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En general las personas mayores de 65 años consumen: 30% de las drogas prescriptas, 40% de medicamentos de venta libre.

La polimedicación en las personas de la tercera edad

Por Dr. Juan Carlos Giménez

Docente universitario. Investigador en Atención Primaria de Salud, Fundación Barceló.

Los medicamentos ocupan un lugar central en la vida de muchos adultos mayores, lo que trasciende a su aplicación controlada con fines terapéuticos específicos y cuyo uso, muchas veces compulsivo, reviste características adictivas, aun cuando no sea esta condición esperable para algunas de las drogas implicadas.

En esta categoría se encuentra el uso de la aspirina como inductora de un mejor estado de ánimo para enfrentar las tareas cotidianas, el uso irracional de laxantes, el consumo de protectores gástricos, en general asociados a los analgésicos y antiinflamatorios, todos ellos sostenidos indefinidamente en el tiempo. Es frecuente la búsqueda en el fármaco de alivio a malestares imprecisos, probablemente vinculados a formas enmascaradas de la depresión, que no son adecuadamente abordadas.

La importancia de esta circunstancia convierte a la polimedicación en uno de los grandes síndromes geriátricos y obliga a que, ante descompensaciones de diversa índole, deban usarse inicialmente técnicas de lavado de drogas para descartar su incidencia en la situación patológica que se enfrenta.

En general las personas mayores de 65 años consumen: 30% de las drogas prescriptas, 40% de medicamentos de venta libre. Las reacciones a las drogas pueden ser responsables de más del 10% de las internaciones y de las permanencias hospitalarias prolongadas.

El porcentaje de consultas que determinan indicación de dos o más fármacos es:  población general 27%, adultos mayores 40% y un 90% de los mayores de 65 años consume por lo menos un fármaco. De ellos el 70% consume dos o más fármacos. Y el 40% de los de los mayores de 65 años ambulatorios consumen psicofármacos.

En las residencias para mayores se   administran entre 5 y 7 fármacos   promedio, de los cuales el 75% son  psicofármacos. Hasta un 40% de las   internaciones se producen por   enfermedades inducidas por fármacos de  utilidad incierta. Uno de cada tres pacientes   mayores de 60 años hospitalizados consume   antiinflamatorios con motivos confusos de   administración. La tercera parte no experimentó   mejoría y el 20% presenta efectos colaterales  indeseados. Incidencia de interacciones (reacción   entre dos o más medicamentos, lo que puede   disminuir o aumentar la acción de un   medicamento o causar efectos secundarios no   deseados): entre tres fármacos hay una incidencia   del 3 a 5%. Con más de siete fármacos puede   elevarse al 20%.

CONSUMO DE PSICOTRÓPICOS EN LA   TERCERA EDAD

El uso de psicofármacos es, en lo mayoría de los   casos, de origen iatrogénico (adicción inducida   con intenciones terapéuticas). La incidencia de   accidentes de tránsito, caídas y las resultantes lesiones traumáticas suben dramáticamente entre la gente de mayor edad con el consumo de psicofármacos, especialmente cuando se usan en combinación con otros medicamentos, aumentando la incidencia de efectos negativos de orden cognitivo y otros efectos adversos en esta población.

El abuso del consumo de psicotrópicos en la tercera edad podría encuadrarse dentro de tres causas principales:

PRIMERA CAUSA:

El no asumir que el envejecimiento es un fenómeno biológico, universal, progresivo, ineludible e irreversible, que comienza en el instante mismo del nacimiento y, por lo tanto, las potencialidades de la tercera edad no son las mismas que las de la juventud.

Esto lleva a no poder sobrellevar las pérdidas biopsicosociales, y el adulto mayor que se encuentra ante una sociedad que es cada vez más hostil, comienza a padecer el aislamiento, la soledad y la falta de comprensión y, como consecuencia de esto, pasa a la automedicación de psicotrópicos, o a solicitarlos insistentemente al profesional tratante.

El profesional tratante —a veces por comodidad— accede al pedido, sin tener en cuenta la ecuación riesgo – beneficio y consecuentemente la posibilidad de transformar al anciano en dependiente de esa droga, lo que lleva al anciano a entrar en un círculo vicioso, donde el abuso de psicotrópicos lo desconecta de la realidad y, por consiguiente, quienes lo rodean lo marginan aún más. Las drogas nunca podrán sustituir el amor, el cariño, el afecto y el tiempo que necesita el adulto mayor.

SEGUNDA CAUSA:

La polimedicación, buscando paliar efectos indeseables de los mismos medicamentos.

Para explicar esta causa es conveniente utilizar un ejemplo: Existen personas de la tercera edad que llevan una vida normal, sin angustias y con una muy buena inserción familiar; en determinado momento, como es lógico, aparecen algunos trastornos físicos mínimos: disminución de la memoria, ligera pérdida del equilibrio, algún mareo, etc., que le produce algunas molestias y por lo tanto, pretenden que desaparezcan. Lo que lleva a la consulta con un médico generalista, muy pocas veces a un médico geriatra.

Es muy común indicar en estas circunstancias un fármaco con principios activos de vasodilatación periférica. Estos medicamentos en algunos casos presentan efectos secundarios, como el insomnio, que puede ser causa de una segunda prescripción, ésta vez de un psicotrópico con posibilidad de inducir a una dependencia innecesaria.

Esto es uno de los ejemplos de la polimedicación en el anciano frágil, que generalmente es iatrogénica.
La situación se agrava cuando, además, se agrega la automedicación, por propia decisión o por consejo de algún familiar, amigo o vecino.

TERCERA CAUSA:

La adicción a psicofármacos por parte de un anciano, inducida por el medio que lo rodea, es una situación que necesita la complicidad institucional, profesional y familiar, que es muy habitual en residencias geriátricas.

En una sociedad que pontifica el bienestar, existe una parte de la población adulta a la que le resulta muy incómodo aceptar al anciano, con sus limitaciones y deterioros propios de la edad.

Y vez de preocuparse por integrarlo tal cual es, optan por anularlo en sus acciones y expresiones por medio de los psicotrópicos, transformándolo de esta manera en un objeto fácilmente manejable y que requiere poca dedicación, acudiendo para ello a la complicidad del profesional, la que frecuentemente encuentran.

En el caso de los mayores institucionalizados en centros, sanatorios, hospitales y, muy especialmente, en residencias para mayores, se agrega a lo antedicho la complicidad institucional, ya que un paciente que no molesta, requiere menos dedicación y menos personal que se ocupe de él.

Como vemos, existe también la conveniencia institucional de mantener al anciano saturado de psicotrópicos. La persona mayor impregnada con psicotrópicos es despojada de una de sus partes esenciales: el ejercicio de sus deberes y derechos. Se le configura artificialmente una pérdida de interés en el presente, instalándolo en el pasado y tendiendo a infantilizarlo por medio de ataduras farmacológicas.

Esta realidad hace que el mayor quede incapacitado para desenvolverse dentro de la sociedad, forzándolo a una obligada ociosidad. Por consiguiente, se derrocha la historia de una comunidad, y se le niega a esta las posibilidades de desarrollo en un futuro. Es la forma más cruel de iatrogenia farmacológica, porque atenta contra la dignidad de la vejez.

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