El 11 de febrero se festeja en la Iglesia Universal la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes, para celebrar las apariciones de la Santísima Virgen a Santa Bernardita Soubirous ocurrida en el año de 1858, en una gruta en las afueras de Lourdes, entonces una pequeña aldea ubicada en las faldas de los Pirineos, cerca de la frontera con España.

Hasta allí concurren anualmente unos 6 millones de peregrinos provenientes del mundo entero. Sin embargo, a bien decir no existe lugar en el mundo donde no se encuentre una gruta de Lourdes, con su imagen, recordándonos las apariciones y los milagros. Talvez Ud. tenga en su casa una botellita con agua de Lourdes.

Durante una de las apariciones, que fueron muchas, en la Fiesta de la Anunciación, el 25 de marzo de ese mismo año, Bernardita le preguntó a la Señora, resplandeciente de luz, cómo se llamaba, y Ella le respondió sonriendo: “Yo soy la Inmaculada Concepción”.

Reproducimos a continuación las consideraciones tejidas por el Profesor Plinio Correa de Oliveira en el centenario de las apariciones, pero que conservan toda su actualidad:

“La definición del dogma de la Inmaculada Concepción fue el primero de los grandes reveses sufridos por el enemigo interno (de la Santa Iglesia). En efecto, nació de ahí un inmenso manantial de piedad mariana, que se viene expandiendo cada vez más. Para probar que todo nos viene por María, quiso la Providencia que fuese marial ese primer gran triunfo.

“Pero para glorificar aún mejor a su Madre, Nuestro Señor hizo más. En Lourdes, como estruendosa confirmación del dogma, hizo lo que nunca antes se había visto: instaló en el mundo el milagro por así decir en serie y permanente. Hasta entonces el milagro aparecía en la Iglesia esporádicamente. Pero en Lourdes, las curaciones científicamente comprobadas y de origen más auténticamente sobrenatural se vienen dando (hace ya más de un siglo), como un flujo continuo, ante los ojos de un mundo confuso y desorientado.

“De este brasero de fe encendido con la definición de la Inmaculada Concepción se desprendió, como una llama, un inmenso anhelo. Los mejores, los más doctos, los más calificados elementos de la Iglesia deseaban la proclamación del dogma de la infalibilidad papal. Más que nadie, lo quería (entonces) el gran Pío IX. Y de la definición de este dogma brotó para el mundo un manantial de devoción al Papa, que constituyó para la impiedad una nueva derrota.

“Por fin, vino el Pontificado de San Pío X, y con él la invitación a los fieles para la Comunión frecuente e incluso diaria, así como para la comunión de los niños. Y la era de los grandes triunfos eucarísticos comenzó a brillar, radiante, para toda la Iglesia.

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“Con todo esto, la atmósfera jansenista fue barrida de los ambientes católicos. La plaga modernista, y más tarde la plaga neo-modernista, no consiguieron anular esas grandes victorias que la Iglesia había alcanzado contra sus adversarios internos.

“Pero, se podría preguntar, ¿qué resultó de ahí para la lucha de la Iglesia contra sus adversarios externos? ¿No se diría que el enemigo está hoy más fuerte que nunca, y que nos aproximamos de aquella era de naturalismo científico, craso e integral y dominada por la técnica materialista, soñada hace tantos siglos por los iluministas? ¿La era de la república universal ferozmente igualitaria, de inspiración más o menos filantrópica y humanista, de cuyo ambiente sean barridos todos los resquicios de una religión sobrenatural? ¿No está ahí el comunismo, no está ahí el peligroso deslizar de la propia sociedad occidental hacia la realización de esa meta?

“Sí. Y la proximidad de este peligro es mayor de lo que generalmente se piensa. Pero nadie presta atención a un hecho de importancia primordial. Es que mientras el mundo va siendo modelado para la realización de este siniestro designio, un profundo, un inmenso, un indescriptible malestar se va apoderando de él. Es un malestar muchas veces inconsciente, pero que nadie osaría contestar.

“Se diría que la humanidad entera sufre violencia, que está siendo puesta en una horma que no conviene a su naturaleza, y que todas sus fibras sanas se contuercen y resisten. Hay una aspiración inmensa por otra cosa, que aún no se sabe cuál es. Pero —hecho tal vez nuevo desde que comenzó, en el siglo XVI, el declinar de la civilización cristiana— el mundo entero gime hoy en las tinieblas y en el dolor, precisamente como el hijo pródigo cuando llegó al extremo de la vergüenza y de la miseria, lejos del hogar paterno. En el propio momento en que la iniquidad parece triunfar, hay algo de frustrado en su aparente victoria.

“La experiencia nos muestra que es de descontentos de ese naipe que nacen las grandes sorpresas de la Historia. A medida que la contorsión se acentúe, se acentuará también el malestar. ¿Quién podrá decir qué magníficos sobresaltos no podrán surgir de ese hecho?

“En el extremo del pecado y del dolor, está muchas veces, para el pecador, la hora de la misericordia divina…

(…)

“Fue por cierto un gran momento en la vida del hijo pródigo, cuando su espíritu embotado por el vicio adquirió nueva lucidez y su voluntad nuevo vigor, por la meditación sobre la situación miserable en que había caído y la torpeza de todos los errores que lo habían conducido lejos de la casa paterna. Tocado por la gracia, se encontró con más claridad que nunca frente a la gran alternativa: o arrepentirse y regresar, o perseverar en el error y aceptar sus consecuencias hasta el más trágico final. Él escogió el bien. Y el resto de la historia, lo conocemos por el Evangelio.

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“¿No nos estaremos aproximando de ese momento? Todas las gracias acumuladas para la humanidad pecadora, por ese nuevo manantial de devoción a la Sagrada Eucaristía, a Nuestra Señora y al Papado, ¿no producirán, precisamente en los lances trágicos de una crisis apocalíptica que parece inevitable, la gran conversión?

“El futuro sólo Dios lo conoce. A nosotros los hombres nos es lícito, entre tanto, conjeturarlo según las reglas de la verosimilitud.

“Estamos viviendo una terrible hora de castigos. Pero esta hora también puede ser una admirable hora de misericordia. La condición para esto es que miremos hacia María, la Estrella del Mar, que nos guía en medio de las tempestades.

“Nuestra Señora ha de socorrernos. En realidad, Ella ya comenzó a socorrernos. La definición de los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la infalibilidad papal, la renovación de la piedad eucarística, tienen su continuidad en los fastos marianos de los pontificados que siguieron al de San Pío X. Nuestra Señora apareció nuevamente en Fátima y delineó perfectamente en sus apariciones la alternativa: o nos convertimos, o un tremendo castigo vendrá. Pero al fin, el Reinado del Inmaculado Corazón se establecerá en el mundo.

“En otros términos, de cualquier manera, con más o con menos sufrimientos para los hombres, el Corazón de María triunfará.

“Lo que quiere decir, en definitiva, que, de acuerdo con el mensaje de Fátima, los días del dominio de la impiedad están contados.

“La definición del dogma de la Inmaculada Concepción marcó, pues, el inicio de una sucesión de hechos que conducirá al Reinado de María”.

Que estas consideraciones, llenas de esperanza y de Fe, le hagan más suave, a Ud. estimado radioyente, el pesado fardo de las obligaciones, de los contratiempos y de las dificultades en el cumplimiento del deber diario, en especial de uno de los más importantes: la santa educación de los hijos.

Quizá, como medio para tal, no estaría demás concurrir con toda su familia hasta una gruta de Lourdes cercana y allí consagrarse a María, poniendo todas sus dificultades, penas y anhelos en las manos de Aquella que todo lo puede alcanzar de su Divino Hijo.

Es lo que le proponemos como fin de este programa.

Y recuerde que nos puede seguir a través de nuestra página www.accionfamilia.org.

Muchas gracias.

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