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El que me coma vivirá por mí.

El Evangelio de Hoy Domingo 18 junio 2017

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Jn 6,51-58

La Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, que celebramos este domingo, es la fiesta de la presencia de Jesucristo en medio de su pueblo, según su promesa: «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin de los tiempos» (Mt 28,20). La presencia de Jesús se realiza «todos los días»; pero la Iglesia ha querido destinar un día particular a contemplar el modo como esa presencia se realiza.

En primer lugar, debemos observar quién es el que promete. Es Jesús resucitado, que se presentó a sus apóstoles con su carne y sangre, después de haberse ofrecido en sacrificio en el altar de la cruz, y les dijo: «Miren mis manos y mis pies; soy yo mismo. Palpenme y vean que un espíritu no tiene carne y huesos como ustedes observan que yo tengo» (Lc 24,39). El evangelista Lucas agrega: «Como ellos no acabasen de creerlo…, les dijo: “¿Tienen aquí algo de comer?”. Ellos le ofrecieron parte de un pez asado. Lo tomó y comió delante de ellos» (Lc 24,41.42). El cuerpo de Jesús resucitado es un cuerpo humano verdadero que interactúa con la materia de este mundo, hasta el punto de digerir los alimentos. Pero ese mismo Jesús resucitado fue llevado al cielo: «Los sacó hasta cerca de Betania y, alzando sus manos, los bendijo. Y sucedió que, mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo» (Lc 24,50-51). ¿En qué forma podría cumplirse la promesa: «Yo estoy con ustedes», si el evangelista afirma: «Se separó de ellos»?

A esta pregunta responde el misterio del Cuerpo y la Sangre de Cristo, dados a nosotros como comida y bebida, que celebramos hoy. Los tres evangelistas Marcos, Mateo y Lucas –y también San Pablo en su primera carta a los corintios (1Cor 11,23-25)– nos relatan el momento en que Jesús, cenando con sus discípulos, el día antes de su muerte en la cruz, tomó un pan y les dijo: «Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo que se entrega por ustedes»; luego tomó un cáliz con vino y les dijo: «Tomen y beban todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre… que será derramada por ustedes». Ese gesto con esas palabras pronunciadas sobre el pan y en vino habían de perpetuarse, según su mandato: «Hagan esto en memoria mía». Lo que comieron y bebieron los discípulos en esa última cena era la carne y la sangre de Jesús que iban a ser ofrecidos en sacrificio el día siguiente; lo que nosotros comemos y bebemos hoy es su carne y su sangre ofrecidos en sacrificio y resucitados. Esa es su presencia actual. Jesús está todos los días con nosotros en la unión más estrecha imaginable, a saber, como nuestro alimento.

En el Evangelio de este domingo Jesús insiste, contra toda objeción de los presentes, que su carne y su sangre son comida y bebida: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida». La comida y la bebida tienen una relación esencial con la vida; la vida depende de ellas. Jesús declara solemnemente –usando la fórmula de revelación– que hay una vida, que nosotros estamos llamados a tener, que depende de esa comida y bebida particular que son su carne y su sangre: «En verdad, en verdad les digo: si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre, y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes». Él mismo aclara de qué vida se trata: «El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré el último día». La vida natural, que nosotros tenemos y que tanto cuidamos –a veces obsesivamente–, no es eterna; ni siquiera dura tanto y está siempre declinando, como dice San Pablo: «Cada día muero» (1Cor 15,31). La vida que tiene quien come la carne de Jesús y bebe su sangre es eterna; no es tocada por la muerte natural. Esta vida es prenda de la resurrección de nuestro cuerpo: «Yo lo resucitaré».

Jesús hace, respecto de esa vida, una cadena que nos remonta al Padre suyo: «Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí». Tres sujetos para el mismo verbo «vivir»: «El Padre vive; Yo vivo por el Padre; el que me coma vivirá por mí (por Jesús)». Es la misma vida en las tres instancias: la vida de Dios que, a través de Jesús, se comunica a nosotros. La última instancia está en futuro –«vivirá por mí»– y se refiere a cada vez que realizamos hoy sobre el pan y el vino el mismo gesto que Jesús nos mandó hacer «en memoria» suya y, convertidos en su cuerpo y su sangre, los comemos y bebemos. Ese gesto se hace «dando gracias» (eucharistesas). De aquí tomó el nombre de Eucaristía, Acción de gracias a Dios.

Jesús hace otra precisión: «El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él». Aquí está la presencia prometida de Jesús: «Estoy con ustedes todos los días». Y no sólo está junto a nosotros, como toda otra compañía humana; él está en nosotros y nosotros en él, compartiendo la misma vida, como los sarmientos están en la vid, según la alegoría que él mismo propuso: «Yo soy la vid; ustedes los sarmientos» (Jn 15,5).

Este alimento de vida eterna es el que nos ofrece Jesús cada semana en la Eucaristía dominical: «Tomen y coman todos… Tomen y beban todos…». Es verdaderamente inexplicable que la participación de los católicos sea tan escasa. El desprecio de la Eucaristía dominical es un desprecio de Jesucristo que es quien se nos da como alimento y un desprecio de la vida eterna que este alimento comunica. Por eso la Iglesia invita a sus hijos a contemplar hoy el don admirable del Cuerpo y la Sangre de Cristo y los exhorta a no privarse de la unión con Cristo y de la vida eterna.

 

+ Felipe Bacarreza Rodríguez

Obispo de Santa María de los Ángeles

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