Domingo Adviento 2−A

Mt 3,1-12

Vivamos en vigilante espera de su Venida gloriosa

El Evangelio del domingo pasado −I de Adviento− ponía ante nosotros la venida final de Jesucristo, repitiendo dos veces su declaración: «Así será la Venida del Hijo del hombre» y su exhortación a estar hoy en vigilante espera para que nos encuentre preparados, porque −nos advertía−, «uno será tomado y otro dejado» (Mt 24,37.39.40-41). El Evangelio de este II Domingo de Adviento nos traslada bruscamente a la situación del pueblo de Israel y de toda la humanidad, veintiún siglos atrás, en el tiempo de la primera venida del Hijo de Dios y nos presenta a Juan el Bautista, que tuvo la misión de prepararla, llamando a la conversión.

«Por aquellos días aparece Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: “Conviertanse, porque ha llegado el Reino de los Cielos”». En el Evangelio de Mateo, que es el propio del Ciclo A de lecturas, que nos acompañará en este año, Juan aparece abruptamente, sin previa presentación y sin que el lector sepa por qué recibe el nombre de «Bautista». Lo hace así el evangelista por analogía con el profeta Elías, que aparece de manera igualmente abrupta: «Elías tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab: “Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy: no habrá estos años rocío ni lluvia más que cuando mi boca lo diga”» (1Reg 17,1). A esta misma comparación con el antiguo profeta del siglo IX a.C. corresponde la detallada descripción de la vestimenta de Juan: «Tenía su vestimenta de pelos de camello con una faja de cuero en sus lomos» (Ver 2Reg 1,8: «Era un hombre con manto de pelo y con una faja de cuero ceñida a sus lomos… Es Elías, el tesbita»). El mismo Jesús sanciona esa identificación: «Él es Elías, el que iba a venir» (Mt 11,14).

Elías fue llevado al cielo en un carro de fuego y en el tiempo de Jesús se pensaba que, antes de la venida del Cristo, el Ungido prometido por Dios a su pueblo, tenía que venir Elías como precursor a preparar su camino. Esa misión la cumplió Juan y el Evangelio de hoy nos dice cómo.

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Juan adoptó un modo particular, que le valió su nombre de «Bautista». Los que venían a él −Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán− «eran bautizados por él en el río Jordán confesando sus pecados». Tomando este baño con agua, reconocían sus pecados, con dolor de haberlos cometido y con firme propósito de no repetirlos. De esta manera, respondían a la exhortación de Juan: «Conviértanse, porque ha llegado el Reino de los Cielos». Los profetas, antes que Juan, anunciaban la venida del Ungido del Señor, hijo de David, como futura. Juan, en cambio, la declara ya presente y designa esta nueva situación con la expresión: «Reino de los cielos» o Reino de Dios. Es una expresión nueva, que no se encuentra en el Antiguo Testamente, porque designa una novedad absoluta. Se trata de la situación creada en el mundo por la presencia del Hijo de Dios hecho hombre. Así usa la expresión también Jesús ya durante su ministerio público, que se caracterizó por liberar al mundo de la esclavitud del demonio: «Si por el Espíritu de Dios expulso Yo los demonios, es que ha llegado a ustedes el Reino de Dios» (Mt 12,28). Cuando comienza Jesús su ministerio público retoma el anuncio de Juan: «Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Conviértanse, porque el Reino de los Cielos ha llegado”» (Mt 4,17). Y cuando envía a sus discípulos les manda proclamar ese mismo anuncio: «Vayan y anuncien diciendo: “Ha llegado el Reino de los cielos”» (Mt 10,7).

Los antiguos profetas habían anunciado el juicio y la salvación futura de Dios. Leemos en Isaías: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé… Sobre Él se posará el Espíritu del Señor». Está hablando de un hijo de Jesé, como era David. Pero de él mismo dice: «Juzgará a los pobres con justicia… Herirá al violento con la vara de su boca, y al malvado con el soplo de sus labios» (Is 11,1.2.4). No distinguen dos venidas, una, en la humildad de nuestra carne, como hijo de David, nacido de mujer dentro de nuestra historia, y, otra, final, cuando destruirá al Impío con el soplo de su boca, como lo anuncia San Pablo: «Será revelado el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida» (2Tes 2,8). Los profetas llamaban a esa salvación definitiva «el Día del Señor» y advierten: «¡Cercano está el gran Día del Señor, cercano, a toda prisa viene!… Día de ira aquel Día…» (Sof 1,14.15). Así lo veía también Juan. Por eso, advierte en esos términos a los fariseos y saduceos: «Raza de víboras, ¿quién les ha enseñado a huir de la ira inminente? Den fruto digno de conversión, y no crean que basta con decir en su interior: “Tenemos por padre a Abraham”».

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Nosotros sabemos que, antes de ese Día, el día del juicio final, vino al mundo el Hijo de Dios en la máxima humildad, hasta el punto de desconcertar al mismo Juan, y murió por nosotros en la cruz; nos dejó su Palabra de vida eterna y su Cuerpo y Sangre como alimento de vida eterna y como presencia suya real en medio de nosotros, fundó su Iglesia como medio de salvación e invita a todos a ser parte de ella. Sabemos que entre su primera venida y su venida final han pasado muchos siglos. A todo esto se refiere Jesús cuando dice a sus discípulos: «¡Bienaventurados los ojos de ustedes, porque ven, y los oídos de ustedes, porque oyen! En verdad les digo que muchos profetas y justos desearon ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron, y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron» (Mt 13,16-17). Entre esos profetas, que no supieron que la venida del Señor era doble, se cuenta Juan. Nosotros sabemos que se ha cumplido su primera venida, sabemos que en este tiempo intermedio está con nosotros todos los días y que vendrá en la majestad de su gloria en ese día final. Somos bienaventurados, si vivimos en vigilante espera de su venida gloriosa, conforme a esta verdad que se nos ha revelado

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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