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Lc 24,35-48 Ustedes son testigos de estas cosas.

El Evangelio de Hoy Domingo 15 abril 2018

Lc 24,35-48

Ustedes son testigos de estas cosas

San Lucas, en su Evangelio refiere tres apariciones de Cristo resucitado, las primeras dos a discípulos individuales –a los discípulos de Emaús y a Simón Pedro– y la tercera a la comunidad reunida. Todas acontecen el primer día de la semana, que es el mismo día de su resurrección. El Evangelio de este Domingo III de Pascua nos relata esa aparición de Jesús resucitado a la comunidad reunida.

Esta tercera aparición está precedida por el extenso relato de la aparición de Jesús a dos de sus discípulos en el camino a Emaús, uno de ellos identificado por el nombre de Cleofás. La aparición personal a Pedro, en cambio, es mencionada sólo en forma indirecta. Después de que los discípulos de Emaús reconocen a Jesús, el Evangelio continúa: «Levantandose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once y a los que estaban con ellos, que decían: “¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo ocurrido en el camino y cómo se dio a conocer a ellos en la fracción del pan» (Lc 24,33-35). La comunidad reunida –«los Once y los que estaban con ellos»– es el escenario del Evangelio de hoy.

«Hablando ellos estas cosas, Jesús mismo se paró en medio de ellos y les dice: “Paz a ustedes”». Sabemos las cosas que ellos están hablando. Pedro ciertamente les habrá contado la aparición de Jesús resucitado a él. Por su parte, los discípulos que regresaban de Emaús contaron lo que el presunto forastero les habló durante el camino (unos 11 km), que los reprendió por no haber creído a lo que dicen los profetas, que les explicó que, según las Escrituras, el Cristo debía padecer y, finalmente, que lo conocieron al partir el pan.

Todos los presentes dan crédito al testimonio de Pedro: «¡Es verdad! ¡El Señor ha resucitado y se ha aparecido a Simón!». Pero aún no saben lo que significa «resucitar». Cuando ven a Jesús mismo en medio de ellos, «sobresaltados y asustados, creían ver un espíritu». Entienden la resurrección como algo inmaterial. Por eso Jesús los invita a verificar que se trata de la «resurrección de la carne»: «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ustedes ven que yo tengo». El único sentido que puede verificar la materia es el tacto. Y ellos, tocando a Jesús, experimentando que es de carne y huesos. Para mayor certeza, Jesús come delante de ellos: «“¿Tienen aquí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos». Desde ese momento, todos los presentes podrán ser testigos de la resurrección de Cristo: «Ustedes son testigos de estas cosas».

Son testigos de la resurrección de Cristo. Pero ¿qué significa su resurrección? Significa que se ha cumplido todo lo anunciado en las Escrituras acerca del Cristo: «Estas son aquellas palabras mías que les hablé cuando todavía estaba con ustedes: “Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí”». En la Ley de Moisés se encuentra la legislación acerca del sacrificio del Cordero pascual, que se ofrece para expiar los pecados; en los profetas se anuncia un Siervo del Señor que asume sobre sí el pecado de todos y, entregando su vida, justifica a todos; en los Salmos se declara: «No dejarás que tu fiel conozca la corrupción» (Sal 16,10; cf. Hech 2,27). Muriendo en la cruz y resucitando, Jesús da cumplimiento a todo lo anunciado y da la certeza de que el ser humano ha sido redimido del pecado. Si la consecuencia del pecado es la muerte, venciendo a la muerte, Jesús revela que él nos ha liberado del pecado. Hace así honor a su nombre: «Le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21). Esa liberación se obtuvo al precio de su muerte: «Ustedes han sido rescatados… no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo» (1Pe 1,18-19).

Todo eso es lo que los Once y los demás tenían que entender. Pero no podían lograrlo por sí mismos: «Abrió sus inteligencias para que comprendieran las Escrituras, y les dijo: “Así está escrito que el Cristo padeciera y resucitara de entre los muertos al tercer día y se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén”». Desde ese lugar donde ellos estaban –Jerusalén– y por medio de ellos, debía comenzar la predicación de Cristo resucitado a todas las naciones; quienes lo acogen reciben de él fuerza para liberarse de la esclavitud del pecado y adelante vivir una vida nueva. Esto es la conversión en el nombre de Cristo. Esa vida nueva libre del pecado es el testimonio más eficaz de la resurrección de Cristo. A eso se refiere Jesús cuando dice a sus discípulos: «Ustedes son testigos de estas cosas».

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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