del Domingo-4B

Mc 1,21-28

Manda a los espíritus inmundos y le obedecen

El evangelista San Marcos comienza su escrito presentando a Jesús ya adulto, en el momento en que deja su pueblo para acudir en medio de la multitud al Bautismo de Juan: «Sucedió que por aquellos días vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán» (Mc 1,9). De la frase siguiente podemos deducir que, después de ese evento, que es la culminación de su misión de Precursor, el ministerio de Juan duró poco tiempo y que, entonces, comenzó Jesús su propia misión: «Después de que Juan fue entregado, marchó Jesús a Galilea proclamando el Evangelio de Dios y diciendo: “El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; conviertanse y crean en el Evangelio”» (Mc 1,14-15). Esta frase es claramente el sumario de una actividad más vasta. En efecto, el evangelista relata enseguida la llamada de los primeros cuatro discípulos, como lo leíamos en el Evangelio del domingo pasado, y luego lo ocurrido en el primero de esos lugares de la Galilea donde Jesús proclamaba el Evangelio de Dios, a saber, la sinagoga de Cafarnaúm, como se nos relata en el Evangelio de este Domingo IV del tiempo ordinario: «Y entran en Cafarnaúm (Jesús y los cuatro pescadores que acaba de llamar). E, inmediatamente, el sábado, entrando en la sinagoga, enseñaba».

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Antes de seguir adelante, conviene hacer notar un aspecto esencial del misterio con el que tratamos constantemente en estos comentarios al Evangelio y en toda la predicación de la Iglesia. Nos referimos al misterio de la «inspiración divina» de estos escritos. El documento de la Iglesia más completo sobre este punto de nuestra fe es el Decreto del Concilio Vaticano II «Dei Verbum» sobre la divina revelación. Leamos lo que dice al respecto: «Las cosas divinamente reveladas, que en la Sagrada Escritura por medio de las letras están contenidas y ofrecidas, han sido escritas con inspiración del Espíritu Santo. La Santa Madre Iglesia por fe apostólica confiesa que todos los libros, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, por cuanto que, escritos por inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales han sido entregados a la Iglesia. Para la composición de los libros sagrados Dios eligió a hombres que usaban de todas sus facultades y talentos, de los cuales se valió, de manera que, obrando Él mismo en ellos y por ellos, ellos como verdaderos autores, pusieran por escrito todo aquello y sólo aquello que Dios quería» (DV 11).

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Dos cosas deben ponerse juntas, lo que no puede hacer sino la fe: por un lado, que estos escritos que leemos cada domingo tienen a Dios por autor y que, por tanto, son «Palabra del Señor», como lo proclama el lector al concluir la lectura; pero, también, que tienen como verdaderos autores a hombres elegidos por Dios y que éstos, en la redacción de sus escritos, usaban de sus propias facultades y talentos, por lo cual el lector anuncia: «Lectura del Evangelio según San Marcos», por ejemplo.

Marcos es consciente de estar escribiendo lo que él conoce y entiende y, hasta tal punto, usa de sus facultades y talentos propios, que conserva incluso ciertas «muletillas», que los Evangelios sucesivos, escritos por otros autores humanos −Mateo y Lucas− corrigen o mejoran. Esto sólo ellos pueden hacerlo y no un traductor humano, porque sólo ellos, en la redacción de sus propios escritos, gozan de la inspiración divina.

Característica de Marcos es la expresión griega «Kai euthus = E, inmediatamente», que él usa cuando viene al caso y cuando no viene. Entre los versículos 10 y 23 de este primer capítulo la usa ocho veces. En el Evangelio de hoy leemos: «E, inmediatamente, el sábado… E, inmediatamente, había en la sinagoga un hombre… Inmediatamente, su fama se extendió… E, inmediatamente, saliendo de la sinagoga…». Dios es el único que puede mover a un escritor para que escriba «todo y solo lo que Él quiere» sin quitarle a ese escritor su libertad para que escriba lo que él quiere y como él quiere, con su propio estilo. Este es el misterio de la inspiración.

El Evangelio de este domingo es de gran trascendencia, porque relata el momento en que Jesús comienza su misión de «enseñar». Entró en esa sinagoga de Cafarnaúm y «enseñaba». Esta actividad y la reacción que suscitó le valieron el título con el cual más veces se llama a Jesús: «Maestro». En griego, enseñar se dice: «didaskein» y maestro se dice: «didáscalos». La enseñanza de Jesús es de tal naturaleza que a nadie deja indiferente: «Quedaban asombrados de su enseñanza (didajé), porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas». Lo comparan con los escribas, porque eran ellos los que leían y comentaban la Escritura en la sinagoga cada sábado. Pero la diferencia con Jesús es del cielo a la tierra. Los escribas comentaban la Palabra de Dios; ¡Jesús es la Palabra de Dios!; Él tiene la autoridad de Autor de esa Palabra. Su Palabra «es viva y eficaz… y escruta los sentimientos y pensamientos del corazón» (Cf. Heb 4,12). En esa misma sinagoga quedará en evidencia el poder de su palabra.

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«E, inmediatamente, había en la sinagoga de ellos un hombre poseído por un espíritu inmundo». En el Evangelio el concepto de inmundo se aplica a algo o alguien que no puede estar en la presencia de Dios. Para acercarse a Dios necesita ser purificado. El espíritu inmundo mismo no tiene posibilidad de ser purificado; pero él aparta de Dios al ser humano a quien posee. Nadie puede liberar de esa posesión, excepto Dios. Es lo que ocurrió en esa sinagoga. El hombre se puso a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Jesús de Nazaret?». Ellos saben que la respuesta es: «Nada», precisamente porque saben quién es Jesús: «Sé quién eres Tú: el Santo de Dios». Por eso, hacen que el hombre en presencia de Jesús resista y rechace violentamente. Es notable observar que, en esa misma sinagoga, cuando Jesús ya había llamado a los Doce, esa definición de Jesús la da Pedro: «Señor, ¿donde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios» (Jn 6,68-69). Jesús va a dar muestra del poder de su palabra, diciendo al espíritu inmundo: «Callate y sal de él». Es lo que llamamos un «exorcismo» (conjurar a salir), al cual el espíritu inmundo −el demonio− no puede resistir: «Agitandolo violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte grito y salió de él».

Este es un episodio programático de la actividad de Jesús, como lo saben los espíritus inmundos: «Has venido a destruirnos». ¡A eso ha venido! Esos espíritus son los que recorren el mundo para perder las almas. Ellos son los que, desde el primer ser humano, introdujeron la muerte en el mundo y son los que están detrás de todos los episodios de muerte que afligen a la humanidad: guerras de exterminio, crímenes de inaudita crueldad, asesinatos, etc. Nadie, fuera de Jesús, puede salvar a la humanidad de su influjo de muerte, como lo declaran todos en esa sinagoga: «Manda incluso a los espíritus inmundos y le obedecen» y como lo declara San Pedro ante al sanhedrín: «No se nos ha dado bajo el cielo otro Nombre por el cual podamos ser salvados» (Hech 4,12).

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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