en el cielo, y abajo sobre la tie¬rra; ¡no hay otro!» (Deut 4,39).

La revelación plena de ese Dios único había quedado, por así decir, en deuda, una deuda que se cumpliría «cuando llegó la plenitud del tiempo». En efecto, era difícil para Israel la fe en un Dios único solitario, sin relación con ningún otro. San Pablo expone sintéticamente lo que ocurrió: «Cuando llegó la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer… para que nosotros recibiéramos la filiación… La prueba de que somos hijos es que envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama Abbá, Padre» (cf. Gal 4,4-6). Se trata del envío de dos Personas: el Hijo de Dios, que se hizo hombre y es un personaje de nuestra historia, y que imprime en la tierra la huella imborrable del cristianismo, y el Espíritu de Dios, que nos comunica la filiación divina, hasta el punto de exclamar nosotros, dirigiéndonos a Dios con la misma forma con que se dirige a Él su Hijo: «Abbá».

Jesús es una Persona divina, el Hijo de Dios, esta es su única personalidad; pero en esa Persona de naturaleza divina es asumida la naturaleza humana −es «nacido de mujer»− Jesús. Él nos reveló que su Persona es Dios. En efecto, asume el mismo Nombre que Dios reveló a Moisés cuando dice: «Cuando ustedes hayan levantado al Hijo del hombre, entonces sabrán que Yo Soy,… si no creen que Yo Soy, morirán en sus pecados» (Jn 8,28.24). Afirma: «Yo y el Padre somos Uno» (Jn 10,30), que significa: «Yo y el Padre somos dos Personas, pero somos Uno, es decir, el mismo y único Dios». Reivindica la misma fe que se debe a Dios: «Ustedes creen en Dios; crean también en mí» (Jn 14,1). El sentido de estas expresiones es claro y bien lo entendieron los judíos: «Los judíos trataban con mayor empeño de matarlo, porque… llamaba a Dios su propio Padre, haciéndose a sí mismo igual a Dios» (Jn 5,18). Asume para sí el significado del Nombre divino: «Yo soy (estoy) con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20).

En la plenitud del tiempo hay un segundo envío de Dios: «Envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones…». Éste ya no es un personaje histórico; es espíritu y actúa ante nuestro espíritu (nuestro corazón) y allí nos hace llamar a Dios, «Abbá, Padre», tal como lo llamaba Jesús. ¿Por qué dice San Pablo es «Espíritu de su Hijo» y no «espíritu de Dios»? Porque se trata de reproducir en nosotros la condición de Hijo de Dios que tenía Jesús, como se observa por la exclamación que el Espíritu nos concede pronunciar −«Abbá»−, la misma que pronunciaba Jesús para dirigirse a Dios su Padre.

Jesús mismo define al Espíritu Santo como una Persona divina, cuando promete a sus apóstoles: «Él (el Espíritu de la verdad) me dará gloria, porque recibirá de lo mío y lo anunciará a ustedes» (Jn 16,14-15). Jesús continúa: «Todo los que tiene el Padre es mío», sobre todo, la divinidad; pero lo que es propio de Él es la condición de Hijo de Dios. Esto es lo que el Espíritu toma de Él y lo comunica a nosotros. El misterio de la Trinidad, por tanto, se realiza en nosotros. Nosotros nos relacionamos con cada una de la Personas divinas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero, cuando lo hacemos, estamos dirigiéndonos siempre al mismo y único Dios. Por eso, Jesús nos mandó bautizar «en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». Es el misterio inefable de Dios. Tendremos toda la eternidad para contemplarlo y gozar de Él.

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo emérito de Santa María de los Ángeles

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